Altas horas de la noche.

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Advertencia: Lo que usted está a punto de leer es la historia de un loco. No sabemos si lo vivido aquí es real o todo es inventado por el efecto de las drogas y el alcohol.
La historia ha sido subida a un sitio web llamado historiasdeultraumba.com que pronto fue dado de baja. Aún así, mi deseo particular como lector, es el de mostrar esta historia que me pareció, mas que disparate enfermizo del autor, una crítica a una sociedad decadente en todos sus niveles. Sírvase este pequeño prólogo no como una introducción del texto que tienen a continuación, si no una aclaración. No llegué a conocer a Lalo pero todas las noches se oyen misterios cómo los de él. En los llanos, en las ciudades, en los pequeños valles. Lo dicho aquí es sólo la muestra de una época, una que se vive y sufre y otra que se extraña y añora; por lo tanto un conflicto de vida o muerte del individuo actual, entre quién es y quién podría llegar a ser. Sin más preámbulos, si se sienten preparados para comenzar este viaje, les dejo con Altas horas de la noche. 

La lluvia empezó a caer en las calles y el viento nocturno empezó a ponerse frio. Muy frío.

Eran estos días del mes en que casi siempre llovía, días y noches de inclemente aguacero, en días así  me gustaba oír el sonido de la lluvia sentado en el patio de mi casa escuchando la música de Simón Díaz o Los Adolescentes.

En los callejones, las plazas y los edificios había un olor a humedad que bañaba todas las calles y avenidas, cascadas de agua comenzaron a caer del techo de algunas casas y edificios.

Había vivido siempre en este municipio, una pequeña ciudad del Estado Sucre llena de graffitis con el nombre de algún ‘artista callejero’ que rayaba con su nombre la propiedad privada y pensaba que luchaba ferozmente en contra del sistema, mensajes políticos en las paredes de todas partes y afiches de algún candidato a gobernador o alcalde que nunca antes había visto en mi vida. Vi una luz que parpadeaba en un poste de la esquina hacía donde caminaba y vi el rostro de Maduro en una pancarta colgando lúgubremente sonriendo con sus dientes de hiena.

Me quedé viendo el rostro que se estremecía por el vendaval que estaba haciendo y, por un momento, me pareció aquella una sonrisa cínica e hipócrita. Cuando estuve justo delante del cartel y los ojos se posaban fijamente en mí, la luz del poste se apagó de repente. Oí unas zancadillas a lo lejos y cuando volteé pude ver, en el cruce de la esquina, un hombre y una mujer tomados de la mano, corriendo, mientras ambos reían.

– ¡Corran, carajo! –dijo una voz ronca y anciana.

Agudice la vista y vi caminando detrás de la pareja a este anciano. En ese momento un rayo reventó en la noche oscura y a lo lejos sonó distante un trueno. El anciano siguió andando y yo le seguí con la mirada.

Menee la cabeza y empecé a trotar para buscar un lugar seguro de la tormenta.

¿Qué había sido de mi vida?, pensé. Mientras observaba el rostro del tirano me preguntaba si alguna vez iba a terminar esta pesadilla y por fin, los venezolanos seríamos libres una vez más. Pero, ¿habríamos aprendido la lección, entonces? ¿La habíamos aprendido durante estos tristes y trágicos años? No, a mí no me parecía. Era tan sólo un niño cuando llegó el Comandante Chávez al poder y durante mucho tiempo me tocó conocer el hambre y la miseria. La pobreza cada vez más me rodeaba a mí y a mi familia. Papá ya estaba muy viejo y ciego y no podía trabajar y mamá había muerto hace mucho. ¡Cómo me hacías falta, madre! Era una sensación indescriptiblemente horrorosa el llegar a casa y no verla sentada en el mueble, reprochándome por haber llegado tarde de la Universidad y conversando conmigo mientras regábamos las flores del patio. ¡Madre, madre! Ya han pasado unos cuántos años de eso y Santiago ha crecido, ahora se la pasa con estos amigos suyos de aquí para allá. He tenido que ayudarle algunas veces a entrar a la casa porque se ha quedado dormido en el porche de la casa borracho. Borracho y drogado. Madre, ¿y cómo le juzgo? Si yo una vez estuve allí y fuiste tú la que me salvó de la desgracia. ¿Qué hago? ¿Qué le digo? Santiago cree que soy un doble moral, así me lo ha hecho saber cuándo lo enfrento. ¡Ah, y es cierto! Madre, es cierto. Así  iba, sumergido en mis extraños pensamientos sólo acompañado por el ruido de la lluvia y los truenos. Llegue al trote a unos kioscos que quedaban cerca de donde estaba el Banco y observé a mi alrededor. La calle estaba completamente oscura y vacía. Un frío me estremeció de repente y noté que mis pies estaban mojados, entonces maldije en voz baja los agujeros de mis zapatos y mi jodida pobreza. Me sentí solo. Solo, con los testículos helados y más jodido que nunca antes en la vida.

Mierda, mierda, ¡mierda! Carajo, quién me manda a encontrarme con Rosa a estas horas. Pero no podía aguantarlo, todo esto me tiene mal, Santiago, ¡Santiago! ¿Qué estarás haciendo ahora, pequeño hijo de p…? ¡No! Estaría manchando el noble nombre de nuestra madre al usarla contra ti, sabandija. ¡Ah! Maldito niño, ¿por qué no me haces caso? Cuándo era un adolescente cometí muchos errores, tantos como tú, es verdad. ¡Cómo me gustaba hacer el vago! Andar con mis amigos de aquí para allá, montar bicicleta, pelearnos con algunos cretinos, armarnos unos porros, bañarnos en la playa, olvidarnos del mundo con unas cervezas. Sí, ¿entonces cómo puedo arreglarte? ¿Qué puedo decirte para que me escuches? Si tú en aquella época me mirabas con ojos de admiración y yo, ciego, te daba algunas veces de beber una Polar de la cava. ¡Insensato! ¡Tonto, tonto es lo que he sido! No tengo ningún remedio. Aún ahora sigo siendo un miserable. Abandoné la Universidad para buscarme un trabajo, ¡casi obteniendo mi título! Y todo lo hice para protegerte y ayudarte a ti y a papá.  Yo tuve que aprender por las malas, hijo mío, lo que significa andar por ese camino, pero, ahí estaba mamá siempre regañándome, corrigiéndome, haciendo de mi cada vez un hombre. ¡Santo dios! ¿Qué hora es? ¿Las ocho? ¿Las nueve? ¿O las nueve treinta de la noche?

Saqué de mi bolsillo un teléfono barato y mire la hora que relucía brillante en la pantalla.

9:15 p.m… Oh hermano, dieciséis años, dieciséis años y abandonaste los estudios. Todos confiábamos en que tú serías distinto. Irías a la Capital a estudiar en la Universidad Central, tendrías una buena mujer, un perro fiel que les cuidara la casa y una linda niña. ¡Tendrías una hermosa familia! ¡Un hogar! ¡Una profesión! Un buen trabajo…

Bajo la lluvia, un perro solitario y sarnoso salió corriendo cerca de la plaza chillando y esto me sacó de mis lamentos.

Se oyó como un rugido del más allá el estruendo de una moto acercarse a lo lejos. Me espanté de un brinco. A toda marcha y sin las luces encendidas la moto paso cerca de donde estaba. Al oír el escape del motor vociferar cómo un demonio furioso entre las sombras me agazape en el rincón que quedaba entre la pared de la calle y el kiosco.

Pude oír las llantas deslizarse en el medio de la calle y presentí que los dos sujetos se habían detenido muy cerca de donde yo estaba.

– ¡Apúrate, Conejo! –soltó una voz aguada, cómo de ratón, a su compañero que hacía ademan de bajarse. – La noche está oscura y perfecta para robar a unos cuantos huevones que se hayan quedado por allí varados.

– Ya voy, ya voy. –dijo el otro. – Déjame orinar acá un momento y empezamos a trabajar.

Parecían estar ebrios y un miedo sin igual se apodero de mis pensamientos. Por un instante pensé en saltarles encima y luego huir, entonces, vi el revolver plateado en la mano del que se llamaba ‘Conejo’. Me quede paralizado. El Conejo se acercó lentamente hacia dónde yo estaba y se bajó el cierre. Empezó a orinar y el chorro cayó sobre mis zapatos.

Conejo, en la oscuridad infinita, miraba hacía el piso sin alzar la vista mientras yo rezaba en silencio para que no se diera cuenta de mi presencia, a tan sólo unos cortos pasos. Al terminar, se subió el cierre tranquilamente y volvió a donde estaba su compañero.

– Ahora si causa. –dijo con voz de roedor. – Al que se me ponga en frente lo plomeó de una si se nos resiste.

Suspiré lleno de alivio entre el hedor de meado.

El vapor subía por mi nariz y el tenue olor se iba volviendo cada vez más desagradable. Espere unos minutos más hasta ya no oír el ruido de la moto y salí de mi escondite sintiéndome avergonzado y humillado.

Hijos de puta, murmure en voz baja. ¡Todo es culpa de este maldito país! ¿Cómo es posible, carajo? ¿Cómo es posible? Entonces, recordé el rostro de Maduro.

No, la culpa no es sólo de este maldito régimen, pensé. ¿Qué hay con cada uno de nosotros? Nadie quiere saber nada, todos se hacen las víctimas. ¿Dónde queda el espíritu humano en todo esto? Supongo que antes estaban todos muy cómodos para pensar, profundizar, reflexionar todas las cosas. ¿Cómo es que eligieron a un golpista? Demonios no soy capaz de entenderlo. Ni siquiera sé con exactitud qué demonios sucede. ¡Unos hablan de crisis económica y corrupción y otros de un bloqueo de los Yankees! ¡Oh, cómo me gustaría comprender las cosas del mundo y la política! ¡Cuántas cosas inteligentes entonces hablaría! Todo esto es un caos, es miseria, miseria totalmente. ¿Pero cómo creerles a los chavistas del gobierno? Han robado demasiado y asesinado a tanta gente. Pero los gringos… ¿Quién confía en estos jodidos Norteamericanos? ¡Basta, basta! Sólo soy alguien que no tiene profesión ni trabajo fijo, ningún título académico o ingenio suficiente como el de aquellos comerciantes elegantes dueños de negocios y automóviles lujosos, no, yo solo soy un bueno para nada. A veces trabajando de obrero, otras de pintor, algunas veces, cuando el automóvil de Pepe funciona soy  taxista y en otras ocasiones vendo verduras y pescado en el mercado. ¡Ah! A mis treinta y dos años, aquí me hallaba. Yo, que estaba a punto de ser contador, sumergido en la nada. Sin el respeto de nadie, porque era un solitario, que vagaba entre las piernas de alguna chica barata y en ocasiones entre el licor de los bares. ¿Por qué me preocupaba tanto por Santiago? ¿Por qué me afectaba lo que hiciera mi hermano? ¡Por mí, bien pudiera irse al carajo! Él fue la razón de todo esto. No, no, no, no. ¿Pero qué digo? ¡Ay! Dios mío, cómo me duele, como sufro. ¡La culpa de todo esto era del gobierno! ¿O de mi padre? Tal vez era de mi padre. Ese viejo inútil, convertido en un anciano vulnerable. Tenía yo que moverlo y bañarlo, contarle las noticias, limpiarle las heces, acomodarlo en la silla, vigilarlo, cambiarle la ropa, contarle de las andadas de Santiago. Me había quedado sin amigos. Empezaron a huir por todas partes, se largaron, huyendo del hambre, los criminales y la violencia. La ciudad está vacía, llorando de pena por todos ellos, que eran sus hijos. La patria se nos muere en las manos, ¿o tal vez soy yo el que me muero?

Me movía con estos oscuros pensamientos entre la tenue llovizna, saltando de un lugar a otro con el objetivo de llegar a casa. El teléfono que llevaba en el bolsillo sonó y yo miré quién me llamaba. Era Rosa.

Contesté.

– ¡Miserable, maldito, hijo de perra! –grito con todas sus fuerzas al otro lado del teléfono.

– Ese soy yo. –contesté sin sonreír.

– ¡Hijo de puta! ¡Aquí solo está la mitad del dinero! ¿Cómo pudiste? ¿Cómo te atreves a hacerme esto?

– Es todo lo que tenía, lo siento mi pequeña flor.

– No me llames así, basura. No te quiero volver a ver. ¡No vuelvas! No me pases buscando a la plaza, no me veas, no me hables. No quiero saber más de ti. Eres un miserable.

Y colgó.

Sabía que se iba a enojar cuando se diera cuenta, me dije a mí mismo. ¿Qué podía hacer? Tuve que gastar el dinero en la cena. Menos mal no un era adicto al cigarrillo o al alcohol como otros y podía, entonces, darme el lujo de comprar los servicios de una puta. Era mi chica favorita entre todas, la pequeña Rosa. La llevaba siempre a un sitio escondido, por un callejón o en el malecón y podíamos disfrutar entonces de nuestro momento íntimo, totalmente a solas. La acariciaba, le decía cosas lindas al oído, a ella le gustaban esas cosas, los demás no lo hacían, sólo yo lo hacía. La trataba bien, le metía los dedos, la besaba en el cuello, le pasaba la lengua sin asco, me preocupaba por hacerla sentir bien. Sabía que no hablaba en serio, y no porque yo era un semental a la hora de hacerlo, sino porque ella me necesitaba tanto como yo a ella, era de los pocos clientes más frecuentes que tenía, ¿cómo carajos iba a rechazarme por solo pagarle la mitad del dinero? Estas putas y sus cosas.

Lo deje allí. Mientras caminaba ya sólo había una tenue llovizna.

Sin embargo, no podía dejar de darle vueltas a todo el asunto. Siempre he sido así de complicado. Mi primera mujer me lo había dicho antes de abandonarme e irse del país con su ‘mejor amigo’. Debí de saber que ese infeliz se tiraba a mi mujer. No quería verlo, no quise saberlo. Era todo tan lamentable y patético que yo, el idealista, el mujeriego, el que soñaba con comerse el mundo acabará con este destino, pagando por los servicios de una puta y en la miseria. Pero qué cartas tan peculiares me había enviado el Universo, que parecía estar jugando con todo en mi contra.

En la oscuridad del crepúsculo, me encontré con una misteriosa camioneta estacionada en la calle con las luces encendidas. Era raro ver algo así en semejante oscuridad y a estas horas. Oía una conversación animada a lo lejos, con gritos y risas. Pude distinguir a un grupo de adolescentes cerca. De repente algo me sucedió que empecé a sentirme atraído por aquella camioneta varada en las tinieblas. Las carcajadas, la plática agradable. Caminaba lentamente y cómo absorbido. Así caminaba, cómo poseído por otra entidad, cuando de pronto se oyó una voz que me gritaba. Venía de donde estaba la camioneta y era la de una chica que me llamaba en la acera para que me acercara a donde estaban ellos.

– ¡Guao! –exclamó al verme llegar. – Sí que te ves mal. ¿Estás perdido, señor?

Se oyeron unas risas y una luz me alumbro justo en el rostro.

– ¡Pero sí es hasta guapo! –exclamo un homosexual sosteniendo un teléfono móvil. – Deberíamos llevarlo con nosotros de fiesta.

Estaban debajo del toldo de una tienda esperando a que la lluvia cesara, allí de pie, frente a aquel grupo de jóvenes, me sentí cómo un animal de feria. Maldije en voz baja a todos esos pequeños vanidosos y pensaba en marcharme. ¿Pero, qué iba a hacer? ¿Cómo iba a llegar a la casa? Además, algo dentro de mí no quería. Aquello que provenía de mi más profunda oscuridad quería volverse loco el día de hoy y acabar con todo. No tenía el valor, por supuesto, pero la atmósfera nocturna y la luz nítida de la luna me hacía sentirme cómo un lobo. ¿Regresar a casa a limpiarle el culo a papá, oír los insultos de Santiago llamándome doble moral e hipócrita por aconsejarlo? No, no, no podía aguantarlo, estaba harto.

– ¿Qué dices, guapetón? –empezó a decir otro homosexual. – ¿Quieres acompañarnos a festejar? ¡Celebramos que este régimen pronto se va acabar! ¡El gobierno va a caer!

– Sí, el gobierno siempre va a caer. Pero nunca cae. –dije irónicamente.

– ¿Es usted chavista, señor? –dijo una adolescente con voz angelical.

Al verla bien en la oscuridad, me sorprendí y hasta casi me dio risa el contraste con los demás del grupo. Me pareció una virgen hermosa entre un circo de payasos que admiraban a una bestia salvaje cómo yo, allí, de pie en el aguacero.

– No, señorita. –dije suavemente. – Por mí, al carajo con todos ellos, pero, ¿qué es eso de que se va a caer el gobierno? Verás, yo no estoy al tanto de lo que está sucediendo, así que no entiendo mucho de esas cosas.

– ¡Ya se ve que vives otro planeta, compañero!  –dijo un flacuchento que sostenía un cigarro en su mano. – Con tu pinta yo también sabría pocas cosas. Oye Marcos, explícale a este carajo lo que sabes.

En la oscuridad pude ver el rostro de Marcos. Llevaba unos lentes Ray-Ban que lo hacían ver cómo un intelectual de segunda, un arete plateado en la oreja izquierda, una barba de varias semanas y algunos tatuajes en los brazos. Parecía el más adulto de todos y me dio la impresión de que era tan sólo unos años menor que yo.

– Primero, ¿dónde están nuestros modales? –dijo lentamente Marcos. – El hombre se queda ahí debajo de la lluvia, dispuesto a escucharnos, ¿y no le ofrecemos un poco de espacio? Vente, mi pana, acércate un poco a nosotros. ¿Cuál es tu nombre?

– Raúl. –mentí.

– Raúl… -se pasó la mano por la barbilla viéndome fijamente a los ojos. – Así que no sabes lo que está ocurriendo, amigo Raúl.

– ¿Cómo va a saber? –le dijo la chica que me había llamado para que me acercara. – ¿Es qué no has visto su aspecto? Parece vivir en el basurero.

– No se burlen de él, pequeñas. –dijo una mujer de voz seductora. – ¿No saben que hay miles cómo este hombre viviendo en las calles?

Intenté observar a aquella mujer de voz deliciosa en la oscuridad pero no pude distinguir su rostro, sólo vi su larga cabellera negra que le caía hasta la cintura y su jean ajustado.

– Ya, cállense todos. –soltó Marcos, haciendo un ademan con el brazo derecho. – Hay que explicarle a este hombre qué es la Operación Libertad.

– ¿Operación libertad? –inquirí.

Sabía qué era la Operación libertad. Lo había oído mientras trabajaba en el mercado. Vendía verduras con mi primo Rodrigo para conseguir algo de comida ese mes y surgió una conversación acerca del tema. Habían liberado a un preso político importante, Leopoldo López, y el nuevo candidato de la MUD se había alzado con unos cuantos militares en una base militar allá en Caracas. Nada nuevo, el mismo espectáculo de siempre. Sucedía lo mismo todas las veces, en mi época de estudiante Universitario cuando protestábamos sacaban a los colectivos a las calles. Disparaban junto a algunos guardias y policías a los que manifestábamos y luego de unos días todo volvía a la normalidad. Cuando no eran los estudiantes, eran los médicos, los profesores y en estos últimos años hasta algunos policías y militares en rebelión. No sucedía nada. Los dirigentes opositores llamaban a un diálogo mientras la sangre de los muertos todavía estaba caliente y luego negociaban a espaldas del pueblo jugosos contratos de miles de millones de dólares. Operación libertad… Qué cosas en las que creen los jóvenes.

Marcos empezó a hablar muy elocuentemente. Se refirió a los pasos que había que dar para derrocar al gobierno. Me aclaro la legalidad de todo el asunto con un análisis de Derecho constitucional que nunca antes se me hubiera ocurrido. Me explico porque tenía legalidad jurídica basándose en varios artículos y me dio una precisa definición de cada uno, 250, 333, 350. Me habló del ‘Plan País’ y los pasos que había que dar para lograr el cese de la usurpación y terminar en unas elecciones presidenciales libres. Se excitó hasta tal punto diciéndome que Maduro usurpaba las funciones porque había habido un fraude electoral, que era legal un gobierno de transición, que debíamos prepararnos para el desenlace de más de 20 años de dictadura que pidió un trago de ron a su compañero para poder continuar. Yo escuchaba todo con mucha atención y sin a veces sin poder evitar algo de escepticismo y burla, el tiempo me había hecho huraño a la política. ¡Cómo odiaba a esta generación de jóvenes! –pensé de un momento a otro mientras veía a cada uno de ellos. Es cierto que en mi época de vago no me importaba el mundo que había a mí alrededor. Ni mi madre, ni papá, ni Santiago. Nada ni nadie, era sólo yo con mi desbocado deseo de poseerlo todo. Pero estos mocosos, por alguna razón los despreciaba. ¿O les tenía envidia por tener lo que yo había perdido en mi juventud, aquello que le daba verdadero sentido a mi vida? ¡Ah, qué se yo! No quería pensar en nada, no, no, no. Hoy sólo quería hacer una locura, dejarme llevar por lo desconocido, emborracharme y terminar muerto de asco tirado en una esquina

– Por eso –empezó a decir Marcos. –Estamos celebrando, Raúl. Es bueno tomarse unas cuantas cervezas y salir con los amigos algunos días. Además, es el cumpleaños de una amiga. –sentenció.

– Y qué lo digas. –pensé en el precio de una cerveza y luego en la porquería que tomaba para emborracharme porque comprar dos latas era sacarse un ojo de la cara. Luego agregué, en tono malicioso.

– ¿Y qué piensan de lo que sucede con los indígenas en la frontera?

El rostro sereno y satisfecho de Marcos y algunos otros del grupo se tornó en una expresión de disgusto y sufrimiento. Algunas mujeres bajaron la cabeza y se entristecieron. No pude evitar sonreír internamente, todo esto me hacía gracia.

Marcos levanto la botella de ron que estaban bebiendo y exclamó;

– ¡Por el pueblo Pemón! –luego se sirvió un trago en un pequeño vaso de plástico y se lo bebió a fondo.

Los demás hicieron el mismo gesto hasta que el pequeño vaso llegó a mis manos.

– ¡Por el pueblo Pemón! –exclamé y me bebí a fondo el trago, luego pedí otro más y todos soltaron unas carcajadas.

Después de aquellos dos tragos de ron me sentí vivo de nuevo, sólo por unos momentos. El brebaje paso a través de mi garganta quemándome toda la laringe y la lengua, era una calidad de ron que sólo recordaba en mi adolescencia. ¿Era Cacique? ¿Santa Teresa? ¿Ron Carúpano? Ya no recordaba, el sabor amargo empezó a llenar mi mente de recuerdos y todo tipo de sensaciones nuevas. El corazón empezó a latirme cada vez más fuerte y podía sentir cómo la sangre me bombeaba de adrenalina. Termino de llover y todos me invitaron a irme de fiesta con ellos. No dudé, quería emborracharme y acabar con mi vida. El enigmático chófer, vestido de negro y con algunas canas, a una ligera orden de la mujer de voz seductora se dirigió a la camioneta y la encendió. El resto de los muchachos y yo nos subimos a la parte de atrás. Cuándo arrancó, pude sentir el frío del viento en mis sientes y por todo mi cuerpo. Las calles, las plazas, los parques y los callejones estaban vacíos. Sólo se veía el reflejo de las luces de la camioneta por toda la carretera. Sólo nosotros y los espíritus de los muertos se movían entre aquellas vías fantasmagóricas. Los muchachos empezaron a hablar de rituales satánicos que involucraban a políticos de la alta esfera. Baños en sangre, profanaciones, brujería. Pasamos por el bulevar de la Avenida y pude ver el mar negro con sus olas chocando en las rocas. Vi el barco encallado en la orilla y algunos automóviles con música. En la oscuridad pude distinguir al Conejo y su compañero, que nos observaban expectantes.

– Increíble –dijo el flacuchento. – Incluso aquí hay ambiente de celebración.

– Pues ya ves, a la gente le gusta el desorden. –contesto Marcos. – Somos un pueblo así y no creo que podamos cambiarlo. Los Carnavales están por llegar y la gente quiere olvidarse de sus patéticas vidas. Diablos, con todo lo que está sucediendo, no me extraña. Menos mal encontramos a esta gentecilla, ¿ah, Armando?

– Así es. –contestó el flacuchento Armando. – Estas niñas además de guapas, han sido muy buenas con nosotros, ¿todas ustedes son familia, o algo así? –le preguntó a las muchachas que iban detrás con nosotros.

– ¡Sí, todas somos familia! –dijo alegre una de las adolescentes. – ¿Y ustedes, de dónde se conocen?

– Ah, a este miserable lo conocí por ahí hace algunos años. –dijo Armando en tono burlón refiriéndose a Marcos. – En realidad no somos tan amigos.

– ¡Si tú me amas, palillo! –contestó Marcos.

La camioneta siguió moviéndose por todas partes, yo iba cansado, a veces me pasaban tragos del amargo ron y bebía gustoso. Empecé a recordar a mi madre. La veía sentada en la sala rezando, llamándome, invitándome a murmurar con ella los salmos y evangelios de la Biblia. La sentía cerca de mí, allí en la camioneta, reprochándome por mi acción tan cobarde. Me veía decepcionada con ojos dulces y tristes, “Lalo, Lalo, ¿por qué no vuelves a casa? ¿Qué haces que caes de nuevo en tus andanzas? ¡Muchacho! Tu padre y Santiago necesitan de ti, ¿es que planeas abandonarles? ¿Piensas morirte, suicidarte, acabar con esto? Lalo, Lalo…”

La voz inquisidora de Marcos interrumpió aquella larga meditación en la que me encontraba.

– Oye, Raúl. ¿Cuántos años tienes mi pana?

– Acabo de cumplir los treinta. –volví a mentir.

– ¡Ah, sólo tres años mayor que yo! Qué viejo que me siento. ¿Tienes alguna profesión, o algo?

– Soy contador, pero actualmente ando desempleado. Me gano la vida matando tigres.

– ¿Y tienes familia?

– Tengo un hermano y vivo cuidando a mi padre.

– ¿Cuidas a tu padre? Vaya héroe, ¿cuántos años tiene?

– Setenta y nueve.

– ¿Y qué es lo que tiene? –preguntó una de las jóvenes.

– Está ciego y tiene diabetes. Tengo que bañarlo, moverlo, cambiarlo. Todo ese tipo de cosas. –dije un poco fastidiado.

– ¡Yo no podría hacer algo así! –dijo la niña. – Tan sólo de pensar en cambiarle el pañal a mi hija me muero.

– ¿Tienes una hija? –pregunte desconcertado.

– Así es, tiene unos cuántos meses.

Pensé en preguntarle su edad pero no quise saberlo, ya había visto muchos casos como el de ella.

– ¿Y qué hay contigo? –interrogue a Marcos. – ¿Qué haces, que sabes tanto?

– Ah, yo sólo soy estudiante.

– ¿Qué estás estudiando?

– Sociología.

– ¿Qué tal la Universidad?

– Bueno. –respondió Marcos en tono lastimoso. –Allí están todas, resistiendo los embates del régimen. Pero aquí el estudiante no tiene importancia. Por lo menos en esta parte del país no. ¿Quién quiere un título universitario con esta situación a día de hoy? Muchos prefieren hasta vender droga; es algo más fácil. Si no, pues se van al carajo, es lo único que queda.

– Hubiésemos vendido droga tú y yo. –dijo Armando. – Ya fuéramos ricos y estuviéramos en algún puesto de gobierno.

– ¿Con nuestra camioneta de lujo y guarda espaldas, no? –contestó Marcos.

– Y no olvides alguna Miss de tetas operadas y buen culo. – rió Armando.

Cuando llegamos a la urbanización y nos estacionamos en la casa, muchos estaban afuera conversando en voz baja. Marcos se puso de pie y gritó.

– ¡Maduro!

– ¡Coño e’ tú madre! –respondió la multitud.

En el preciso instante en que todos nos bajábamos llegó la luz y la multitud de adolescentes gritó con efervescencia. Una vez en la acera pude ver las casas y detallar en donde estábamos. Recordé mi adolescencia con amigos montando bicicleta por todas estas calles. Íbamos de un lado a otro haciendo trucos, tomando algo de cerveza cuándo estábamos cansados o sirviéndonos cada uno un pedazo de pan con jamón y queso en la casa de Marvin. Sí; recordé también cuando salía de fiesta y hacía todas estas cosas con mi grupo. Mis amigos de la infancia estaban en el exterior trabajando, algunos otros habían muerto. Yo me había quedado cuidando a papá y a Santiago y, ¡cómo odiaba mi vida! Mi juventud se había consumido, al menos así lo sentía yo, y todo me parecía tan decadente y vacío de sentido. No, tampoco ahora se festejaba cómo antes. ¿Por qué tenía antes más sentido todo? Me lo preguntaba una y otra vez y no podía darme una respuesta clara. Sentía que está época era catastrófica por muchísimas cosas. Yo solo trabajaba y trabajaba, sin descanso, sin lograr comprarme mejor ropa, sin que mis esfuerzos tuvieran algún valor.

Al momento comenzó a sonar la música de nuevo y la mayoría de los jóvenes se dirigieron a la pista de baile. Se empezaron a formar grupos por toda la casa. En el área de la cocina, el porche y afuera, en la calle, entre los autos estacionados. Me moví a la sala de baile y me coloque en la puerta, desde allí pude ver a la pequeña virgen fumando un porro de marihuana con algunas otras adolescentes y unos muchachos. Mi mirada se posó en ella durante mucho tiempo. La vi fumar el porro, inhalar profundamente y exhalar el humo, luego la vi moverse a la pista de baile, empezar a moverse, bailar desenfrenadamente.  Aquel baile me resultó atroz. De repente una sensación extraña se apoderó de mí. Era algo así como una ofensa a mi pudor, a algo que para mí era ideal. ¿Cómo era posible que aquella niña de figura tan virginal, de santa, con una voz y rostro angelical, pudiera estar haciendo todas esas cosas tan vulgares? Sabía que no debía encerrar aquella chica en mi ideal femenino, en lo que era o debía ser una mujer. ¡Pero ese baile! ¿Qué carajos les pasaba a todos estos niños? Pensé en las fiestas a las que iba cuándo estaba en la Universidad y a mi mente llegó el recuerdo de cuándo bailaba con mis compañeras de clases. Era en ocasiones salvaje, sí, pero no dejaba de ser un salvajismo lleno de sensualidad y erotismo. Si bien era cierto que el perreo podía volverse algo intenso, había ciertos límites. Las mujeres sabían cuando separarse de la entrepierna y moverse solas, entonces cada uno era libre de bailar con su propio estilo, de mover los brazos y las piernas acompañando el movimiento de sus caderas, de expresarse al ritmo de la música. Las mujeres se encargaban de seducir al hombre con pequeñas sutilezas del cuerpo que invitaban al sexo, que sugerían el amor desenfrenado, la pasión sin límites, desbocada, irracional, natural de ellas. ¿Pero qué demonios era lo que veían mis ojos? Algunas niñas se colocaban de manera indecente sobre las paredes, otras se sostenían del suelo aguantando los embates promiscuos de su pareja, era una orgía boba y grotesca. La música me pareció ruidosa y con una lírica demasiado explicita, repetitiva, carente de profundidad o de romanticismo. ¡Oh Dios! ¿Era yo el equivocado? ¡Seguramente que lo era! ¿Me tomaba demasiado en serio estas cosas? ¿Cómo puede ser que había envejecido tanto en tan poco tiempo? No entendía yo esto, y tampoco quería comprenderlo. Era todo tan absurdo. Empecé a preguntarme por qué estaba allí, a estas horas, con esta gente desconocida.

En ese momento una mano me tocó el hombro y al girarme un poco vi a un rostro conocido.

– ¡Lalo, qué haces aquí, no esperaba ver al hermano de Santiago por estos lados! – exclamó la voz de adolescente.

Era un amigo de mi pequeño hermano. Se apoderó de mí una vergüenza y un sentimiento de culpa. Lo tomé de un brazo y lo lleve a un lugar más tranquilo para hablar un poco a solas. Le dije que no me llamará de esa forma, le pregunté por mi hermano y le interrogué acerca de lo que estaba haciendo aquí.

– Lo mismo debería preguntarte. –dijo sonriendo. – ¿Qué haces aquí? Es la fiesta de una amiga del vecindario, no sabía que la conocías.

– No la conozco, sólo estoy de paso con algunas personas.

– ¿Qué personas?

– ¿Ahora eres policía o algo así? Mocoso, anda a la pista de baile y saca a una niña, que hay un montón allí dentro.

– Apuesto a que por esto estás aquí, pervertido.

Instintivamente le cogí por la camisa y algunas pocas personas voltearon a ver lo que estaba sucediendo. Al darme cuenta del pequeño altercado que había causado, lo solté rápidamente y le cogí del hombro suavemente de manera fraternal, luego acerque mi boca a su oído.

– Óyeme, nunca más vuelvas a decir eso si no quieres meterte en un lío, ¿te quedo claro?

– ¡Ah! Es broma, ¡no me tomes tan en serio, Lalo. –dijo con una risa nerviosa.

– Ya te dije que no me llames de esa forma. Ahora anda a divertirte, estoy aquí por unas cosas de trabajo, sólo que se me hizo tarde y estoy esperando irme con unos cuantos amigos, que me van a llevar a la casa. –le fui dando unos empujoncitos hasta dejarlo en la sala de baile.

Cuando se alejó de mi vista, me giré y pude ver que la mujer de la voz seductora y el chofer enigmático habían estado espiándome durante largo rato en un rincón del pequeño jardín. Me lanzó una mirada misteriosa a lo lejos. Me tome aquello cómo una invitación a acercarme y me moví lentamente hacía donde estaban ambos de pie, ella con un vaso en la mano y fumando un cigarro. Una vez cerca pude verla mejor a la luz de la luna. Era de piel morena, ojos marrones muy claros y bastante hermosa, como una diosa azteca. No pude evitar levantar las cejas y expresar mi sorpresa. Me pareció tan sólo unos años más joven que yo. ¿Cómo no había notado su belleza yo antes?

– ¿Qué tal? –le pregunté de paso. – ¿Cómo la estás pasando?

­- Un poco aburrida. –contesto sonriendo. – ¿Y tú?

– Por lo menos tienes algo de alcohol.

Ella me ofreció un poco del vaso y le pidió al chófer que fuera a buscar un poco más, me preguntó qué tanto hacía en la puerta viendo a la sala de baile y por qué no había invitado a ninguna de las chicas allí presentes a bailar conmigo.

– En realidad no soy buen bailarín. Me dio curiosidad ver cómo bailaban todos así que me quede viendo un rato hacía la pista de baile.

– ¡No es tan difícil bailar este tipo de música! Sólo tienes que menearte un poco de atrás para adelante. ¡Luego dejas que alguna niña haga el resto por ti!

– De cualquier forma, siento que ya estoy viejo para esas cosas.

– ¡No te ves tan viejo! –contesto y sonrió ligeramente de nuevo, con aquella sonrisa misteriosa. –Marcos seguro está por allí bailando con alguna muchacha, y ambos parecen de la misma edad. Hay jovencitas, niñas más grandes con bastante experiencia, mujeres maduras, todo un catálogo a tu disposición, Don Juan. –dijo guiñándome el ojo.

Vi la belleza de aquella mujer y por un momento recordé a mi pequeña Rosa. Pálida, con olor a perfume barato y jabón de lavar, casi que inerte cuando mantenía relaciones conmigo, me chocó pensar que esa mujer algún día fue joven y bella, que la había conocido en mi adolescencia y que había festejado junto a ella, cómo lo hacían los adolescentes ahora en el salón. De alguna forma la quería y por eso seguía llamándola ‘pequeña flor’ incluso en los momentos más íntimos en los que le susurraba al oído la llama de mi pasión que ya se extinguía y se marchitaba para todo lo demás en mi vida. Era ella y su sexo la que me hacía olvidarme de todo, sin embargo, nada quería saber de su estado económico, de su familia, de sus sueños rotos, de sus desengaños. Era tan solo una muñeca de mármol con la que sentía que tenía la autoridad de disponer de ella cuando quisiera y luego olvidarla.

Tomé un trago profundo del vaso y la hermosa mujer soltó una carcajada.

– ¡Vaya, tú sí que andas en la luna! –dijo burlona. – Con ese silencio tuyo, veo que no te gusta ninguna de las chicas que hay aquí, ¿acaso tiras para el otro bando? Allí están unos amigos que te podrían ayudar con eso.

– No estoy interesado. –respondí.

– Ya veo… Déjame que te diga algo sobre ti, ¿puedo hacerlo? ¿No vas a molestarte?

– Adelante, me gustaría escucharte.

– Lalo, –empezó a decir suavemente, está vez me miraba con ojos profundamente sombríos e inquisidores y su tono burlón se convirtió en una campanada ronca que empezó a aturdirme los sentidos. – ¡Pobre de ti! Vas errando cómo un vago en las calles oscuras, contemplando tus miles de demonios internos y atacándolos con algo de luz cuando ya te sientes totalmente vencido. Pero tú, Lalo, has caído bajo, aquí estás, conmigo y con todos estos niños, emborrachándote, festejando, queriendo no oír tus lamentos, sin saber callarlos, triste, deprimido, se apoderan de ti y te llevan por caminos prohibidos de lujuria, vicio y desdicha. He conocido a hombres como tú toda mi vida, Lalito. ¡Todos ustedes los soñadores son iguales! Tú, Marcos, Armando; creen en la adolescencia que pueden poseerlo todo, ir contra corriente, cambiar el mundo de alguna forma especial. Entonces, la realidad les choca en la cara y se vuelven unos desgraciados. No toleran ya nada, no se sienten de algún lugar, ven sus ideales arrojados hacía lo vulgar y superficial y creen que la mejor opción es morir rápido. ¿Crees, Lalo, que morirás si consumes tanto tu alma en una botella de alcohol o en cualquier otra droga? Respóndeme, no te escondas, no huyas pequeño. Mira a tu alrededor, aquí todos somos tus iguales.

Aquello pareció tocar una parte profunda de mi alma. Su voz vibraba en todas partes de mi cabeza, aturdido y aterrorizado, empezaba a preguntarme quien era aquella mujer, ¿su rostro me era familiar? ¿La había visto antes? ¿Me conocía? ¿Por qué me decía todas estas cosas tan de repente? Aun así, todo lo que decía tenía sentido para mí y no dejaba de fascinarme. Su mirada atrayente cómo de otros mundos me guiaba a una comprensión más profunda, expresaba algo en mí que yo mismo no podía poner en palabras.

Gire la cabeza y vi a mi alrededor y, en efecto, aquella fiesta me pareció una especie de celebración mundana en las puertas de algún infierno. Todas aquellas almas jóvenes de niños y niñas que consumían droga y luego bailaban desenfrenados, aquellos espíritus cómo los de Marcos que discutía acaloradamente de la política con sus amigos en la cocina, mientras tomaban alcohol hasta no lograr ni siquiera articular palabra, todas aquellas almas parecían ser parte de mi propio tormento, compartíamos la misma desgracia. Había algunos soñadores e idealistas por aquí y por allá, deseosos de libertad e inmortalidad, con los sueños rotos, con el corazón hecho piedra, bebiendo, olvidando, bailando para no pensar, devorándose junto a chicas que aún buscaban un príncipe azul en ellos, entregando su cuerpo como algo barato en la oscuridad de las habitaciones para ninguno saber nada acerca de la realidad.

– ¿Quién eres? –es lo que logré decir al salir de mi trance. – ¿Cómo es que sabes ese nombre?

– No importa cómo lo sé, querido, lo importante es que estás aquí. Has oído mi voz siempre en las penumbras, guiándote, llamándote para que vinieras conmigo. Sabía que hoy nos encontraríamos, lo soñé, ¡soñé contigo, Lalo!

– ¿Qué soñaste?

Le brillaron las pupilas marrones de forma enigmática. Me miraba de una forma muy sugestiva y tomó rápidamente una de mis manos. La colocó en su pecho, justo debajo de sus senos y pude sentir el latido acelerado de su corazón.

– ¡Sí, te vi! –dijo con los ojos llenos de fuego. –Estaba en la playa y venías en una ola, caminando en el mar con esas ropas de vagabundo y sin zapatos. Eras tú, Lalito, era exactamente ese rostro, desgraciado y hermoso que se posaba luego a mis pies para besarlos.

Aparte mis manos de su pecho y pude contemplar las formas de aquella mujer. Era voluptuosa y firme, con una figura atlética escondida debajo de su blusa blanca y del pantalón ajustado. Me la imaginé desnuda y entonces la sangre me bajo hasta la entrepierna con potencia.

– ¿Lo ves? –dijo ella muy suavemente sin apartar su mirada de la mía. – Eres mío, Lalo, todos los hombres terminan siéndolo.

Me aparté de ella y salí corriendo sin dirección concreta hacia la casa. Pase por el salón de baile que ahora estaba totalmente atestado y lleno de vapor y pude ver cómo bailaban todos de forma frenética al ritmo de la música. Había mucho humo y risas entre la oscuridad y yo me movía a empujones hasta que pude alcanzar llegar al baño. Entré allí y me vi en el espejo. Por un momento me pareció verla reflejada a mis espaldas y voltee aterrorizado. No había nadie. Saqué mi teléfono y note que me estaba quedando sin batería. Eran las 12:12 de la noche. Tenía muchos mensajes de Santiago y varias llamadas pérdidas. Me preguntaba qué donde estaba y que regresara a la casa lo más rápido posible, casi que inmediatamente, pues a papá le estaba ocurriendo algo. Me alarmé. Me senté a pensar en el escusado con la cabeza dándome vueltas y bastante mareado. Noté que estaba borracho y seguramente estaba sufriendo alucinaciones. ¿Habrá habido alguna droga en la bebida? Pensaba de forma acelerada. No tenía forma de averiguarlo. Empezaron a golpear la puerta y el ruido junto con la música de fondo comenzó a sacarme lentamente de mi turbación.

– ¡Está ocupado! -grité

Pero seguían golpeando la puerta con bastante fuerza así que me levante y la abrí, para mi sorpresa entraron dos muchachas al baño a empujones, la virgen y otra adolescente, luego cerraron la puerta tras de sí.

– ¿Qué sucede? –pregunte nervioso.

No dijeron nada, la adolescente virginal me empujo con fuerza al escusado y me obligó a sentarme sobre la tapa nuevamente. Cogió una de mis manos con sus delicadas palmas y se la llevo a sus labios. Abrió la boca lentamente y empezó a chuparme el pulgar. Traté de sacar mi mano de su boca pero en ese instante la otra adolescente se acurruco a mi lado y empezó a besarme y lamerme el cuello.

– Pero… Ustedes son sólo unas niñas. –gemí.

– Ya tenemos dieciocho años. –dijo la adolescente que estaba a mi lado, susurrándome al oído. – Estamos grandecitas para hacer estas cosas, además, no eres el primero.

– ¿Por qué hacen esto? –pregunté avergonzado.

– Por ti, Lalo. Lucrecia nos envía.

– ¿Lucrecia? –Pensé en la mujer de la voz seductora.

La adolescente con rostro de virgen llevo mis manos a sus pequeños senos y exclamó, con una voz desconocida.

– ¡Estrújalas con fuerza, Lalo! ¡Hoy somos tuyas! No hagas más preguntas, sólo entrégate al placer.

Perdí el control. Desnude aquel cuerpo frágil y juvenil mientras la besaba y le lamía el cuello. Me desabroche el cinturón del pantalón y tomé una de sus manos colocándola en mi miembro. Ella empezó a frotarlo mientras yo dirigía mis manos a sus partes más íntimas. Mi mano se arrastró hasta esos labios del pecado y se bañó de humedad y calor. Estuve un rato acariciándola mientras ella me masturbaba. Desesperado y como poseído, la volteé y empecé a penetrarla. La otra chica se había desnudado y se masturbaba mientras nos veía hacerlo salvajemente. ¡Oh, lo disfruté, lo disfruté mucho! Le di unas cuantas nalgadas y luego le jalé su cabellera castaña, la tome del mentón con mi rústica mano y le escupí mientras ella abría la boca y sacaba la lengua. La virgen gemía, suplicaba, rogaba, exigía que le diera más duro. No sé cuánto duro aquello. Pudo haber sido varios minutos, una hora o una eternidad. Lo hicimos hasta quedar exhaustos los tres. Al salir del baño afuera todo había cambiado. La única música que se oía eran los quejidos de los hombres y las mujeres mientras lo hacían. A mí alrededor pude ver una orgía de hombres adultos con adolescentes, mujeres experimentadas con niños, homosexuales con otros hombres. ¿Qué era todo esto? ¿Dónde estaba? ¿Y Lucrecia? ¿Y Marcos? ¿Armando? ¿Y el resto de las personas con quién había llegado? Las dos adolescentes me guiaron hacia la cocina, allí estaban Marcos y Lucrecia haciendo el amor, junto a otras personas y Armando. Pude ver al chófer en el sofá haciéndolo con varias adolescentes a la vez. Las niñas me dieron de tomar un brebaje muy dulce y a la vez amargo, aquello penetró en mi hígado como una bala. Entonces decidí entregarme completamente a los pecados de la carne. Lo hice con una, con dos, con tres, con muchas. Cuando terminaba una ronda caminaba de aquí para allá y por todas partes en la casa estaban haciéndolo como animales salvajes. Cuando busqué mi teléfono para comprobar la hora, se había quedado sin batería. Recordé los mensajes de texto de Santiago. Era algo urgente, urgente. Tenía que ver con mi padre. Lucrecia me tomó el rostro con sus dos largas manos y me dijo susurrante.

– ¿En qué tanto piensas, Lalo? ¿Por qué no estas fornicando?

– Tengo que irme. Me necesitan en casa.

– ¡Está es tú casa ahora, Lalito!

– ¡No! –grité. – Tengo que irme, papá y mi hermano me necesitan.

Busqué mi ropa y me vestí apresuradamente. Lucrecia se puso justo delante de mí y empezó a decir tranquilamente mientras me sostenía ligera del brazo.

– Muy bien. Pero nosotros  te acompañaremos. No podemos dejar que te vayas solo a estas horas de la noche, ¿es qué ni piensas en tu seguridad? A esta hora las calles están más llenas de delincuentes que fantasmas. –dijo sonriendo. – Además, necesitamos comprar un poco más de alcohol para la fiesta, el que tenemos ya se nos está acabando.

El enigmático y callado chofer estaba sentado en el mueble fumándose un cigarro, escuchando en silencio. Cuando Lucrecia se acercó y hubo hablado con él, en la forma en que un jefe se dirige a su empleado, se vistió rápidamente y salió de la casa. Mientras caminaba, a recoger sus ropas, pude ver en su espalda un tatuaje de hombro a hombro que decía, en letras góticas; CARONTE.

– ¿Ya nos vamos? –dijo Armando. – Que aguafiestas, ¿es por el tipo que hemos recogido en la plaza? ¡Qué se vaya bien al carajo! Nosotros no tenemos por qué acompañarlo.

– Calla. –dijo Lucrecia. – Es importante que este hombre llegue sano y salvo a su casa.

– Pffft. –exclamó el otro, enojado.

Afuera, unos cuántos postes alumbraban la calle. La carretera estaba mojada por la lluvia y había un olor a humedad por todas partes. El chófer nos esperaba con la camioneta encendida.

Todos nos marchamos.

Todavía estaba oscuro cuando regresamos a la ciudad y bordeamos el centro, estacionándonos en una licorería que había en una de las avenidas principales, que sirven de acceso a otros municipios. Bajamos todos los hombres a preguntar el precio de algunas botellas de alcohol. Yo estaba mareado y en un elevado estado de ebriedad. Oí de nuevo el rugido demoníaco de aquella motocicleta que había visto en el corazón de la ciudad más temprano. Voltee y vi a los dos delincuentes de antes, entre ellos el Conejo, que se bajaba de la moto con su revólver plateado.

– ¡Saquen todo el dinero que llevan en los bolsillos y los celulares! – gritó con su voz de roedor. – Y no quiero que nadie se me ponga popi porque si no les vuelo la jeta al que se me ponga alza’o. ¿Me oyeron?

Atrás estaba su compañero sosteniendo un gran cuchillo de caza con el mango de acero. El Conejo empezó a pasarnos revista a todos mientras nos apuntaba. El otro vigilaba que no viniera nadie y se quedaba viendo a las mujeres que estaban en la parte de atrás de la camioneta. Le pidió al chófer que se bajara y de forma falsamente amigable les dijo a las mujeres que sacaran sus teléfonos celulares y las carteras. Todo fue una cosa de segundos, guardaban las pertenencias en un bolso que llevaba Conejo. Cuándo se iban, el del cuchillo le dijo a su compañero con su voz de ratón.

– Conejo mira a esa jeva. –señaló a Lucrecia. – Esta buena causa, tengo tiempo sin cojerme a una mami así de buena.

El Conejo observó a Lucrecia mientras nos apuntaba y sonrió malignamente y de forma cómplice a su compañero le dijo a su compañero.

– Coño, Menor. No había visto a esa muñeca vale. A mí también me parece que está buena. Todas están buenas. –y soltó una carcajada de hiena, helada, aguda y malévola.

– Yo digo que nos las llevemos a todas junto con la camioneta, causa, ¿qué tú dices? –sugirió el Menor.

Todos observábamos de pie mientras aquellos dos discutían su siniestro plan. Lucrecia volteó a verme conmovida mientras el resto de las chicas se abrazaban con un temor de muerte. El Menor les gritó algo y luego se acercó a Lucrecia, la tomó de los cabellos y les ordenó a las demás subirse a la parte delantera de la camioneta. El Conejo nos apuntaba con el revólver. Las piernas me temblaban mientras veía al Menor llevarse a Lucrecia y a las demás mujeres.

Marcos hizo un movimiento; se abalanzo contra el Conejo y un disparo le dio por el hombro, cerca del cuello. Cayó a la acera en el preciso instante en que el chófer se lanzaba encima del Conejo, ambos cayeron al suelo con estrépito y yo corrí a donde estaban Lucrecia y el Menor; pude ver a Armando correr a esconderse mientras el Menor sostenía el cuchillo y me clavaba su mirada en los ojos. Me estaba esperando. Soltó a Lucrecia de un empujón y vino a enfrentarme. Nos quedamos viendo por un instante, analizando cualquier movimiento para empezar nuestro combate; en una fracción de segundos se lanzó contra mí y logro hacerme un corte en el brazo, la adrenalina hizo que no sintiera dolor y acto seguido lo tomara de la muñeca y el cuello con ambos brazos. Ambos caímos al asfalto. Me puse encima de él y empecé a golpearlo; alcanzó a clavarme el puñal en una pierna mientras yo le destrozaba la cara. Golpeaba y golpeaba incesantemente aquel rostro que parecía el de un muchacho. Se oyeron varias detonaciones y fue cuando por fin me detuve. Vi por unos instantes la sangre que corría a borbotones de la boca y la nariz del Menor y pude volver en sí. Me dolían los puños de una forma indescriptible. Me arrastre hasta la parte trasera de la camioneta y pude ver al Conejo de pie, contemplando el cadáver del chófer. Al verme se acercó dispuesto a dispararme y yo levante la mano derecha para cubrirme el rostro. Una bala me voló el meñique y el anular; el dolor y el sonido de la detonación me hizo retroceder y pensar que había muerto.

Oí un forcejeó y volteé aturdido a ver qué era lo que sucedía. Era Marcos que se peleaba con el Conejo. Lucrecia se acercó muy sigilosamente, había recogido el cuchillo del piso y logró apuñalar al Conejo por la espalda. El Conejo se retoricó y ésta le dio el cuchillo en manos a Marcos. Me levanté cómo pude y empecé a caminar para retirarme. Pude ver a Marcos apuñalar sin cesar al Conejo mientras gritaba de ira. La noche oscura estaba aclarando mientras yo me movía, adolorido, apoyándome de una pared cercana.

-Espera. –oí decir a Lucrecia. – ¿A dónde vas, mi querido Lalo?

Corrió hacia mí y trató de sujetarme.

– Me voy a casa. –le dije con voz ronca y agotada.

– Olvida a tu casa, Lalo. –empezó a decir suavemente y en tono maternal. – Quédate conmigo, con todas nosotras. Te daré todo lo que tú me pidas. Tendrás trabajo cómo nuestro nuevo chófer ahora que Caronte no está, irás con nosotras a toda clase de lugares y fiestas; celebraremos hasta estar completamente saciados y llenos de éxtasis con nuestros cuerpos. ¡Lalo! Serás el hombre más afortunado. Olvídate de tu padre enfermo, de tu hermano. ¡Ven conmigo, Lalito! ¡Sigamos haciendo el amor por toda la eternidad!

El sol de la mañana despuntaba y su luz empezó a brillar en el horizonte. Me sentí reconfortado. Las cosas oscuras empezaron a brillar a la luz de aquel gigantesco astro y recordé el rostro de mi madre, de mi hermano, de mi padre enfermo y mis responsabilidades. No, no era más un niño. No, no debía estar imaginándome toda clase de paraísos artificiales; llenos de mujeres exóticas, brebajes desconocidos y todo tipo de drogas. Recordé que también era un hombre adulto con un anciano enfermo en casa, que me necesitaba; un hermano pequeño tan descarriado cómo yo en estos momentos que seguramente iba a quedar huérfano y necesitaba alguien que lo aconsejara. ¿Podría ser yo esa persona? ¡Debía hacer las cosas bien está vez! ¡Debía dejar mi egoísmo de lado, mis pasiones desbocadas, mis instintos carnales!

– Déjame ir, Lucrecia. –dije con voz herida y temblorosa. – Tengo a una familia esperándome en casa.

Caminé sin cesar hasta llegar a casa, con la mirada extraviada, el estómago vacío, faltándome algunos dedos en la mano derecha y la cabeza a punto de explotarme. La gente me veía en mi aspecto triste y deplorable y sentía lástima; pensaban que era alguna clase de  vagabundo que se había peleado en una noche de fiesta. En este estado llegue a la casa y toqué a la puerta. Me abrió Santiago.

– ¿Lalo, pero qué diablos? –dijo sorprendido. – ¿Qué te sucedió, hermano? ¡Estuve tratando de comunicarme contigo toda la noche!

– Qué sucede. –dije cómo pude.

– Es papá, está grave. Ha estado toda la noche preguntando por ti. ¿Lalo, donde diablos has estado? ¿Qué le sucedió a tu mano?

Me dirigí a la habitación de papá y entré. Oí la voz frágil del anciano decir en la tenue oscuridad del cuarto.

– ¿Santiago, eres tú hijo mío? ¿Y Lalo, que has sabido de mi muchacho?

– Soy yo papá, Lalo, ya estoy en casa.

– ¡Lalo! –soltó una pequeña carcajada, un tanto ronca. – ¡Hueles cómo a Santiago, hijo! ¿Dónde estabas? Me tenías preocupado. Pensé que no llegarías a tiempo.

– Aquí estoy, ya llegue viejo. –tomé una butaca y la puse cerca de la cama, me senté y tome su mano. – ¿Qué necesitas de mí, padre?

– Lalo. –empezó a decir suave y solemnemente. – Cuéntame un chiste cómo lo hacías cuando eras un niño, mientras yo leía un libro acostado en la cama.

– ¿Un chiste? –dije extrañado, pensé unos instantes aturdido, tratando de ordenar mis pensamientos, con el dolor infinito de las heridas que tenía en todo el cuerpo, luego comencé a decir, recordando. – Un abogado llega un día tarde a un importante juicio y no encuentra lugar donde estacionar. Levanta la vista al cielo y dice:

“Señor, por favor, consígueme un sitio para aparcar y te prometo que iré a Misa los domingos del resto de mi vida, dejo las malas compañías y los vicios. Y jamás en mi vida me volveré a emborrachar… ¡Y dejo de acostarme con mi secretaria, que además está casada!”.  -guarde silencio por unos instantes, estaba cansado y me dolían las heridas producidas por el cuchillo. – Milagrosamente. –dije lentamente. – En ese momento, aparece un sitio libre, el hombre aparca y dice:

“No te preocupes Señor que ya encontré uno, pero gracias de todos modos”.

El anciano estaba a la expectativa, sonriendo dulcemente, al terminar se puso rojo y de repente soltó una gran carcajada deliciosa, ronca y bastante larga.

Sonreía mientras miraba al techo y así, expiró.

FIN.

 

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