El gran árbol de mangos.

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El árbol de mangos se erigía olímpicamente en la extensión de todo el campo. Sus frutos, que brillaban cómo pepitas doradas en las ramas, alimentaban a las aves, iguanas y el resto de los animales que lo rodeaban. La familia Renó había crecido sin saber su origen o por quién había sido plantado. Se decía entre todos ellos que había sido algún antepasado en la época de la colonia, un patriota victorioso de la guerra de la independencia que había ganado ese terreno y lo primero que hizo fue plantar un árbol. Una gran casa que acompañaba al árbol en su inmensa soledad estaba habitada por el señor y la señora Renó, Bartolomé y su hermana Susana.

Las ramas del gran árbol se extendían sobre el techo de la vivienda cubriendo en su sombra a la casa del implacable sol que se producía en los períodos de sequía.

El clima de aquellas tierras era tan insólito que un día los Renó pudieron ver por primera vez la nieve y al otro día el deshielo.

Aquél antepasado estaba pintado al óleo en uno de los magníficos cuadros de la casa. Una vestimenta militar del siglo XIX, un sable, largas patillas y unas botas enseñoreaban el atuendo del gran patriarca. A medida que el árbol fue creciendo, todo a su alrededor prosperaba. El señor Renó heredo un campo llenó de plantas de cacao, castañas, cerezos y hectáreas donde sembrar la yuca, el chino y la batata. El gran árbol de mangos servía como un paraguas que detenía los inclementes rayos del sol y un gran conducto por donde el agua caía en goteras hacía la tierra. La familia Renó se encargó de labrar y trabajar aquella tierra con esmero. Los mangos caían todos los meses cómo una lluvia incesante de monedas de oro quedándose esparcidos en el suelo. La señora Renó de un tiempo a otro, bajaba y recogía algunos frutos para dárselo a sus vecinos, amigos y familiares. Pronto se corrió la noticia de aquel gigantesco árbol de mangos que ofrecía sus frutos todas las semanas y de la afortunada familia que se encargaba de cuidarla. La señora Renó y sus hijos recogían los mangos y los entregaban a los vecinos a y todas las personas que se acercaban a ver el gran árbol de mangos desde la calle. Susana y Bartolomé les daban cestas de mango repleta a los pobres que llegaban pidiendo misericordia y llenaban los tobos de algunos de los comerciantes que luego los iban a vender al centro de la ciudad. Algunos intrusos bordeaban la entrada de la gran casa por la noche y empezaban a adorar aquel gran árbol de mangos. Bailaban a su alrededor y sacrificaban algunos animales, alabando al gran árbol y a sus poseedores, los Renó.

En el patio donde se levantaba majestuoso el árbol de mangos, los Renó celebraban los cumpleaños de sus hijos, las fiestas patronales y reuniones sociales, donde invitaban a todos sus vecinos, familia y amigos.

Se empezó a correr la noticia en todas partes que tocar el árbol traía suerte y que comerse uno de sus mangos aseguraba la vida eterna. Un día de fiesta un primo aventurero decidió trepar el árbol para ver hasta donde llegaba. Cuando bajó, dijo que en su punta pudo ver todo El Valle hasta la costa, pudiendo visualizar el agua de los mares y las aves de formas extrañas que anidaban en sus ramas. En esa época, en tierras muy lejanas se perforó el suelo y la tierra escupió algo que se llamaba petróleo al cielo. Una ola de éstos científicos invadió las tierras caribeñas y empezó a buscar zonas de perforación para explotarlas, les decían a los gobernantes que andaban en busca del preciado ‘Black gold’. La familia Renó mantenía al gran árbol y sus tierras con los cuidados prodigiosos que se le brindaban a un miembro más de la familia; cortaban las ramas del gran árbol cuando se extendían demasiado por el techo de la gran casa, limpiaban el campo y lo regaban, sembraban todo tipo de verduras y recolectaban las castañas, mangos y cerezas de los árboles.

La tierra que rodeaba al gran árbol de mangos estaba llena de vida; un jardín frondoso donde revoloteaban las mariposas y jugaban algunos ratones silvestres haciendo sus nidos debajo del monte, una corte de pájaros y aves que se posaban en las ramas y que volaban por todas partes alimentándose y viviendo del gran árbol: larvas, hormigas, arañas y toda una enorme fauna y flora llena de vida.

– Me preguntó como mi bisabuelo habrá conseguido está tierra. –se decía a sí mismo el señor Renó mientras contemplaba toda la extensión del campo desde el patio, fumando de su pipa.

Día y noche trabajaba la familia aquella tierra para hacerla florecer, cuándo no eran Bartolomé y Susana junto a sus padres, era algún vecino curioso, atraído por la fuerza de la naturaleza y recompensado por los Renó con algunas verduras y frutos que recogían del suelo.

Bartolomé y Susana tenían ya edad para ir a la Universidad, así que fueron a la ciudad y abandonaron el campo. El señor y la señora Renó se quedaron cuidando la tierra y al gran árbol de mangos con una vehemencia admirable. Las familias iban trasladándose todas a la ciudad y el valle iba quedándose vacío. Susana volvería de nuevo con su pareja y un niño,  unos años después. El señor y la señora Renó estaban arrugados y ancianos cómo pasas, pero en sus ojos había una expresión de sosiego, paz y felicidad cómo lo hay en la mirada de los niños. Bartolomé se había graduado en la Universidad cómo abogado y venía de vez en cuando de visita, veía el árbol de mangos y cada vez que regresaba le parecía que todo había cambiado; el jardín estaba más verde y majestuoso, el resto de los árboles cada vez más llenos de frutas y  de vida y el gran árbol de mangos más imperturbable que nunca, erigido cómo un monolito.

– En la ciudad hay automóviles rapidísimos. –dijo a sus padres la primera vez que regreso, con noticias de la capital.- Teléfonos en las casas y oficinas que sirven para llamar de París a Tokio, de Londres a Bogotá, deberíamos instalar uno acá. Hay mujeres finas, bulevares, una cosa que llaman hippies. –contaba emocionado.

– Nosotros nos quedamos cuidando la tierra, hijo. Es lo que nos llena de felicidad. –decía el padre.

Comían mucho las frutas del árbol y algunas verduras.  No probaban dulces, alimentos procesados o gaseosas. El señor Renó maldecía el progreso algunas veces cuándo probaba un vaso de Coca-Cola y solía horrorizarse al ver una hamburguesa. Eran muy viejos pero se mantenían fuertes en la tarea de labrar la tierra y de sembrar y consumir su propio alimento.

El país era próspero en la era del «black gold» y los vecinos ya no acudían a la casa de la familia Renó. En la gran casa se dejaron de hacer fiestas y celebrar cumpleaños, reuniones sociales y eventos con los vecinos y amigos; algunos vecinos acudían a discotecas, posadas, balnearios y se olvidaron del gran árbol de mangos. Compraban frutas en los centros comerciales, verduras, carnes, gaseosas y todo tipo de productos que se importaban. El señor y la señora Renó seguían apasionadamente cuidando sus tierras. «Cuándo no queda nada, sólo queda la tierra. », pensaba el señor Renó. Los efectos de la dieta y los mangos habían surtido un extraño efecto en la familia, aunque envejecían conservaban sus fuerzas y el señor y la señora Renó eran tan vigorosos físicamente como cuando eran jóvenes. Tanto era así que un día, mientras ambos caminaban por el mercado de la ciudad vieron a un hombre quedarse atascado en un auto, luego de un accidente de tránsito. El señor Renó se acercó tranquilamente y le preguntó a un oficial qué pasaba.

– Es un accidente abuelo, estamos esperando a los bomberos para que saquen al conductor que se quedó atrapado. –le contestó el joven oficial.

Ante los gritos del resto de oficiales y curiosos, el estupor era general, el señor Renó se acercó al accidente y alejó la puerta de sí con una sacudida brutal, luego cogió al hombre y lo dejó sentado en la calle. Aquello salió en los periódicos municipales pero no paso más allá de «Las cosas que suceden en los pueblos.», cómo decían las personas al hablar entre ellos de la noticia.

Con el tiempo, Bartalomé y Susana también se habían dado cuenta de sus «poderes» pero no lo quisieron hablar con nadie y pocas veces comentaron algo al respecto con sus padres.

– ¿Cuántos años tienes, padre? –le preguntó una vez Bartolomé al señor Renó.

– Se me olvidó, la última vez que lo supe iba por 88 años.

– Tienes 95, cariño. –dijo la señora Renó.- Los cumpliste hace poco.

– ¿Y tú, mamá? –preguntó Susana.

– Pues 96. –afirmo ella.

Susana y Bartolomé ya eran adultos. Se habían mudado a la ciudad pero siempre visitaban la casa de sus padres para ver el gran árbol de mangos; un día el gobierno expropió la casa de los Renó.

– Tienes que hacer algo hijo. –chillaba la señora Renó a Bartolomé.- ¡No puedes permitir que nos quiten el árbol de mangos!

Bartolomé no sabía qué hacer así que visitó la alcaldía del municipio y pidió una cita con el alcalde. Ya en sus oficinas, le dijo suavemente.

– Señor, mi familia ha estado en esa casa por generaciones, hemos trabajado la tierra con nuestras propias manos, le hemos dado sus frutos a los pobres y a los vecinos de todo el vecindario. ¡Dígame! ¿Por qué están haciendo esto?

– Señor Renó. –empezó a decir el alcalde.- Su finca debe servir ahora al Estado, ¿quiénes la han estado trabajando durante todo este tiempo, sus padres y los vecinos? Es hora de que hagamos justicia social allí, pongamos a hombres y mujeres a trabajar y dirigir la hacienda y les paguemos honradamente, con un salario y no con frutas y verduras cómo me enteré le pagan sus padres a los que trabajan.

– Eso es inaceptable.

– Ahora por favor. –decía el alcalde interrumpiendo a Bartolomé.- Tengo muchas cosas que hacer, necesito que usted se vaya.

La casa pasó a un comité de vecinos para que trabajaran la tierra y se repartieran las ganancias que tuvieran del trabajo. El señor y la señora Renó estuvieron protestando durante varias semanas y luego meses en la puerta de la alcaldía sin el gobierno oír sus reclamos. Ambos morirían poco después.

Los vecinos veían aquel gran árbol de mangos con ojos de codicia, pensando que por fin era suyo lo que durante tantas generaciones sus familias habían soñado obtener. Empezaron a comer como locos el fruto del árbol. Habían oído historias increíbles de la fuerza de los Renó y la riqueza que guardaba el jardín gracias al árbol. Poco a poco se iban saciando, muchos querían comer más que los demás para lograr tener «poderes» y los dejaban sin ninguna fruta ni verdura; empezó a haber discusiones por la cantidad de mangos que consumían y quiénes debían encargarse de trabajar la tierra.

– ¡Vete al carajo! –le gritó un vecino a otro.- Yo trabajo cuándo me dé la gana.

– Entonces no puedes aspirar comer algún mango del árbol. –dijo una vecina indignada.

– ¿Y quién eres tú para decirme lo contrario, la señora Renó, acaso?

Una pobreza asoló al país en esa época, la industria del «black gold» dejó de producir riqueza y mucho de lo que se importaba y había en los centros comerciales no aparecía por ninguna parte. En la casa del gran árbol de mangos hubo una batalla apocalíptica. Se cerraron las puertas a los extraños que iban a buscar mangos y dentro de la casa la atmósfera era insoportable. Unos esperaban armados debajo del árbol a que cayera un mango sin dejar que se acercará otro vecino. Corrió sangre por toda la casa y pocos lograron sobrevivir a la masacre. De 30 personas que había en la casa solo 5 estaban respirando. La podredumbre se olía a kilómetros de distancia y en la habitación del señor y la señora Renó se colocó algunos cadáveres para incinerarlos. En el hermoso jardín, dos hombres esperaban armados debajo del gran árbol de mangos.

– ¡Alto ahí! –grito de repente un vecino levantando un fusil.

En el umbral de la puerta hacia el patio, estaba una mujer y un niño sucios y con las ropas desgastadas.

– Mario. –dijo la mujer.- Tienes que dejarnos comer unos mangos, por favor.

– ¡Cállate! –le espetó Mario.- Das un paso más y te mato.

– Mario…-decía la mujer sollozando.- Te conozco desde que teníamos 10 años. Venías a mi casa en las fiestas de cumpleaños, mi mamá era tu madrina.

– Dispárale, dispárale Mario. –empezó a decirle el otro hombre.- Te está engañando, quiere para ella sola el árbol de mangos. ¡Mátala, mátala! –gritaba alocado.

Mario sostenía el fusil tembloroso y volteó a ver por unos instantes al amigo y luego subió la vista al árbol de mangos. En ese momento la mujer corrió hacía el con un cuchillo en la mano y le hizo un gran corte en el brazo. Mario cayó al suelo cubriéndose del ataque. El otro hombre le pegó una patada a la mujer y luego cogió el rifle. Antes de poder levantarlo, esta se abalanzo sobre él con el cuchillo y trató de cortarlo. Mario corrió hacia la mujer empujándola. El hombre apunto, soltó el seguro y le disparo a la mujer entre las cejas.

– ¡Perra! –soltó.

– Bien… la has matado. –dijo Mario aliviado.

El hombre apunto a Mario y le disparo en la cabeza. Volteo hacia la puerta y ahí estaba el niño, viendo toda la escena aterrorizado. Las aves volaron de la copa del árbol y sonó un tercer disparo.

En el crepúsculo, el hombre acariciaba el gran tronco del árbol mientras los tres cadáveres yacían en la tierra bañando la hierba de un rojo sangriento.

-Ahora solo estamos tú y yo. –murmuró en silencio.- Sólo tú y yo.

El huracán de violencia asoló aquel pueblo hasta dejar un país lleno de fantasmas. Aquel hombre se pegaría un tiro luego de que el gran árbol de mangos no volviera a producir ningún fruto. La naturaleza permaneció impoluta ante la violencia producida por aquellos vecinos.

Cierto día llegaron varias personas al lugar con excavadoras y maquinarias pesadas.

– Here, here is. –dijo un hombre rubio a otro bronceado.

Arrancaron el gran árbol de mangos y perforaron la tierra. Al poco tiempo broto del suelo el «black gold» que habían estado buscando.

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