CUENTOS POLÍTICOS 20

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pintura del artista Samuele Massaro, (Jack Nicholson)
pintura del artista Samuele Massaro, (Jack Nicholson)

 

La Encomienda

Lo envolvía un rock de la década de los setenta cuando debutó en la academia de policía con apenas veintiún años. La cuarentena le había echado a perder su reunión con las Águilas Negras. Un club de motos que había fundado con los brother de la vieja guardia. Su lengua repasaba unos dientes delineados y relucientes, sostenidos en cada lado por ganchos aferrados a dos carcomidos premolares. Despojando las cavidades de residuos cárnicos, se lamentaba de no poder exhibirse sobre su Harley Davidson de tres lugares. Estaba sin camisa y con unos chores de tela presionados hacia la vejiga, por la fuerza de su barriga cervecera. Aunque estaba lampiño porque su compañera vivía pasándole la afeitadora por todos lados, por esas manías metrosexuales que le gustaban de los muchachitos de hoy. Aunque su barrigón doblara en mucho la curva de los sesenta.

A diferencia de la Katiuska que decía sentir las miradas de los vecinos, él no se amilanaba por el sólo hecho de estar sobre una azotea descubierta. Estaba en su territorio. En su casa. Su hogar dulce hogar. Así que regodeado en su silla playera metió la mano derecha en sus chores y se rascó el escroto con dulzura y dedicación. Luego alargó el brazo izquierdo hasta una mesita cercana y tomó su trago de güisqui en las rocas. Esperaba quizás una llamada de Antenorio, por eso tenía el celular cargando en una toma cercana. Los vecinos se le quedaban viendo a través de las cortinas, otros zacaban la cabeza sin importarle ser notados. Por supuesto, el comisario los tenía por metiches. O tipos que lo único que hacían era bucear a su trigueña tatuada con camisón de dormir, que de vez en cuando salía coqueta del anexo a voltear las carnes de la parrillera. Lo que no percibía es que se trataba de gente indignada por esa desconsideración con el sufrimiento ajeno. Porque mientras que miles de seres se morían en el mundo del fulano Coronavirus, él escuchaba rock and roll a toda mecha. Ya entendían porqué nunca hacía nada cuando ElColombiano, otro de los villanos de la cuadra, los atormentaba casi todas las noches con una especie de miniteca. Aunque se rumoreaba que era como un club clandestino que el tipo administraba. Era de lo más insensible, pensaba la gente, no era capaz de hacer nada por nadie, aun con un cargo tan importante en la policía. De hecho había una bandita que tenía tiempo perpetrando en las casas por las azoteas. Ya varias familias habían sido despojadas de sus electrodomésticos, celulares, dinero… Pero el comisario con toda esa reputación de detective gringo, ni siquiera se había enterado del asunto.

Dejó el trago otra vez sobre la mesita y abrió un periódico en la sección de deportes y juegos de azar. Dos canicas bobaliconas se perdían entre cientos de letras negras, mientras un humo espeso y delicioso impregnaba la calle. Katiuska escuchó el timbre y fue abrir. Era Antenorio con una caja de alimentos, además de los cigarrillos y la gavera de cervecitas que le había encomendado el comisario. Ella siempre tan simpática le dijo que pasara y él la siguió hasta la azotea. El jefe apenas lo vio le hizo señas para que se sentara. – Esa son las vainas que no me gustan de este encierro, Antenorio. Lo hago como una obligación, porque si la cabeza está mal, todo se va al cipote. Imagínate que al jefe de la policía le dé el Covid ese… Por eso te dejé a ti en la comandancia y yo monitoreo todo desde aquí… –Claro jefe. Mire, una cosa, ¿quién es ese tipo, el de la canción? –Verga, chamo, no me digas que nunca has escuchado a Paul Gillman. La Katiuska le alargó una cervecita y Antenorio la rechazó con un movimiento de cabeza. –Qué te pasa Kati, estás hablando con un verdadero policía que respeta sus guardias. Dale otra vaina, creo que tengo refresco en el refri. –Con café me conformo, señora. –Pero bueno, detective, ya quítese ese tapabocas, le respondió ella. Antenorio sonrió desanudando cuatro tiras largas en la parte posterior de su cabeza. Pero más allá de todo lo que pudiera hablar con el comisario, de lo que pudiera decirle él sobre lo que haría para mejorar la División. Optimizar la seguridad de la ciudad o servir de enlace con otras instituciones. Sobre todo en clínicas y hospitales en esta coyuntura mundial del Coronavirus, comprendía que en los hechos, el comisario prefería su comodidad. Y eso justamente era lo que le molestaba de su jefe. Un tipo prosaico y hedonista, desconectado en lo que se supone debería estar más comprometido, aunque tratara de aparentar todo lo contrario. Siempre era Antenorio el que le tocaba todo el trabajo. La designación de los comandantes y las unidades, de acuerdo al historial y capacidad de los funcionarios. Pendiente de la logística. De los informáticos en relación de los casos y archivos, además de los elementos referidos a las conexiones de los criminales. El radio de expansión de las organizaciones delictivas. El reemplazo de armamento. Actualización. El monitoreo de la data de las unidades. En fin, de recibir casi todo el peso de la investigación.

–Chamo, gracias por la encomienda, regular los cigarros y la caja de comida y las cervecitas están finas, pero me falta una vaina… necesito gas.

Gas. Otra de las grandes maravillas del mundo. Y por supuesto de Caracas. Recordó que su mamá, la señora Luisa, le había pedido lo mismo. Y hasta él tenía que comprar para su propia casa. Ya la Tati lo tenía loco con eso.

–Mira chamo, aquí hace siglos que no pasan los camiones, y las mías son tres de las grandes. Toma estos veinte dólares para que las compres en la Morán. Sí, esos bichos son unos usureros, está bien, pero siempre tienen. Es más, si quieres, le muestras la placa y te las llevas sin pagarle un carrizo, total, son unos ilegales los miserables esos. Eso sí, te agarras sólo diez dólares, me traes la mitad. Antenorio lo miró fijo por unos segundos, y el jefe captó su forma de responder.  Sí, claro, pendejo, yo sé que no vas hacer eso. Te crees muy correcto, verdad. Ja ja ja… este inspector es una vaina…

Tatiana lo llamó. –Se puede saber cuando te vas a dignar a traer las bombonas. –Estoy llevando una encomienda al comandante. –No me interesa, chico, todo el día y la noche de guardia, y todavía sigues lamiéndole las botas a ese tipo. –Es parte del trabajo, Tati, no te alteres. –¿Trabajo, y esa música? A mí lo que me parece es que estás en un bonche. Necesito que vengas ya, para que ayudes a tu familia, me haces el favor. Chico, hasta tu madre la tengo aquí, angustiada por las informaciones de la televisión. Tú no te cuidas, vale. Mira que en algunos países los transeúntes de las calles se están desplomando por la infección del virus. Recuerda que tienes familia. –Está bien está bien, voy saliendo para allá. Pero primero tengo que pasar por la Morán a buscar el gas. –Claro, ¿pero te llevaste las bombonas, no? Antenorio como que se le acabaron las palabras y Tatiana comprendió. –Qué vaina papi, y entonces qué vas hacer allá, vente a buscarlas primero, recuerda que también están las de tú mamá. –Es que primero tengo que buscar las bombonas del jefe…  Yo sé que estás molesta pero qué puedo hacer Tati, es el comisario. –Tú sabes lo que tienes que hacer, chico… dejar de ser el mandadero de ese tipo, yo no sé qué te pasa. No te pareces el hombre de carácter que una vez conocí. Pero bueno, no te quites el tapabocas por nada, ¿lo tienes puesto…? ¿no?, póntelo, por favor. –Tati, es que todavía estoy en la casa del jefe… –Bueno, cuando estés en la calle aléjate de la gente. Evita las zonas muy concurridas y trata de hacer todo rápido. Antenorio trancó. El comisario le dijo que si quería se comiera una carnita con hallaquitas. –Devórate esa vaina para que tomes fuerzas, mira que esas bombonas son pesadas. Por fortuna Antenorio tenía dos agentes en la patrulla que lo ayudaron a montarlas. Desde la barda de la azotea su comandante lo despedía moviendo una de sus manos, mientras abrazaba a la Katiuska por la retaguardia, dándole todo su calor.

 

SOBRE CUENTOS POLÍTICOS: es una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares e incidentes son productos de la imaginación del autor o se usan de forma ficticia. Cualquier semejanza con la realidad, con personas vivas o muertas, eventos o escenarios, es mera coincidencia.

 

 

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