CUENTOS POLÍTICOS 19

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Imagen de The New York Times
imagen Andre Kohn
EL AMONTONAMIENTO

La mano de Antenorio estaba asida a un agarradero de metal por encima de su cabeza. Con el torso del brazo izquierdo secaba el sudor de su frente. La tela de la chaqueta ayudaba. Era como siempre un amontonamiento imposible. Aguantaba y aguantaba parado todo ese tiempo. Esta vez le había tocado estar sin carro. Se le había pinchado una llanta y no tenía repuesto. Tampoco quiso molestar a uno de sus agentes para que lo viniera a buscar con una patrulla. Si le preguntaban cuánto tiempo tenía sin usar el subterráneo, no se acordaba. Pero hoy le había tocado echar mano a sus pasados recursos. Recordó el viejo lema: “El Metro, la gran solución para Caracas”. La gran solución, que mala vaina, le respondía su yo interior. Sin aire acondicionado, el oxígeno adquiere la misma densidad del vapor. El retraso los tenía varados en esa estación por tiempo indefinido, creo que llevaban más de una hora, quien sabe… Según decía la voz malandresca del intercomunicador, era por culpa de otro suicida que se arrojó. Nadie sabe los motivos, pero un pasajero quizá echando lavativa decía que era porque no le había salido el fulano Petrus. Supuestamente tenía un poco de ceros marcados hacia la derecha en su cuenta, el problema era que el único número de la izquierda, justo antes de la coma, era otro cero. Antenorio sonrió pensando que él tampoco lo había recibido, pero que eso no era para tanto. La revolución estaba haciendo lo suyo por la gente y eso no podía negarlo nadie. –Y por qué este pendejo no se moverá, vale, dijo alguien refiriéndose al conductor. –Seguro que se quedó dormido como la otra vez, ¿no lo recuerdan…?, ¿no?, en serio chamo aquí hay un conductor que tiene la enfermedad del sueño. –Será el hambre hermano, que nos tiene como muertos, dijo otro. –No vale, fuera de juego, una vez vi cuando lo sacaron unos funcionarios. –Estaría muerto el pobre de tanto hacinamiento… Una doña moviendo las manos como desesperada echándose aire, dijo que deberían prestar el servicio de sauna a petición personal y no por imposición. -Cálmese doñita que ya vamos a salir de aquí, le respondió otro. Ay no, mijito, yo no aguanto más este infierno… Cuando iba a tocar el botón rojo una mujer la detuvo. –Mija, tú eres medio loca, será para que nos castiguen aquí media hora más… Antenorio sacó su celular y trató de comunicarse con la jefatura para que los sacaran. Le preocupaba que estuvieran atascados en la parte más oscura del túnel, como a la altura de Colegio de Ingenieros. La gente se le quedaba mirando y sonreían con aquel relajo infantil. -¿En qué país vive usted, detective, no sabe que ya las líneas telefónicas no funcionan? –Bueno, a veces sí, yo no sé qué pasa, pero tengo saldo… –A veces…, usted lo dijo. Este es el único país donde aún con el celular en la mano, uno no puede comunicarse. El que tiene sed, no consigue agua dentro de los tubos. Si se enferma, el sueldo no le da para medicinas. Cuando buscamos médico, de pronto te dicen que ya se fue del país. Y si lo encuentras, por casualidad, te cobran en dólares; y si es en un hospital, resulta que no cuentan con medicinas o el instrumental para ayudarte. Cuando trabajas, te pagan en bolívares, pero te venden la comida en divisas. Si estudias y quieres que te valgan la licenciatura, te enteras que un obrero gana más. Y ya sin plata y sin nada, cuando crees que por lo menos tienes una camita y te acuestas con esas tripas lanzándote un recital, pero por lo menos vivo, de pronto se va la luz y no tienes velas; y al rato, cuando montas las arepitas, se te acaba el gas y recuerdas que el camión tiene semanas sin venir… así que estamos de fregados, detective, por donde usted lo vea… Antenorio como pudo, se movió entre el amontonamiento para alejarse del viejo. Ay que ver como es la gente para inventar cosas. Además, no podía aceptar ese pesimismo. Era otro de los virus inoculados por la derecha desde el imperio. Fíjate cómo mandaron el susodicho Coronavirus a sus enemigos orientales. Ahora, claro, están asustados, porque se les salió de control. Pero el de nosotros es un virus mediático que causa depresión y nos hace estar todo el tiempo inconformes con la revolución. No, qué va, pensaba Antenorio, yo mejor me quito de este lado, porque si un compañero de la causa me ve, puede malinterpretar las vainas. Antenorio recordó que llevaba la radio encima, y logró comunicarse con cacique uno, que prometió gestionar las medidas de contingencia, apenas terminara de almorzar.

CARNESTOLENDAS

Tenemos que replantearnos la fiesta. Un carnaval atrapados en nuestras casas, sin agua, comida, teléfono, internet, o real… Algunos se conforman con chupar pedacitos de papelón y ver la tele todo el día. Los más astutos se ponen a visitar a los amigos que nunca visitan, para ahorrar sus propios recursos. Otros aplican el ingenio para matar el tiempo: ¡Niños, vamos hacer sus tareas, que papi y mami van a conversar largo en el cuarto! Y con ese calor, desnudos, sudando chorros y haciendo la gimnasia que todos nos imaginamos… Pero qué les queda a los venezolanos en este carnaval de infortunio, sino disfrutar de lo único que es gratuito y no depende de los políticos. Con el riesgo cierto de que la mujer se te levante al siguiente día medio rara, con ganas de vomitar y con ataque de antojos. Que buena broma, por culpa de los anticonceptivos incomprables. Así se quedó otra vez, mi hermanita. Embarazada en un árido carnaval de febrero, mientras el cuñado apretaba su cabello con las manos, pensando en meterse a vigilante privado para que le paguen en dólares.

DONDE PUSIERA LAS OREJAS

Así Antenorio se enteraba de la vida de los pasajeros. Y es que eso es lo único que puede hacer la gente atrapada en un subterráneo, hablar de sus miserables vidas. El resto es lo cotidiano: los buhoneros embistiendo a cada rato y haciendo coco con su paca de billetes verdes, los carajitos llorando, los carteristas tanteando el terreno, y los pedilones renovando su repertorio de cuentos. Antenorio se enganchó de la música de un rapero urbano. Qué vaina tan bonita, hasta lo puso a pensar en la Tati. La revolcona que se dieron por la noche. El estreno de los condones sabor a patilla. Le gustaron. Pero de todos modos se levantó con una carota. Le dijo que estos carnavales estaban aburridísimos y quería ir a la playa. Aunque sabe que Antenorio tiene el carro estropeado y como Inspector, ya ni cuenta con vacaciones. Para él se le fueron los días cuando organizaba algo con Rafaelito y el gordo. Todos llevando a sus novias en una patrulla rumbo a Todasana. Equipados para varios días.

Así es la vida, mi cielo, le decía a Tatiana cuando llegaba por la tarde. Tú te casaste con un tombo. No puedo moverme de la jefatura sin permiso del comisario. –Okey, le soltó ella, entonces yo me voy por unos días a montar un operativo en casa de mi mamá, nos vemos… –No chica espérate vale, le decía él, y llamó al comisario… Por la mañana, salían a la playa en una de las patrullas. Ya rodando por la autopista pensaba: “qué vaina tan seria, ya ni siquiera un detective puede administrar su tiempo.”

SOBRE CUENTOS POLÍTICOS: es una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares e incidentes son productos de la imaginación del autor o se usan de forma ficticia. Cualquier semejanza con la realidad, con personas vivas o muertas, eventos o escenarios, es mera coincidencia.

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