CUENTOS POLÍTICOS 18

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Pintura: G. Vera
EL DESAMOR
En algún lugar de Buenos Aires

 

Elvira y Deisy tomaban litros de café para salir a su segundo empleo en el antro. El que en realidad pagaba las cuentas, el alquiler, los servicios, el maquillaje, la ropa… Porque el diurno, cuidando a los carajitos de los vecinos sólo les alcanzaba para llenar el estómago, que sigue siendo lo más barato en todos los países, menos en su tierra. En Venezuela hasta los narcos parecen que han dejado la droga para vender comida.

En el antro las hermanitas servían tragos. La Deisy se deslizaba por el tubo con una lencería amarilla estampada de comiquitas y Elvira recitaba su poesía erótica. La que componía antes de dormir o los fines de semana. Porque la jornada laboral les quitaba casi dieciocho horas de sus vidas. Elvira se ponía medio tímida frente a la gente, con unas pantaletas fastidiosas encajadas entre las nalgas. Trataba de tapar sus senos al aire libre con la hojita que tenía entre los dedos, leyendo incitante algunas de sus composiciones. Había que reconocer la inventiva de una artista que trataba de sobrevivir en un país medio inhóspito. Por más que se esforzaba nunca le podía ganar a Deisy con las propinas. Siempre desbordando simpatía y encanto. Se ponía frente a la audiencia completamente desinhibida, como si hubiera nacido para esa vaina. Apenas rozaba el tubo con sus uñas esmaltadas en rosa, los argentinos se ponían como hiperquinéticos, lanzando billetes en forma de avioncitos o peloticas que caían cerca de los pies de ella. Elvira se sorprendía del tumulto que podía generar su hermanita en ese sitio. Por eso al salir de allí caminaba apresurada mirando hacia atrás a cada rato, por si las moscas uno de esos enfermos las siguieran. Pero más allá de toda la euforia del lugar y el espejismo de esos billetes que aterrizaron en esa pista de luces, ellas estaban muy preocupadas por su familia en Caracas. Todavía no habían podido enviarle algunos pesos a Luisa. Cuando miraban las fotos de todos por el wasap o los videos del skype, las salivas que tragaban se les convertían en un pan duro tan amargo como una penca de sábila. Mamá Luisa estaba tan flaquita, pobrecita, con los cueros del cuello guindándole y el rostro tan demacrado, el resto de los hermanos, ni decirlo, parecían un grupo de calaveras que se agrupaban ante la camarita del teléfono. Pasaban una situación terrible como todos, claro, aunque salvando al uno por ciento de los enchufados, bien gorditos y con una sonrisa todo el tiempo, como si no pasara nada.

Era tan vergonzoso para las hermanitas Pérez venir de un país con tanto petróleo, y de cualquier otra cosa que pudieran imaginarse que faltaba en los otros. Venir de una tierra con tanta belleza natural, agua dulce, playas, y todos los tipos climáticos como para montar un nuevo mundo. Aunque al mismo tiempo con mucha miseria humana. El hecho cierto de una nación que nunca ha tenido un gobernante que la ame, realmente. Y viéndolo así desde ese extremo sur, tan distante y gélido, ellas podían hasta comprender que esa era la gran maldición de su tierra, el desamor de su gente.

Se abrazaron esa noche y lloraron. Sentían tantas ganas de irse que se pusieron a arreglar las maletas. Eran sus crisis sentimentales de siempre, y sabían en el fondo, que ya ni siquiera poseían el dinero para el retorno. Le dejaron a Luisa un mensaje por wasap y un beso que sintieron en el alma. Así fue que pudieron quedarse más tranquilas y buscaron dos gruesos cobertores. Acostadas. Sus bocas botaban un aire tan y tan blanco, que pensaron que se les había congelado el corazón.

 

SOBRE CUENTOS POLÍTICOS: es una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares e incidentes son productos de la imaginación del autor o se usan de forma ficticia. Cualquier semejanza con la realidad, con personas vivas o muertas, eventos o escenarios, es mera coincidencia.

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