CUENTOS POLÍTICOS 16

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La Urdaneta

Luisa y Mary Carmen conversaron ese día como por dos horas. Sus celulares resbalaban por el sudor de las manos y era probable que si seguían, sus aparatos comenzaran a fallar debido al exceso de saliva en los circuitos internos. Pero el teléfono de Mary Carmen duraría más, ya que tuvo que trancar porque Luisa recibiría una llamada urgente desde Chile. Resulta que Wiston tenía algo muy importante qué decirle. Algo que no le sucedía a él sino a su hermano Pedro, y casualmente allí mismito, en Venezuela, justo en el banco donde ella cobraba la pensión. – ¡Ay no mijo, qué buena broma! ¿Qué hago hijo, qué puedo hacer…? -Vieja, muy fácil, llame a la policía. Reporte esa vaina. Mire que si esos tipos se vuelven más locos de lo que están, pueden venir matando a la gente y hasta al pobre de Pedro. –Y cómo sabes tú todo eso mijo, si estás por allá… – Vieja, por wasap, de qué otra forma. He estado hablando toda la mañana con él. Ahora mismo voy a llamarlo otra vez. –Ay, dile que se encomiende a la Santísima Trinidad, y que no se ponga a provocarlos porque a veces se le sueltan los tapones. Mira que los malandros no perdonan a nadie en este país, tú lo sabes Wiston. Enseguida llamo a la policía y me voy para la Urdaneta a esperar a que salga del banco. !Diosito santo, has un milagro por lo que más quieras!

Los tres tipos que robaron el banco, se movían como pez dentro de su pecera. Sabían las debilidades del sistema desde dentro. Conocían bien a los colegas vigilantes que trabajaban allí. Además, cuando el gobierno cerraba la Urdaneta para montar su circo, los bancos corrían peligro, porque la gente, como que se relajaba. Los funcionarios del banco, los vigilantes, hasta los policías se perdían del mapa. En el exterior sólo se distinguía un tarantín con un inmenso televisor, muchas cornetas escupiendo música proselitista y un grupo como de treinta personas más o menos, que pretendían llenar la calle. Y al contrario de lo que se pensara, de verlos disertando sobre filosofía política, repitiendo los principios del libro rojo o tratando de desenredar el grueso nudo confuciano de la historia revolucionaria. Celebraban el último bono depositado y el que pronto cobrarían al terminar ese relajo con olor etílico. Para los vecinos que a cada instante se asomaban desde los edificios, los trabajadores de las oficinas, escuelas y comercios, se les hacía harto difícil concentrarse con el escándalo. No se veían ni carros, porque toda la avenida la cerraban de polo a polo. Los autobuses que necesitaban esa arteria principal para circular como todos los días, se las ingeniaban bordeando la periferia más distante para llegar a su destino. A muchos se les podía ver caminando hasta sus casas en vista de que ni siquiera lo que había sido por décadas: “la gran solución para Caracas”, estaba disponible. Poco más o menos de ocho trenes trataban de satisfacer la demanda de casi tres millones habitantes. No sé, eso es lo que dicen las malas lenguas. O ni tan malas. Otros dicen que es invento de la derecha, yo no sé, pero eso pasa tan real que cuesta dudarlo.

En el interior del banco, la negra Katiuska ayudó la operación desde el principio. Se puso a coquetearle al Nucita y el vigilante cayó redondito. Era su debilidad, le encantaba el dulce, y las dos siliconas de la negra parecían recordarle las bombas de chocolate que vendían en una panadería del Este. El otro, un sesentón de pelo canoso que nunca salía de la cabina de seguridad porque debía vigilar los monitores, no se perdía ni un solo pase del Real Madrid, gracias a un aparatico que se había traído de su casa. Uno de esos televisores portátiles que se la pasan inventando los chinos. Había otro vigilante, pero justo ese día llamó porque no podía venir. Dijo que se trataba de una gripe tumbahuesos, aunque en realidad era un ratón muy gordo, quizás hasta una rata lo que tenía estropeándole la cabeza. Por eso y otras cosas mínimas pero puntuales dentro del mundo de la banca, todo funcionó para los atracadores. Por fin conocerían algunos de esos sitios maravillosos que sólo se ven en las películas gringas, en compañía por supuesto de la sabrosa Katiuska, una de esas mujeres dispuestas para lo que venga.

Y todos salieron vivos del banco, por supuesto. Aunque tuvieron que esperar al siguiente día cuando el vigilante del ratón regresó normalmente a su trabajo. Alarmado, llamó a la policía al darse cuenta por supuesto de los gritos, y en vista de que nadie podía abrir las puertas. El gerente estaba amarrado y encerrado en la caja fuerte principal con el manojo de llaves.

Después de que todos fueran liberados por los bomberos. Los policías los instaron a declarar. Por cierto, los trataban como los perpetradores del siniestro y no como las víctimas. Pero por fin Pedro pudo irse a casa de su mamá. Allí se bañaría, comería algo y quizás pensaría un poco qué podía meterle a la moledora para vender, porque ya no tenía ni granos de café. De alguna forma cayó en cuenta que había estado en esa misma situación muchas veces. Pero no la del banco, esa vaina le causaba escalofrío.

 

SOBRE CUENTOS POLÍTICOS: es una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares e incidentes son productos de la imaginación del autor o se usan de forma ficticia. Cualquier semejanza con la realidad, con personas vivas o muertas, eventos o escenarios, es mera coincidencia.

 

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Escritor venezolano nacido en 1973. Egresado del Instituto Pedagógico de Caracas. Profesor de Ciencias Sociales. Algunos de sus cuentos han sido publicados en diversos portales literarios y la revista impresa Yelmo y Espada. Ganador del Turpial de Oro en el concurso Cuentos de Amor 2015 por la Sociedad Venezolana de Arte Internacional. Es autor del libro de cuentos Al borde del caos, por la Fundación “El Perro y la Rana” y Más de 48 horas secuestrada en (CreateSpace Independent Publishing Platform, 2014). Administra el blog personal historietasyotrasveleidadeswordpress.com

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