Conversación en la Universidad.

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Mientras el indicador se mueve de un lado a otro, paseando por los comentarios en alguna foto de un contacto de Facebook; leo lo que escriben algunos ‘amigos’ que desconozco y otros ‘amigos’ muy fastidiosos que sólo publican tonterías, chismes con sus vecinas y algunos memes, bueno, es decir, muchísimos memes, y es que, ¿en eso se ha convertido Facebook, no?

Extraño es escribirle a alguien por chat para conocerse, en una red social creada para socializar y conocernos.

¡Qué deseamos hablar con la chica de las fotos sexis, aunque pareciera ser medio imbécil y retrasada por las cosas que sube, es cierto, pero qué fastidio cuando nos escribe alguien!

Deseando conocernos verdaderamente, por lo muy interesante que son los memes que publicamos y que han sido compartidos un millón de veces, y que nos empieza a aburrir y molestar que aparezcan siempre en nuestra pantalla de inicio.

Sí, ¿realmente nos creemos graciosos e interesantes?

Patético…

Sólo hacemos todo lo que los demás hacen.

Lo que les voy a relatar, es una historia que me contó un amigo al que le sucedió esto que escribo, hace aproximadamente unos dos años, si mal no recuerdo.

Empieza así; un día mientras me estaba tomando un café y fumando un cigarrillo sentado en un banco en la entrada de la Universidad, un compañero se me acercó y me saludo de forma tranquila. Nos conocíamos ya desde hace rato, me había cambiado de carrera e iba por el tercer semestre, no era de salir demasiado de fiestas o socializar al final de las clases, sólo me tomaba un café, fumaba un cigarro y me devolvía a casa. Él, era una de las pocas personas con las que hablaba en mi carrera.

Compró un café y un cigarrillo también y se sentó conmigo. Empezamos a hablar.

Que si la carrera, las materias, las notas, los exámenes, los profesores, nuestras compañeras, las demás estudiantes de la universidad, cuál estaba más buena, cuál era la más fea, etc.

De repente mientras hablaba, mi amigo se detiene por unos segundos, toma rápidamente un sorbo de café del vaso de plástico y le da una larga calada al cigarrillo. Expulsa el aire por su nariz y clava sus ojos pardos en los míos. Me miraba cómo un loco, con las órbitas saliéndose de sus cuencas y abriéndose paso una maligna media sonrisa en su rostro me dice, apenas murmurando:

– Ayer maté a un hombre.

– ¿Qué dices?

– Te digo que ayer maté a un hombre. –lo vuelve a repetir, esta vez lentamente.

– ¿Y por qué me lo dices?

– ¿No quieres saber cómo lo hice?

– ¿Por qué querría saberlo?, ¿Qué tenía el café?, ¿No es el mismo que el mío, cierto? – y mire el vaso de mi café, ya vacío.

– Es el mismo, pero eso no importa. Siempre me has parecido el tipo de persona que puede guardar un secreto. Te he estado observando desde el primer semestre: Llegas unos veinte minutos antes de clases, te tomas un café y fumas un cigarrillo, entras, escribes en todas las asignaturas, sales, te tomas otro café y fumas un cigarro, te vas, vuelves a clases. Vas bien, vas muy bien de hecho, eres de los mejores en clases.

– ¿Por qué lo mataste?

– ¿Quieres saberlo? – respondió bajando su tono de voz, casi susurrándome.

– ¿Tengo otra opción?

– Sí, te puedes ir si quieres.

Cuándo me iba a levantar para irme, me tomó del brazo suave pero fuertemente y dijo:

– Era broma, pensaba que de verdad querías oírme.

– Estás loco.

– Escucha, ¿si te lo digo, no se lo dirás a nadie, guardarás el secreto?

No me había terminado mi cigarrillo. De repente el tiempo parecía haberse detenido en la Universidad; para mí ya no existían personas en el pasillo, ni profesores dando clases, ni vendedores fuera. Había un gran abismo entre cómo era mi vida antes y cómo la veía ahora. Estaba sudando un poco y me sentía confundido. Fumé un poco de mi cigarrillo y luego le respondí.

– Está bien, puedes confiar en mí.

Él asintió y se llevó el cigarro a los labios, inhalo el humo mientras la punta del cigarrillo alumbraba lúgubremente.

– Bien, Jesús. Me gusta eso; eres un tipo serio. ¿Has oído algo de los asesinatos que han sucedido está semana?, ¿de los cadáveres que se encontraron en el hundimiento que se produjo en la carretera?

– Sí, algo oí. Se abrió un hoyo en la carretera por falta de mantenimiento en los desagües y se encontraron varios cadáveres.

– El agujero se produjo por falta de mantenimiento, sí, pero no estaban entonces los cadáveres. Aparecieron luego en varias bolsas, bueno, partes de ellos; estaban descuartizados.

– Ajá. –se produjo una incomodidad en mi pecho así que empecé a moverme el cuello de la camisa, rascándome un poco, luego le pregunté:

– ¿Los conocías?

– No, no personalmente. Pero sí sabía quiénes eran, por Facebook.

– ¿Facebook?

– Sí, Facebook.

– ¿Quiénes eran?

– Unos raterillos. Les gustaba timar con dólares. Publicaban que estaban vendiendo dólares, las personas se contactaban con ellos y al final terminaban estafándoles.

– ¿L-los… asesinaste?

– No. A ellos no. Pero algo me pareció curioso.

– ¿Algo te pareció curioso?

– Sí.

– ¿Qué?

– Una persona subió las fotos al Facebook, aparecieron en mi muro porque un contacto las compartió. Literalmente habían reaccionado miles de personas, los comentarios estaban llenos de hombres y mujeres que decían: Justicia, se ha hecho justicia, y cosas por el estilo.

– No te entiendo, ¿qué quieres decirme?

– Has oído algo de esto, ¿no es cierto? Dime que piensas tú.

– ¿Pensar?

– Sí, dime que piensas de lo que sucedió; y la reacción de las personas. ¿Qué te parece todo lo que estoy diciendo?

Pensé decirle que estaba loco, pero, cambié de idea. Empecé a meditar una respuesta. Analicé y reflexione todo lo que mi compañero me estaba diciendo, hasta que por fin conteste:

– Me parece que ese es nuestro problema. Creemos que somos capaces de elegir quien vive o quien muere, qué es lo correcto o lo incorrecto. Juzgamos, y no vemos hasta donde llegan los límites y donde se cometen los excesos. El crimen que hayan cometido esas personas, no me importa, no ahora, ya están muertos, esas fueron las consecuencias, pero, pienso que cualquiera que haya sido el delito, debieron tener un juicio primero luego una condena, me refiero, es lo que sucede en los países civilizados.

Él se llevó el cigarrillo nuevamente a los labios y luego arrojó la colilla al suelo. Me miró sonriendo perversamente mientras sus ojos le brillaban.

– ¿De verdad crees eso? – dijo sorprendido pero lleno de emoción.

– Sí, es lo que creo.

– Ja, ja, ja. Pues eres más tonto de lo que creía.

– ¿A qué te refieres?

– Qué estás diciendo tonterías.

– ¿Tonterías? ¿Por qué?

– Vivimos en un país donde reina la ignorancia, aquí, el que tiene dinero, tiene poder, y el que tiene poder, mueve influencias e intereses. Si molestas a las personas que no debes, te matan, y ya está.

– … ¿Y ya está?

– Sí, ya está, eso es todo. Mira, te contaré a quién asesine y cómo lo hice: Mi papá es un juez del Municipio, tiene bastante influencia, bastante poder. Conoce a los líderes de las mafias de estos lados, y también a los tenientes y jefes de policía, se lleva bien con todos; todos se llevan bien con él. Ninguno se mete en los negocios de los otros. Hay un equilibrio, un orden.

– Así que tu papá es corrupto, eh…

– ¿Corrupto? Bien, digamos que es corrupto. Me gusta pensar que es una persona inteligente, que se adaptó bien, pero en realidad es un cobarde. ¿Yo que sé? En este país haces lo necesario para sobrevivir, ¿no es así?

– Cómo digas.

– Bueno. Seguí profundizando en los comentarios. Leí casi todos. Muchas personas conformes, alegres con lo que había sucedido, otras indignadas por lo horroroso del caso. ¿Sabes que filmaron un vídeo de como los descuartizaban? Es como una especie de mensaje que les envían a sus enemigos. Bueno, eso dicen los criminólogos. Para mí que sólo están mal de la cabeza.

– ¿A dónde quieres llegar?

– Encontré un comentario. Un tipo sarcástico, le gustaba publicar memes burlándose en casos como estos: Revisé sus redes, era un verdadero idiota, un imbécil. Nadie lo extrañaría si lo desaparecía del mundo.

– ¿Quién?

– Bueno, tú.

– ¿Y-yo…? ¿A qué te refieres?

– Sí, tú. Me refiero a que tú eres el hombre que asesine, ayer.

– ¿Qué dices?

Entonces desperté. Encendí el ordenador. Abrí mi Facebook.

Habían cometido otro crimen violento. Publiqué un meme. Compartí otros más absurdos e idiotas aún, y luego me vestí para ir a la Universidad. Iba por el tercer semestre. Mientras fumaba un cigarrillo y tomaba un café, como siempre, se me acerco un compañero con el que siempre hablaba y me dijo.

– Hola, Jesús.

– Eh, qué tal, Luzbel.

– A qué no adivinas.

– ¿Qué?

– Tuve un sueño de lo más extraño.

– Yo también tuve un sueño bastante extraño…

– ¿Sí? Yo soñé que te asesinaba.

– ¿E-en serio?… Yo soñé que me contabas algo… Parecido.

Luzbel me explicó su sueño y yo traté de explicarle el mío, tal y como lo recordaba, estuvimos varias horas hablando hasta que por fin nos dimos cuenta que no habíamos entrado a clases.

Después de aquello, no volví a ver más a Luzbel por la Universidad, creo que se cambió de Universidad o se mudó de ciudad con sus padres, lo último que me dijo fue:

– Si tú soñaste algo parecido, significa que estamos unidos bajo un mismo destino. Nuestras historias se enlazan, Jesús, y de una forma trágica. No… No puedo cumplir con este oscuro propósito. Estás advertido, te lo digo.

Luzbel era muy extraño. Casi un genio. En clases era mucho mejor que yo y siempre era demasiado sociable. Extrovertido cómo ninguno. Sus padres eran ricos, seguramente corruptos, pero ricos. A mí no me va mal, podría irme mejor. Desde entonces no dejó de recordar aquél sueño y esa extraña conversación.

Sigo publicando estupideces. Todavía soy virgen.

¿Cuánta es la tentación…?

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