Una historia verdadera.

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La marea en la orilla de la costa mueve de un lado a otro los peñeros que descansan bajo el sol abrasador.

Hace aproximadamente 30º C y en la Costa de Paria todo parece tranquilo.

Más al Oeste, en el municipio Bermúdez, Carúpano es la localidad en la que se centra este relato.

La pequeña ciudad costera, con sus casas y pocos edificios, mantiene aún en sus construcciones un aire de Colonialismo junto con un Modernismo dándole un aire grotesco que hace parecer al pueblo atascado entre la barbarie y el sub-desarrollo de la colonización y sueños del desarrollo petrolero y el turismo.

La calle Juncal, que se extiende a lo largo y ancho de todo el centro, cómo una de las venas principales que es ese gran sistema laberíntico de esquinas, cruces, plazas y avenidas que hay en toda urbe, gigantesca o modestamente sencilla, está repleta de buhoneros, abastos, negocios y tiendas de ropa en las que algún día bullían el sonido de la fiesta y la algarabía del Carnaval. Hoy, sus calles huelen a pescado podrido y orina.

Las paredes, con algún graffiti, slogan político o alguna figura aludiendo al Carnaval –una máscara pintada en un muro, un diablo en otro-, hacen evocar en la mente acontecimientos pasados.

Pretéritos destinos envejecidos y derruidos por los látigos del agua y el sol inclemente de los períodos de lluvia y sequía típicos de estas regiones del Caribe. Algunas casas sin pintura y con trozos de pared cayéndose al suelo.

La corrupción y miseria que devora a la otrora ciudad comparada con Nueva York, Caracas, hace mella de este pequeño poblado fundado un veintitrés de Diciembre de 1647 por un Obispo proveniente de Puerto Rico, Fray Damián López de Haro, quien, en aquel año, ordena la construcción de una iglesia con el nombre de Santa Rosa de Lima. Ésa es la génesis de este poblado. Así, se inicia la flor de la vida esta ciudad que conecta las historias de los hombres y mujeres que estoy por contarles.

 

I

    Corría el año 2.011 y un niño de apenas doce años disfrutaba de la llegada de los Carnavales. Compraba globos en la tienda y empezaba a llenarlos en el grifo de su casa, la guerra de globos de agua había comenzado. Todos los niños del barrio se unían a la batalla. Era un combate sin cuartel, para luego, mojados y adoloridos en el estómago por tanto reír, volver a sus hogares, cambiarse e ir al centro con la familia a ver las comparsas.

En el centro, una familia observaba las carrozas estacionadas antes de partir, a la hora señalada para empezar todo el recorrido de las comparsas, los nativos y los turistas se tomaban fotos con los participantes del Carnaval. Hombres y mujeres vestidos con toda clase de disfraces y adornos peculiares, extraños, fantásticos. De fondo se oía soca, salsa, samba brasileña, tambor, a veces sonaba Celia Cruz con sus temas ‘La vida es un carnaval’ ‘La negra tiene tumbao’, ‘Quimbara’ y otros éxitos, con su ritmo alegre y festivo, que invitaban a festejar y bailar, a mover los pies con la reina de la salsa. -Es interesante, que Celia siempre evocaba a su natal Cuba, y a la La Habana, de donde era originaria, con un tono de melancolía y nostalgia. Melancolía y nostalgia que podemos comprender ahora los Venezolanos, en la actualidad-.

Un grupo de amigos está sentado afuera de las casas, platicando mientras beben unas cervezas Polar de lata, hablan sobre los resultados de la liga de béisbol o comentan con tono burlón los disfraces y las carrozas de las muchachonas y las luciérnagas ese año.

Los conductores de los camiones con sonido se preparan para salir, los DJs encargados de la música empiezan a seleccionar las canciones que van a tocar a lo largo del recorrido. Los participantes del carnaval empiezan a preparase, van a sus puestos en las carrozas, verifican la sesta llena de dulces.

La reina del Carnaval luce voluptuosa en su vestido de seda, su corona y su listón. La atracción principal es ella, y lo sabe. Sonríe, hace gestos nobles, lanza dulces a los niños, toda ella es encanto y perfección.

Atrás viene una versión más pequeña, pero no por eso menos hermosa. Un vestido azul, un cabello rubio, unos ojos verdes. Una niña promesa en la que su destino, debido a su belleza angelical, le guarda grandes aventuras y desencantos sin embargo por ahora, cómo toda niña, disfruta inocentemente de la atención que recibe y se divierte al tomarse fotos y saludar, desde lo alto de su pequeño castillo construido de cartón y otros materiales adornado de tal manera, que el arquitecto y pintor no tendría nada que envidiarle a Miguel Ángel.

 

II

    La noche cae y los astros brillando a lo lejos alumbran cómo la guaya de plata en el cuello del abuelo sentado en su silla de ruedas jugando con los niños mientras los vigila. La abuela, furtiva y alegre, se mueve con sus hijas de aquí para allá preparando la cena a los invitados que vienen de La Guaira.

Una brisa embriagadora de locura y libertad cubre a los jóvenes que bailan con sus parejas en las calles antes llena de autos, ahora, repleta de gentes que se mueven de aquí para allá dejando una estela de romance y coquetería.

Carúpano brilla en la geografía de Oriente en esta época del año.

Nadie les pregunto a los participantes del Carnaval o a los ciudadanos de a pie cómo se sentían o a los turistas cómo la estaban pasando, pero, aquél día de alguna forma, todos sabían, que ese día al igual que los siguientes prometían ser hermosos cómo seguramente lo era el sol levantándose en las montañas y alumbrando el mar todos los días.

 

III

    Era el año 2.019 y se abrían las puertas de Carúpano a los Carnavales.

Un niño de trece años hurgaba de la basura con su familia para encontrar algo que llevarse al estómago. La madre, el padre y los dos hijos, llevaban dos noches sin haber comido, estaban sucios y sólo vestían unos trapos raídos y harapientos.

Un adolescente de diecisiete años estaba acostado en su habitación sin saber qué hacer. Hace un rato navegaba por Facebook y veía las fotos de sus primos y amigos que se habían ido al exterior. Las noticias le asqueaban. Habían quemado la ayuda humanitaria que entraba por Cúcuta y perseguían a los Pemones para torturarlos y asesinarlos.

En Perú, una mujer de veinticinco años recordaba los Carnavales de su infancia mientras almorzaba en la hora y media de descanso de su trabajo cómo mesonera. Extrañaba su hogar, su familia, sus primos, su patria secuestrada.

En el centro, en el corazón de las comparsas, en la entrada de la calle Juncal, la música soca sonaba de fondo. La atmósfera era violenta, rara y extraña. Unos cuantos tipos ya estaban ebrios y bailaban, totalmente solos.

A lo largo de la calle había tres guardias en cada cruce. Vestidos con su uniforme verde y sus fusiles. Un gorro para cubrirse del sol, miraban, como hienas, a los transeúntes. Los ciudadanos también les miraban. No les agradaban. Ninguno se agradaba.

Una familia está afuera de su casa esperando que empiecen las comparsas de la tarde, hablan, se quejan, se lamentan, que si son los peores carnavales, que no debieron hacerse, que qué indignación.

Empezaron a moverse las carrozas. El carnaval acabó rápido. No hubo dulces. No hubo risas. Hubo unas cuantas fotos, si hubo una reina o mini reina nadie lo supo. Algunos volvieron a su casa, otros se quedaron a disfrutar la noche.

 

IV

    La luna resplandecía fuera de órbita. Si Dios veía aquél espectáculo, de seguro fruncía el ceño mientras el Diablo se reía, con satisfacción y dulce ironía.

Las calles estaban, extrañamente, colmadas de gente. Se escuchaba música, se bailaba, se tomaba hasta caer inconsciente en una cuneta por la embriaguez.

Se hablaba de política, de fútbol, de básquet, de cine o farándula. ¿Te enteraste de esto? ¿Oíste esto otro? ¿Qué te pareció aquello? ¿Viste el concierto? ¿Qué artistas fueron? ¿Escuchaste a Maná? ¿A ti no te quitaron la señal?

De vez en cuando se hablaba del gobierno y uno gritaba; ¡Maduro! Entonces el resto respondía: ¡Coño e’ tu madre! Se reían, bailaban y seguían bebiendo.

En Santa Elena de Uairén, estado Bolívar, se preparaban varios de la GNB para, por órdenes de arriba, arremeter contra los indígenas y darles una lección. Afuera del cuartel, estacionados en motos, unos colectivos armados los esperaban, cómo lobos que esperan a la manada para atacar al ciervo. Tanquetas, fusiles, granadas contra arcos y flechas. El pueblo Pemón resiste.

Los camiones con ayuda humanitaria ardían en el puente Simón Bolívar, de San Antonio en el estado Táchira.

La gente que asistió al gran concierto de Cúcuta ya se habían ido a sus residencias, tocaba trabajar mañana. Los artistas también se fueron. La esperanza de recibir tratamiento en los hospitales también se esfumó aquel veintitrés de Febrero.

En mi dulce Carúpano, seguía la fiesta.

 

Epílogo

    Luis García Díaz, en su pequeño libro ‘Breve Historia de Carúpano’ –donde me permití tomar el dato de la fundación de Carúpano por el Obispo Fray Damián López de Haro, al ordenar la construcción de la iglesia Santa Rosa de Lima, que tuvo que ser construida de nuevo en cuatro ocasiones, al incendiarse la primera vez y luego derrumbarse debido a un horrible terremoto y a varios temblores- dice lo siguiente:

    “El vocablo Carúpano es netamente aborigen Karu-pana, que significa en lenguajes Uainimaneses (Nu-Aruak) es decir, casa de tierra o tierra que tiene casa. Sin embargo para el investigador Arístides Rojas, Carúpano quiere decir sitio de carupas, nombres que los Caribes dieron a una especie de tabaco. Carúpano también fue el nombre de un riachuelo, a cuyas riberas se establecieron las primeras casas del pueblecillo de Carúpano-Arriba hacia el año 1645”.

Es una ironía que este gobierno diga defender los derechos de los indígenas y los asesine a plomo limpio en la frontera de Venezuela – Brasil. Otras de las contradicciones –o farsas- que promueve cómo bandera social y populista este régimen farsante, cínico e hipócrita.

Pero Venezuela es una contradicción andante. Compleja es nuestra ciudadanía, que mientras unos luchan contra la tiranía del Estado otros se embriagan en una fiesta promovida por la misma autoridad gubernamental de arriba para distraer, burlarse, y lograr, de nuevo, alimentar al pueblo con pan y circo.

Por nuestra sangre corre espíritu del Cacique indígena que se rebeló al dominio español, pero, ¿el circo y el alcohol han mantenido sumiso a ese guerrero?

La globalización nos ha llevado a contagiarnos con el virus de la ‘expropiación de nuestra cultura’ me gustaría llamarle. Muchos saben más de la cultura pop estadounidense que de sus raíces aborígenes como país, de su folclore, de la música del llano o de personajes ilustres en la historia Venezolana. ¿Sufrimos de una alienación los pueblos Latinoamericanos? ¿Somos incapaces de reconocer los errores de nuestro pasado histórico y corregirlos? Y aquí no vengo con la típica critica de los de izquierda al imperialismo, me refiero es al individuo mismo y a su forma de verse en el tiempo.

¿Ha sido acaso ese desconocimiento la causa del relajamiento que provocó que en los años de democracia que ésta se diera por segura y se buscase cambiar el sistema de golpe y no paulatinamente con sus respectivas reformas?

¿Hemos vivido durante muchísimo tiempo la mentira de que ‘éramos un país desarrollado’?

¿Qué íbamos vía al desarrollo? Pero, entonces, si asumimos que íbamos en vía al desarrollo, ¿cómo no pudimos advertir los encantos y engaños del tirano? ¿por qué solo después de muerto, es que algunos logran abrir los ojos?

Son muchas las preguntas, desconozco las respuestas.

Si me permiten ahora, los que han llegado hasta aquí, dar mi opinión:

 

Mi pensamiento es el siguiente; lo único que nos queda ahora es priorizar al individuo por encima del colectivo. La razón por encima del fanatismo. La reflexión sobre la ideología. La libertad de crear, de pensar y de ser. ¿Qué nos queda hacer, por ahora?

Un país. País que es de todos. Pero para saber quién eres, es necesario saber de dónde vienes. Nos toca replantear la educación dada en los sistemas educativos. Crear un nuevo hombre y una nueva mujer. Nuevos Venezolanos. Es duro, es difícil, es un reto gigantesco, pero hay que hacerlo.

Y todo debe comenzar por: El cese de la usurpación, gobierno de transición y elecciones libres. Sin ser esto un slogan político, sino un deber moral, una obligación, una responsabilidad.

¿Hay lo necesario en Venezuela para lograr devolverle su democracia y restaurar al país?

Con las últimas noticias de diálogos, negociaciones, las FARC agrupándose de nuevo en territorio Venezolano, el sistema repleto de mafias clientelistas, es aquí donde debiéramos pensar acerca de grandes hombres que han hecho grandes cosas por la humanidad. Asumiendo el costo y los sacrificios que haya que hacer, ellos tomaron una decisión.

Ejercer liderazgo no es fácil, ¿más quien dijo que lo era?

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