CUENTOS POLÍTICOS 13

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Fuente: revista Mercurio, Andrés Soria Olmedo

Fuente: revista Mercurio, Andrés Soria Olmedo

 

LA LLAMADA

Ahí está toda esa gente dentro del banco. Uno detrás de otro en secuencia interminable. Trashumantes de una ciudad perdida en su propia perdición. Pero no tienen otra que venir aquí. Otro de los lugares donde todos en algún momento confluimos. Pedro escucha a varios conversando los mismos temas de la sociedad del caos. Temas que constantemente se replican en cualquier lugar de Caracas. Temas que se reproducen en nuestra mente y cuando se terminan volvemos a rebobinarlos, porque es parte de la realidad que nos trastorna. Los funcionarios flotan sobre la losa como si fueran parte de una especie distinta. Disfrutan su parcelita de poder. Tal vez sea la única que tendrán en su mugrosa existencia. Por eso esa forma de caminar y erguirse en la brumosa supremacía. Cada semblante acongojado como que les transmite la certeza de ser distintos. Superiores. Será que acaso olvidaron de que también son unos pendejos como nosotros. Como si pensaran que la gente mataría por estar aquí. O que suspiran cada noche despertarse dentro de este espacio tan desquiciante. Seguro piensan “esos pobres diablos necesitan de nuestra ración. Somos demasiado necesarios. Fundamentales. Imprescindibles. Impelables. Pobres seres. Ni siquiera son dueños de su propio salario. Nosotros le administramos la vida. Un billetico por persona. De diez, de veinte, de cincuenta, no importa, siempre estarán limitados por nuestras decisiones. Son como aquellos miserables, como los del fulano libro Los Miserables”.

Pedrito ya no aguanta los pies. Las piernas. Su adolorido coxis que hace esfuerzos para unir toda la parte baja de su ser. El tiempo es una inyección letal de desesperación. Un grito ahogado de amargura que recorre sus arterias. Se une a la conversación de un par de tipos. Uno se ríe haciendo uso de un talento natural para el chiste. Así somos los que habitamos en esta tierra. Aunque ya esa chispa se agota. Los políticos se han encargado de sepultar nuestro buen humor. El teléfono de Pedro vibra. Es Wiston en una llamada por wasap desde Chile. Necesita atenderle. No porque sea la obvia respuesta de un estímulo. Tampoco porque sea su hermano. O porque pensaba en un negocio que estaba cocinando con él desde hacía semanas. Sino por la tentativa de que el vibracol de su celular ya comenzara a notarse de tanto sonar. Se lo pone en la oreja derecha, la que da hacia la pared. Desde ese ángulo es imposible que lo note el vigilante, por lo de las normas del banco. El mito que existe de que los delincuentes puedan comunicarse desde dentro con sus cómplices en el exterior. Pero Pedro no es un asalta bancos, y lo único que busca es responder una llamada de larga distancia. El vigilante tampoco parece importarle mucho lo que hagan los infelices dentro de la entidad, y menos de una pendeja llamada telefónica. Está trabado en un filtreo con la negrita del vestido corto.

-Ya te mandé la pieza de la moledora. Gracias a Dios que es pequeña y no pesa tanto. Por aquí se consigue baratísima. La estarás recibiendo como dentro de dos o tres días más o menos, por remesa particular. Es la única forma, porque me han dicho que en el público la mayoría de los paquetes no llegan a su destino. Se roban las vainas, que desgracia, Pedrito. –Gracias Wiston, es que tú sabes cómo está todo por aquí. Hasta una malta no te baja de los cinco mil. Porque como te dije, ahora lo que hago es moler café para medio sobrevivir. Y con la moledora trabajando a media marcha… –Bueno, el café te da más que la abogacía, cómo me contaste ¿no? –Ni te creas, ya me volvieron a aumentar la mercancía. Todos los días la aumentan. Ya no se puede más. Ya no sé qué hacer con los proveedores, siempre les quedo debiendo. –Pero no pagas impuesto Pedrito, y eso es una ventaja donde sea. -Bueno, el impuesto lo pago de otra forma. En la vacuna que me pide el colectivo cada vez que pasa por aquí. Y que de paso también me la volvieron a aumentar. Así que estoy muerto por donde lo veas. –Bueno, estás en el banco, ahora sacas y le pagas a todos. –No chico, eso se hace por transferencia, es mucha plata y aquí sólo te dan diez o veinte, y de cien en cien. ¿Pero qué opciones tengo? Necesito el dinero, no todo se puede pagar por tarjeta. Como el pasaje, el periódico, un cafecito de termo, los caramelitos que te venden en el metro y a veces te salvan la vida cuando se te baja la tensión. Porque esos vagones parecen un microondas por dentro. –Sí, eso lo sé yo desde que me fui. -Lo que no sabes es que ahora sólo puedes sacar plata de una sola entidad. –¿Cómo?, no puede ser, Pedro. –Sí, hermanito, ahora piden la cédula y te revisan en el sistema a ver si ya retiraste en otro banco. -Verga loco, los tienen calibradito, qué desgracia… – Y se pusieron así porque cuando te limitaban con los diez mil, todavía tenías la posibilidad de sacar en otros bancos. Pero se dieron cuenta de la vaina y nos fregaron el parque. Ahora estamos peor que antes, Wiston. –Pero entonces esa gente se contradice, porque cuando los entrevistan en los medios, dicen que ya son millones de remesas que emite el fulano Banco Central cada semana. Según ellos no hay escasez de papel moneda. Bueno, eso es lo que yo veo desde Santiago. En ese momento se escuchó el disparo. Un vigilante tenía una escopeta semiautomática y mandó a que todos se arrojaran al piso con las manos en la cabeza. Otro tenía encañonado al gerente con una Taurus. Y el tercero dirigía la punta de su treinta y ocho hacia los cajeros. – ¿Qué fue eso Pedrito? –Chamo, nos están robando. -No hables, hermanito, te pueden escuchar, ni siquiera muevas la boca puedes llamar la atención. -Qué sorpresa con estos desgraciados, Wiston, tengo que guardar el celular. -¿Y los vigilantes del banco, no se dieron cuenta? –Por eso es la sorpresa chamo, no lo pudieron prever, porque eran sus panas de los blindados, los que vienen cada semana a traer o sacar plata. Los traicionaron. Ya los desarmaron y los tienen en el piso como nosotros. A los cajeros si le están dando bien duro. Y para como los están dejando, hubiese sido mejor que le dieran un tiro a cada uno. Al gerente le reventaron la cabeza con la escopeta, está en el piso tratando de respirar en medio de la sangre. Pero eso le pasa por aguevoniados. Sobre todo el vigilante ese conversando con la negra de la faldita. Voy a guardar el teléfono. –No, no lo guardes Pedro, ponte los manos libres y así te sigo hablando. –Pero yo no voy a poder responderte, y aquí todo se pone peligroso. Nos miran como si quisieran borrarnos. –Tranquilo, no pienses en eso, hermanito, te pones más nervioso. Y los malandros empiezan por los más chorreados. Voy a contarte algo que me está sucediendo aquí en Santiago, y así piensas en otra vaina… Voy a tomar tú silencio como un sí, sólo te pido que de vez en cuando tosas para saber que me sigues escuchando…

 

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Escritor venezolano nacido en 1973. Egresado del Instituto Pedagógico de Caracas. Profesor de Ciencias Sociales. Algunos de sus cuentos han sido publicados en diversos portales literarios y la revista impresa Yelmo y Espada. Ganador del Turpial de Oro en el concurso Cuentos de Amor 2015 por la Sociedad Venezolana de Arte Internacional. Es autor del libro de cuentos Al borde del caos, por la Fundación “El Perro y la Rana” y Más de 48 horas secuestrada en (CreateSpace Independent Publishing Platform, 2014). Administra el blog personal historietasyotrasveleidadeswordpress.com

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