CUENTOS POLÍTICOS 11

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la Libertad By Egon Schieleartwork
LA UREA

Abrió la llave del lavamanos. Un chorro débil que no tenía fuerza ni para caer. Metió las manos en la ponchera que estaba al lado del retrete. En la cocina, Amandita cantaba haciendo bollos con la masa. Los introducía con cuidado en el agua caliente de la olla para que no le salpicara en las manos. Además, se podían partir. Sonreía al pensar que siempre se pasaba de agua con la mezcla. Enchufó la cafetera, desanudó con los dientes una bolsita transparente de café y lo vertió en el filtro. ¡Ahora sí que se acabó el coffee!, gritó para que Pedro la escuchara. Él se concentraba en lavarse la cara. El agua le olía extraña, le supo extraña. Se miró en el espejo con una expresión de náusea y escupió como si vomitara. –Esta vaina sabe a orine, soltó de pronto, e imaginó a Amanda levantándose en la madrugada medio tonta por el sueño, confiada sobre el retrete de que disparaba su mejor tiro de guerra de las Galaxias, sin darse cuenta que le desgraciaba el agua. – ¡Guácala Amandaaa!, gritó. ¡Y ahora cómo hago para bañarme, chica, tú sí que eres descuidada, vale! Amandita tampoco escuchaba desde la cocina, y menos cuando se puso a cantar unas letras de la Shakira que no se sabía bien. Sobre que se enamoró, y de que lo vio sólito y se lanzó, que era lo que le estaba recomendando el doctor, que pensó que estaba soñando cuando lo vio…, y así seguía la canción, mientras evocaba el momento en que conoció a Pedro en el puesto, y él la miraba con esos ojos brillantes de gato famélico.

Pedro miró el agua que mantenía su tono transparente, pero con un cierto halo amarillento. Acercó la nariz y aspiró. Su rostro se puso como si chupara un limón. Un olor a urea le terminó de confirmar el nuevo ingrediente de la fórmula. –Guácala, se dijo otra vez y repasó con la vista todos los envases. Se enfrentó de nuevo a su dramática realidad. No sabía cuántos meses llevaba sin agua y el único tobo que le podría salvar la dignidad ahora estaba sucio.

El tema de la pulcritud estaba relacionado con la formación que le dieron en su casa. Luisa se los exigió siempre. De pequeños los bañaba con una esponja quitamaridos, después que regresaban de jugar. Les daba y les daba en esa piel negra de tanto revolcarse en la calle con los otros niños, jugando al fútbol. Mi vieja me enseñó a valorar el aseo. Así me vea limpio, si no me echo agua y jabón en el cuerpo, me siento incómodo. También cuando salgo a la calle no me gusta orinar sobre una pared o detrás de un carro. Es una cuestión de conciencia también, porque no es necesario que un policía te lo recuerde, aunque en este país tampoco se ven agentes preocupados en recordarlo.

La semana pasada Pedro fue a una cita en el hospital Vargas, le dieron ganas de orinar. Buscó el baño y la sorpresa no fue encontrar gente haciendo cola, y que la única instalación habilitada brindara un servicio mixto tanto a mujeres como a hombres, sino que cobraran un monto que un bolsillo promedio no resistiera. Así que Pedrito rompió su regla de pulcritud, porque de lo contrario podía rompérsele otra cosa más abajo. Se le notaba la pena mientras sacaba su pajarito y buscaba el carro más abollado del sector. Se metió detrás de un fósil oxidado y desmantelado, que se le pareció a un Failan 500, y entonces soltó el chorro. -¡Ahhhhhh!, dijo audible, mirando un grupo de nubes que unidas adquirieron la forma de un merey gigantesco. Unos tipos que se empinaban una botella de aguardiente, echados sobre bolsas de cemento, le gritaron: “Cuidado no se vaya a llevar nuestro baño, patrón”. Sus carcajadas le dieron la confianza de tomarse el tiempo para sacudir el instrumento del delito y hasta saludarlos como compatriotas que entendían su circunstancia.

 

Miraba el tobo con el agua debatiéndose en una lucha interna, pero qué podía hacer, tenía que salir a trabajar. Se echó agua con un envase más chico sin pensarlo mucho. Sacó espuma de la pastilla de jabón y se enjuagó una y otra vez. Mientras se pasaba la toalla y miraba su rostro en el espejo, pensó: “Pero bueno Pedrito, ¿y qué puede hacerte el orine de una muchachita de diecinueve años?, ¿acaso te va a desintegrar la piel?

Tenía varias semanas saliendo con ella, y le gustaba mucho. La conoció porque siempre pasaba por el puesto a comprar café. Especulaba que no era tanto por el café sino por su carisma, su sexapil. Pero era su misma soledad que lo hacía imaginarse cosas. Pensar en posibilidades que no existían. Por otro lado, cuando la detallaba, se veía como muy peladita para un tipo treintón como él. Al principio ella lo miraba con displicencia. –Dame un cuartico de café, por favor. No, esa bolsa se ve muy fea, no, esa tampoco, está como rota… -A ti te doy lo que me pidas, bebé. Ella se ponía más seria. Y le torcía los ojos. Después le soltaba cosas como: -¿Y eso está bien pesado?, ay Pedrito, cuidado si me robas porque no te compro más, y recuerda que hay muchos moliendo café por ahí. -Tranquila, mi vida, le dijo él, te voy a resolver bien. -Mira, yo te compro sólo porque mi mamá te tiene confianza con el peso. –Bueno, ricura, tú mami sabe que a mí me gusta lo legal. Por algo soy abogado. Cuando le dijo eso, la expresión de Amandita cambió. – ¿Sí?, ¿tú eres abogado? –Claro bebé, y de una de las mejores casas, la UCV. Ja ja ja, me salió como si le estuviera haciendo una propaganda. -¿Y qué te pasó, chico, por qué estás aquí como buhonero? –Chama, tú pareces que vives en la Venezuela de Narnia. No has visto a tú alrededor. La mayoría de los buhoneros de este país somos profesionales. Mira, señaló con el dedo… allá el de los mangos, es Gustavo, el profesor. El de las papas es Efraín, el cirujano. Isabelita, la que ves más allá con los paquetes comida, esa era secretaria de una viceministra, imagínate, la despidieron porque descubrieron que su hijo andaba con los burguesitos de Chacao. Y aquí a mi lado, con las chupetas está el propio, Guillermito, mi alto pana, te lo presento. Renunció el mes pasado de otro ministerio, es ingeniero civil. Cómo ves, a no ser por los casos de discriminación, la mayoría tuvieron que dejar sus empleos porque los salarios no dan ni para vivir.

Después que Amandita supo que Pedro era abogado, cambió con él, hasta quiso tratarlo de usted, como si fuera un viejo. Comenzó a pedirle que la ayudara hacer sus tareas de Estudios Jurídicos. El problema era que la carajita no tenía ni noción de lo que era el Derecho Romano de Gentes, los escalafones de la pirámide de Kelsen, los principios de economía política… en fin, los fundamentos de base para abordar el Derecho Constitucional, Civil y Penal, como se entiende en el mundo contemporáneo. No la entelequia partidista que le enseñaban en esa universidad, que la hacía sentirse como si estuviera perdida entre dos dimensiones, como introducirse de pronto al teletransportador del Enterprise. Cuando Pedro comenzó a iluminarle el entendimiento, ella llegó hasta llorar en sus brazos. Y la emoción de esa relación tan aterciopelada, obviamente, los llevó a las clases particulares que siempre terminaban en la cama. Del tiro Amandita empezó a quedarse todas las noches en el apartamento de Pedro y regresaba a su casa por la mañana, bañadita y contenta, después de hacerle el desayuno a su hombre. Sus padres la sentaron una mañana para una seria conversación. Ella fue lo más franca posible, resulta, que ya era mayor de edad. Resulta, que era una mujer. Resulta, que le gustaba el tipo, y que era grandecita para decidir. Resulta, que si no la dejaban, podía recoger sus cosas y mudarse de plano con él. Resulta que la madre le dio una cachetada. Resulta que el padre llamaría al tipo que pretende a su niña, para darle el golpe de gracia. Resulta que las vainas no son así como así, que te vas a ir de la casa, que ahora se te ocurre dejar la universidad revolucionaria y meterte con los burguesitos de la UCV. Resulta que no tienes trabajo, y todavía te pagamos cada modes que te pones cuando te viene la regla. Resulta que ahora te callas, carajita, y te sientas inmediatamente, porque no te vas hasta que tu madre y yo lo decidamos. Resulta que Amandita reeditó su drama mejicano y lloró hasta que su madre le puso la mano en la cabeza.

-Está bien, mija, está bien, tu padre va a conocer al tipo ese, ¿verdad, Abelardo?

-Sí, hablaré con él, veré si te conviene, pero tienes que prometer que seguirás estudiando con los camaradas.

Amanda dijo que sí entre dientes y se fue al puesto de Pedro. Ese día tampoco fue a la universidad. Por la mañana cantaba feliz en la cocina la canción de Shakira. Pensaba quedarse a vivir definitivamente con él. Y le hacía el desayuno con aquel cariño…

Pedro salió del baño con la toalla amarrada en la cadera. Su cabello chorreaba el agua por las sienes y la frente, que se quitaba con la mano antes de que le llegara a los ojos. Su rabia era tan evidente que el rostro hasta le cambió.  ¿Qué pasó Pito, qué tienes? – ¿Qué pasó?, mira lo que me hiciste Amanda, soltó brusco, eres un desastre, chama. Ella no entendía y él tuvo que acercarse. –Pega tú naricita aquí, mira mija, te das cuenta… Enseguida recordó cuando en la madrugada se levantó a orinar. Estaba tan dormida que no se dio cuenta que.

Su cuerpo comenzó a temblarle. Tenía que controlarse para que no se le cayera la tasa del café. –Claro, por supuesto, ríete todo lo que quieras, pero eso me pasa a mí por meterme con chamitas como tú. Como ese dicho que dicen por ahí del que se acuesta con carajitas… Mira, no sé donde me vas a buscar el agua, será donde tus padres, tus amigas, pero yo no puedo salir a trabajar con esta hediondez. Ella se puso seria de pronto, y luego soltó otra vez la risa, nada le podía quitar ese momento.

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