CUENTOS POLÍTICOS 10

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                                                                                                              imagen de: BBC-Test de Rorschach
LA MANCHA

A veces no soportaba la manera en que algunas veían el mundo. –No, no me puedo quedar hablando contigo, chica, tengo que llevar estas cosas a mis hijas. No, Mary Carmen, tengo días que no veo la Bomba. Eso es un chismorreo todo el tiempo, mija, y la verdad que yo tengo cosas más importantes… No, no sé qué es de la vida de la Fulop, ni de la Machado, o si el Puma por fin regresó con Lila Morillo. ¿Por qué me detienen para estas pendejadas?, como si yo no tuviera nada qué hacer. No, no sé si me da tiempo de reunirme con ustedes, primero voy a llevarle algo de comida a Scarlet y a Lucy, que la están pasando terrible. No, ellas no están trabajando. Sí, han metido el curriculum en todos lados y nadie las llama. Esa es otra preocupación que tengo. Por supuesto que la están pasando muy mal, si vieran a mis nietos tan demacraditos, ni me preguntaran. Claro que sus esposos trabajan, Nubis, pero ustedes saben que la cesta alimentaria hay que verla con telescopio. Luisa mira el reloj: – Ay no no, no puedo quedarme más aquí conversando en medio de la calle, me van a tildar de vieja chismosa. No, muchachas, no las estoy ofendiendo, es que tengo que hacer cosas, después hablamos… No Magali, no sé si pueda ver la telenovela de la una con ustedes… a veces viene Tatiana a verla conmigo. ¿Que quién es Tatiana?, pero si se las he presentado muchas veces, es la esposa de Antenorio, mi primer hijo. Ay no, una nunca termina de hablar con ustedes, me van a salir raíces, chao.

Mientras Luisa camina, calibra el peso de la bolsa con las provisiones, no es mucho, pero le tiene el brazo cansado. De la izquierda se la pasa a la derecha, y mira el reloj otra vez. Se da cuenta que perdió media mañana hablando con ellas. Cómo me verá la gente, reflexiona, será que yo también soy así, una reportera de la chismografía. No, yo no soy como la Nubia, que va, pegada en una ventana desde que amanece hasta desentrañar lo que lleva en las manos el último en la cuadra que llega de trabajar, es entonces que apaga las luces.  Y la Magali es otra, esa no se pega a la ventana como es lo normal. Es más descarada. Abre la puerta de par en par y escruta a la gente en su cara cuando pasa. Se le queda viendo de arriba abajo. Como si no le diera pena que la vean, claro, debe estar tan acostumbradita. Pero yo no me la paso en eso, nada que ver, y bueno, cuando tengo que mirar por la ventana por un motivo más fuerte que mi voluntad, por lo menos me tapo con la cortina.

Luisa baja las escaleras del Metro. El olor peculiar a orine rancio de la noche anterior, es una fragancia que se ha hecho parte de las instalaciones. Igual que la mugre pegada en las escaleras. Una decoración en la que todos contribuyen, claro. Al mirar sus formas a medida que avanza, recuerda cuando una vez en una entrevista de trabajo, le hicieron el test de Rorschach. Mariposas grandes, puntos unidos y disgregados, manchas con formas de rostros o perfiles de rostros. Levanta la mirada y evalúa la estación en su conjunto. Nota a la gente agolparse en las compuertas sin dejar salir y tampoco sin poder entrar. Como una gran paradoja que nadie resuelve, pero que los repite en el mismo escenario confuso de todos los días. Luisa escucha los gritos de una mujer a la que casi le malogran su criatura de cuatro años. Fue un tipo que usó su golpe favorito de lucha libre para entrar, quizás un perchazo. Por supuesto que la mujer lo insultó de todas las formas conocidas o por conocer. Pero seguían allí, abrazados y sudados, por la necesidad de irse al trabajo, y sin una benefactora brisa que circulara por los ductos del aire acondicionado. La gente comienza a quejarse de la problemática de la realidad. Y los culpables comienzan a saltar como chapas en un refresco de palabrotas. Luisa sonríe tímida en medio de la sorpresa al ver a los fanáticos del innombrable siendo expulsados del vagón por atreverse a defender el absurdo. Pero en medio de todo, siente miedo por lo que le pueda pasar al país. Siente terror de que poco a poco todos nos estemos volviendo locos. Recuerda que esa misma sensación la experimentó el día de aquella entrevista, sobre todo cuando le pedían que dijera exactamente lo que veía en las láminas de Rorschach. Le daba pavor fallar y que no le dieran el trabajo pero, mucho más, descubrir que no estaba bien de la cabeza. No le dieron el trabajo, como ella presumía, pero por lo menos salió segura de que su mente estaba bien.

Pensaba que volverse loca debía ser terrible, pero es peor cuando uno se da cuenta que la gente a tu alrededor es la que enloquece. ¿Será que los que gobiernan no están al tanto de lo que está pasando? ¿Será que experimentan con nosotros alguna terapia del caos? Distingue por los uniformes azules a los funcionarios de la estación. Ninguno tiene la intención de hacer algo. Sólo una voz altanera amenaza en desocupar el vagón si los pasajeros siguen bloqueando las compuertas. Alguien cae al piso, es una muchacha que convulsiona. Algunos le sostienen la cabeza para que no se golpee. En esos momentos se puede ver la calidad humana que brota espontánea de la gente. Así somos los venezolanos, piensa Luisa, enternecida. La chica lentamente se repone, busca sus cosas, su cartera, y un caballero le sede el puesto. Un cuarentón y otro como de veinte años, atrapan infraganti a un carterista. Todos salen casi en su totalidad del vagón para ver lo que pasa.  –Ay, mijo, métanlo preso, pero no lo golpeen así que lo van a matar, suelta Luisa, mortificada por la sangre que sale del rostro del desdichado. Pero no había forma de parar la carretilla de golpes. Lo sueltan, lo agarran otra vez y le dan, y lo sueltan y le dan, lo empujan y choca contra las paredes y se va de bruces… Se le doblan las muñecas al poner las manos en el piso y choca el tabique de la nariz. Se le parte como una galleta. “Espero que no lo vuelvas a ser, piensa en tus hijos, en tú familia, pendejo…por esta vez te salvas…pero la próxima… Mira, ¿estás entendiendo, marico, lo entiendes? -Sí sí sí, perdón, no lo vuelvo hacer, perdón, pero no me entreguen con la policía, tengo hijos, esposa y mi mamá que está enferma…-No, ya te lo dije, te vamos a soltar pero no lo vuelvas a repetir, porque en el Metro se montan son los pendejos que van todos los días a trabajar, por qué no robas a los ricos, ¿ah?, por qué no te vas a Miraflores y metes la mano en los pantalones del que te conté… vamos, fuera de aquí pedazo de bicho…”  Luisa mira hacia atrás y corre hacia uno de los vagones que permanece vacío. Las compuertas se cierran en ese momento. La gente que salió del vagón se lamenta, le recuerdan la madre al conductor o se ponen las manos en la cabeza. El carterista logra levantarse y mira a todos como si nada. Camina normal como si no le preocupara que lo siguieran y le dieran otra vez. Silba a otro que lo espera más arriba y sube por la escalera.

Dentro del tren Luisa conversa con una de las pocas personas que se quedó en el vagón, la muchacha que había convulsionado. Se entera que está preparando todo para irse. En Venezuela no consigue los fármacos y en otros países hay hasta posibilidades de cura. Ve una gran forma negra parecida al mapa de un país pegada a la goma del piso. La frota con los pies. Pudiera tener semanas allí acumulándose la mugre, quizás meses. La mancha, en su mente, va tomando la forma de un país que conoce y deja de pisarla, aterrada. La muchacha se le queda viendo extrañada y le pregunta: -Señora, ¿qué le pasa?

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Escritor venezolano nacido en 1973. Egresado del Instituto Pedagógico de Caracas. Profesor de Ciencias Sociales. Algunos de sus cuentos han sido publicados en diversos portales literarios y la revista impresa Yelmo y Espada. Ganador del Turpial de Oro en el concurso Cuentos de Amor 2015 por la Sociedad Venezolana de Arte Internacional. Es autor del libro de cuentos Al borde del caos, por la Fundación “El Perro y la Rana” y Más de 48 horas secuestrada en (CreateSpace Independent Publishing Platform, 2014). Administra el blog personal historietasyotrasveleidadeswordpress.com

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