CUENTOS POLÍTICOS 9

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Imagen:  Eva Montoro Pericás- Artistas de la tierra


EL ATRACO QUE BORRA...

La imagen de los cartuchos cayendo. La gente que huye despavorida cuando ve a uno derribarse, uno que pensó en su escepticismo que la pistola era de juguete, porque la mano que la abarcaba la operaba con demasiada facilidad, como si no pesara, y parecía constituirse en una rara forma de plástico. Así que le dijo al malandro que guardara ese juguete porque si no le iba a dar sus carajazos. Unos pocos pasajeros se quedaron en los asientos, sin aliento, y sin tener la voluntad de moverse. Qué rara forma de reaccionar, pensaba ElJoffre al verlos, si me hubiera pasado a mí, no me quedaría allí como un gafo, viendo como matan a otro. Ya me hubiera pirado ya. Y se me llevó tres plomos el pajúo este…  –¿Y ENTONCES, QUÉ VAINA HAGO YO CON USTEDES?, ¿QUÉ ME VES TÚ, MARIQUITA?, ¿Y A TI, TE GUSTO?, ¿Y TÚ PENDEJO QUÉ ME MIRAS?, ¿QUIERES SENTIR MI YERRO CALIENTE? LÁSTIMA QUE DECIDIERON QUEDARSE AQUÍ, AHORA VAN A MORIR COMO ESTE PERRO… Se habían quedado en el sitio por miedo, y luego también se quedaron, porque el golpe de las detonaciones no fue suficiente para tumbarlos de los asientos. Procuró que fuera en la frente para ahorrarse tiros. Uno para cada uno. Los despojó de sus carteras metiéndolas en la bolsa que siempre cargaba para estos fines. Aunque era idea de la cerebrito de su costilla, su hembra, que siempre le introducía una bolsita para que comprara el mercado de todos los días.  Le decía que se cuidara de la policía, pero eso ni le hacía picar las bolas. Hoy es más fácil ejercer su profesión dentro o fuera del Metro, indistintamente, porque los policías tienen asuntos más importantes. Por ejemplo, joderle la existencia a los que protestan en la Francisco de Miranda.

ElJoffre sale con calma, y hasta con algo de elegancia. Ya no tiene qué correr, incluso le pasa por el lado a dos agentes al salir de la estación. Los saluda con una palmadita y el choque de puños acostumbrado, son altos panas. Están es pendiente de una movida. Como todos en este país. Se le escapa una carcajada. Es por el recuerdo de la exposición de fiambres dentro del vagón. Verga, loco, ni en el Teresa Carreño exponen así. Se parecen a los muñecos de Reverón, por cierto, estaban expuestos en una foto dentro del vagón, justo sobre sus cabezas…

Y como si fuera parte de su itinerario, el tren cumplió su turno después del tiroteo, cerró sus compuertas y se perdió en la oscuridad del túnel con un conductor medio intoxicado de ron, hundido en el fantástico mundo de George Benson.


...LAS ESPERANZAS

Ramón y Agustín no pararon de correr hasta sentirse a salvo. Les tocó ser uno de los inteligentes que corrieron después que ElJoffre les metiera la mano en las pertenencias. -¿Y Cómo vamos a comprar la mercancía ahora, pendejo? -Yo no soy el pendejo, Agustín, eres tú. –Ah sí, ¿y quién fue el genio que inventó que nos fuéramos al subterráneo, porque supuestamente era más seguro que tomar una camioneta? – Pana, se supone que en ese tipo de transportes la vaina debería ser más segura. Qué iba a saber yo que Pablo Escobar se iba a meter a robar. –Te lo dije te lo dije, Ramoncito, las vainas han cambiado mucho en el Metro. –Bueno, como sea hermano, ahora sí que estamos jodidos, ¿qué van a decir las muchachas? Tenemos que recuperar esa plata. Agustín detuvo el paso por un momento, hundió hasta el fondo el indice en un orificio de su nariz y lo sacó con cuidado, mirando la punta del dedo, luego movió medio molesto la cabeza y dijo: “hermano, tú si que eres iluso, ahora no tenemos esperanzas…”

Caminaron con lentitud. Cada paso que daban, les pesaba. Ya no podían seguir trabajando. No tenían mercancía y menos dinero para comprarla. Sólo les tocaba encerrarse en el cálido hogar y resignarse a morir de esperanza. ¿Por qué será que el hambre ataca siempre al estómago. Como un boxeador que quiere sacarle el aire a su oponente. Chanflis, ¿y es que no podría ser en otra parte? Siempre al estómago. Pobre órgano, hermano, se la tienen jurada. Luego la depre, esa Incertidumbre de no saber lo que nos viene mañana, de no tener control ante nada, de estar a merced de la misericordia de la vieja Luisa, de los vecinos, de los panas, y quizás hasta de los que no son tan panas. Eso los hacía sentirse pequeños, inservibles, indignos de llamarse hombres. Y ahora llegar a casa y presentarse ante sus compañeras. Decirles que la ganancia de la mercancía que vendieron durante la semana, se los habían robado así como así. Que justo cuando se disponían a reinvertirla en Coche, y se fueron al Metro para estar más seguros por la delincuencia, un malandro sociópata les quita la papa de la semana.

Llegaron a Gramoven. Vivían en el mismo sector. Como Lucy y Scarlet eran hermanas, se las pasaban juntas, inventando la forma de sobrevivir. Pablito y José, jugaban al fútbol en la calle con otros niños, y Reina y Camila, a la casita, con unas barbies curtidas y un Max Steell de los varones que hacía las veces de ken amanerado.  – ¡Llegó papiii!, gritaban las niñas, los varones ya estaban detrás de Agustín y Ramón, escrutando sus manos para cerciorarse de que trajeran algo.  Fue suficiente notar sus expresiones tristes. Lucy besó a Ramón, y Scarlet a Agustín, simultáneamente. La desdicha emanaba de sus cuerpos como un perfume. -¿Qué pasó, dijo Scarlet, no compraron la mercancía? ¿Y la ganancia?, soltó Lucy, más atrás. Agustín, comenzó a explicar todo, y Ramón intervino en el momento que su compañero pretendió echarle la culpa. La discusión entró en calor, hasta las muchachas intercambiaron algunas palabrotas. Por fortuna, Coraima, la vecina de la casa de enfrente, tocó la puerta. –Ay, disculpen la interrupción, pero es que venía a traerles unas caraotas que me sobraron de ayer, y como estaba hablando con las chicas por la mañana y dijeron que no tenían nada… De pronto, todos alargaron una gran sonrisota y le dieron las gracias a Coraima, y con la misma, le arrebataron la olla de las manos y comenzaron a comer.

...Y EXTINGUE EL AMOR

Unas horas después, en sus respectivas casas, cuartos y camas…

-Mami, tú sabes que yo daría todo por esta revolución, pero cuando me pasan vainas como éstas me pongo a pensar… Scarlet estaba frente al espejo poniéndose la dormilona, se aplicaba un poco de brillo en los labios, por si acaso su hombre pedía acción. –Mira chino, tú sabes que yo antes era así como tú, pero cuando pasaba el tiempo y nada mejoraba, chico, la realidad te confronta… –Sí, yo sé, y no te creas, yo con todas mis convicciones bien asentadas en la izquierda, no veo nada que se le parezca. Por ejemplo, la lucha por el pueblo. Tú crees que los que nos pasa cada vez que nos metemos en ese Metro, eso es luchar por el pueblo. Que la policía no te socorra cuando le pides ayuda en la calle, ¿eso es luchar por el pueblo? Lo que pasa es que poco a poco nos vamos sumergiendo en la animalidad, me entiendes, nos convertimos en bestias que se adaptan a la persecución de sus depredadores. Dime, ¿esa vaina de la reivindicación del proletariado a través de la restitución de sus derechos económicos, se ha cumplido? ¿Eso de los procesos productivos igualitarios, que nos llevan a la consolidación de una economía próspera y fecunda, es un hecho en la realidad? –Bueno, chino, eso lo sé yo desde hace bastante, pero tú con tu fanatismo… Agustín que estaba sentado sobre la cama, tumbó el resto de su cuerpo, y se puso la almohada debajo de la cabeza. Sus brazos se quedaron allí, aprisionados entre el almohadón y el colchón. Miraba los movimientos de Scarlet, que ahora peinaba su cabellera castaña con un cepillo redondo. Todo hacia abajo, siempre hacia abajo, para que las horquetillas cayeran limpias al piso y no quedaran otra vez en el pelo. -Te lo dije, chinito, esos bichos son unos mentirosones. Ella hizo ciertos movimientos… Aprovechaba que la estaba viendo con esa bata translúcida que lo enloquecía. Agustín trataba de no perder el hilo de la conversación. –Bueno, otra cosa es la lucha por erradicar los latifundios que por muchos siglos mantenía el sector privado, pero ahora es el sector público los que amasan esas fortunas. Todo lo dominan, Scarlet, han sustituido por completo el sector comercial del país. Por eso es que andamos pelando gajo. ¿Has pasado por la bodega de la esquina? -¿La de Manuel?- Sí… -Ay, eso es trágico, chinito, soltó ella moviéndose insinuante. Agustín clavó los ojos en ella y se levantó como poseso, comenzó a recorrer la piel de su cuello, con sus labios. Se desnudaron en el proceso hasta que cayeron sobre la cama… Él pensó, que ni siquiera el plato con caraotas de la tarde sabía tan sabroso como ella. A su vez, Scarlet se sentía contenta porque al fin su amado había saltado la talanquera…

Media hora después, cada uno en su lado de la cama, satisfechos…

-Scarlet,  no le vayas a decir a tu hermana y menos a Ramón, ni a nadie, sobre lo que hablamos.  Porque, no sé, yo no puedo culpar a mi comandante de todo. Recuerda la guerra económica.

Ella le torció los ojos y se durmió dándole la espalda.

Cinco casas más allá…

Ramón y Lucy estaban sobre la cama, no les provocó hacer el amor ese día. La desdicha oscurecía todo. – ¿Tú quieres un rapidito, por lo menos?, soltó él. –No, tú sabes que a mí no me gusta hacerlo rápido, y no me hables como si estuviéramos en un burdel. Estoy indispuesta, por favor, tratar de dormir. Ramón se sentó en la cama y prendió el televisor. Cadena, la quiero ver, pensó. –Apaga eso chico, no te trasnoches. –Estoy viendo a mi comandante… Una mujer con la camisa roja de un ministerio grita: “Te amooo. –Yo también te amo, mujer. Porque eso es lo que hacemos aquí. Amar. Amar a la gente. Yo te amo también a ti, mujer. O a ti, que me escuchas desde tú casa. Porque el amor es lindo, bonito, es puro. Y esta es una revolución linda y bonita. Con un país floreciente. El único país, por cierto, de toda América del Sur, con una verdadera revolución socialista. Y es por eso que no podemos dejar que el intervencionismo nos agreda. Que nos quite este sueño tan hermoso…”

Pensar en ese sueño perturbó a Ramón. El sueño que le tocó vivir ese día en el Metro. El sueño que lo hizo correr para que no lo mataran. El sueño de las esperanzas rotas que se diluyen en el viento. Por eso, apagó el televisor y se acostó. Aunque dormir era algo que no podía hacer. Y no pudo en toda la noche. La mente a veces se comporta como un rudo animal que suele mantener en vilo a su oponente.

Imagen:  Eva Montoro Pericás- Artistas de la tierra
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Escritor venezolano nacido en 1973. Egresado del Instituto Pedagógico de Caracas. Profesor de Ciencias Sociales. Algunos de sus cuentos han sido publicados en diversos portales literarios y la revista impresa Yelmo y Espada. Ganador del Turpial de Oro en el concurso Cuentos de Amor 2015 por la Sociedad Venezolana de Arte Internacional. Es autor del libro de cuentos Al borde del caos, por la Fundación “El Perro y la Rana” y Más de 48 horas secuestrada en (CreateSpace Independent Publishing Platform, 2014). Administra el blog personal historietasyotrasveleidadeswordpress.com

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