CUENTOS POLÍTICOS 8

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EL COMER

Luisa los recibe con un beso, y los ve comer a todos.  Es una gran mezcla de lenteja con arroz y algunos pedacitos de plátanos que logró incorporar a última hora. Desde diciembre son más los encuentros familiares. Qué digo más, son casi todos los días que se reúnen en aquella mesa. Luisa los mira hundirse en el potaje sin respirar o levantar las frentes, como sus nietos. Esas criaturitas que no tienen culpa de esta pesadilla. Sin excepción, todos se ven tan esmirriados y pusilánimes, que parecen una película que vio hace años sobre los desdichados que condenaban a los guetos, durante el Holocausto. Nunca había pensado que la comida podía tener un valor más excelso que el de alimentarse; ese plato de cualquier cosa, tenía el peso de  unirlos en una misma mesa sin el forcejeo ideológico. Siente alivio porque logró apagar a tiempo la emisora donde siempre se entera de las cosas que pasan, y que por cierto, el gobierno tiene tiempo intentando cerrar, así como un canal de televisión que ya lleva años sin señal. Se imaginan si la hubieran escuchado, eso podría haber levantado otra asonada familiar. Y desde el último susto, cuando Antenorio se le escaparon esos tiros, ella ha tenido unas pesadillas terribles. Por milagro de Dios que nadie salió muerto ese día.

A medida que el hambre arrecia han tenido que doblegarse a compartir. Lo que son las tripas, vale, qué poder de persuasión tienen en el ser humano.  A Luisa le brillan los ojos de repente, es que se acuerda de un sueño que tuvo la noche anterior, pero que ni loca se atreve a mencionarles: se trata de uno de esos muchachos de la oposición que lo liberaban unos militares de la casa que tenía por cárcel. El hombre salía para reunirse con otro que suena mucho en los medios de comunicación, y en un momentito, toda Caracas se llenaba de gente. Pues resulta, que nadie conseguía al innombrable porque se había escondido en la casa de Luisa que, supuestamente dentro del sueño, era la única que lo podía defender del gentío que lo perseguía. Se le había metido hasta dentro del fondo, y a éstas alturas de la edad, eso podría desempolvar recuerdos insospechados. Luisa lo interpreta como una pesadilla porque las imágenes eran muy intensas, tan intensas, que la pobre no pudo dormir en toda la noche. Tenía los arcos superciliares y el cuerpo como un boxeador después de una paliza.  -Ojalá ganen esos muchachos, y nuestro país por fin resurja de las cenizas, musitaba Luisa entre dientes, porque no sé si los Pérez tendremos el guáramo para resistir esta hambruna.  Se levantó de la silla de la cocina y se trajo los trastes de la mesa al fregador. Lucy, Scarlet y Viviana, se levantaron más atrás para ayudarla, fregar y acomodar todo. –Qué rico mamá,  te quedó bueno mami, gracias suegrita…

Los hombres, por primera vez en mucho tiempo, se reían de algo. Las muchachas se extrañaron desde la cocina, igual que Luisa. Los niños por su parte, tanto los hijos de Lucy y Ramón, como los de Scarlet y Agustín, estaban embelesados con el cuento: -Carlitos, lo único que te vamos a agradecer es que no sigas diciendo marico y marico a cada rato. Recuerda que están los niños, y además, esa vaina le quita emoción al chiste.  –Sí, pana, que uno pueda captar todo. –Claro, que uno se pueda reír de la vaina. –Bueno, está bien, pero esto no es un chiste, en serio me pasó en el metro, estaba con Vivi y había un grupo de estudiantes que escuchaban a unos profesores. Señalaban a los rieles porque de allí saltaban unas ratas enormes, además de cucarachas y otros bichos. Como si en lugar de llevarlos al Parque del Este a ver los animales, era más práctico, el zoológico del metro. Vivi comenzó a brincar y a gritar como una loca, varias señoras y unos tipos corrieron por las escaleras. Pero los niños estaban pata e´rolo, ustedes saben cómo son los chamos… les gustan esas vainas horrendas. Lo que me timbró es que uno de los profes, sabía burda de esos monstruos: que si en Caracas se habían dado sopotocientos estudios de las ratas desde 1927, que los pioneros eran un par de panas llamados Itriago y Bello. Lo que me dejó crazy, fueron los nombres de los ejemplares predominantes en Caracas. El teacher dijo que una era la Ratus Norvegicus, marrón, de rabo más corto que su cuerpo y  la Ratus Ratus, negra, de rabo más largo, pero más gorda, bigotuda y full perezosa, ¿y saben a quién me recordaron esas bichas?  –No te atrevas, Carlitos… -Chamo respeta, vale, y considera a tú mamá, que no quiere más peleas políticas. -Te pasaste de la raya con mi comandante, te voy a meter un carajazo.-Yo no estoy hablando mal del que te conté, broder, es de Pedrito, que por cierto no ha llegado todavía. Saben, me llamó el otro día para pedirme Abendazol, Bemendazol o algo que terminara en dazol, para las lombrices, porque tenía como un parque. -Ja ja ja… eres una vaina seria, Carlitos -¿Y le diste las pastillas? -¿Sí, se la diste? –Sí, un blíster de hace siglos que me quedaba, estaba vencido, pero el bicho se los tomó todos. En la madrugada me llamó porque estaba groggy. Parece que tuvo una pesadilla erótica con una tipa que resultó tener el cuerpo de una ameba.

 

 

 

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Escritor venezolano nacido en 1973. Egresado del Instituto Pedagógico de Caracas. Profesor de Ciencias Sociales. Algunos de sus cuentos han sido publicados en diversos portales literarios y la revista impresa Yelmo y Espada. Ganador del Turpial de Oro en el concurso Cuentos de Amor 2015 por la Sociedad Venezolana de Arte Internacional. Es autor del libro de cuentos Al borde del caos, por la Fundación “El Perro y la Rana” y Más de 48 horas secuestrada en (CreateSpace Independent Publishing Platform, 2014). Administra el blog personal historietasyotrasveleidadeswordpress.com

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