CUENTOS POLÍTICOS 7

4
78

 

                                                                                                                                                                                                                                                                                                            foto el Impulso
LA CRISIS

Viviana y Carlos salieron a la universidad sin nada en el estómago. Ahora sí se les había terminado la harina para las arepas que le había prestado la Vanessa, una vecina del primer piso. También en algún lugar de la nevera quedaba una ollita con una poca de lentejas y algo de arroz, a ver si podían almorzar con eso. De la última bolsa que hacía mes y medio compraron, sólo les quedaba, por supuesto, la misma bolsa plástica que habían vaciado desempolvado y guardado, porque era casi una ley de los suministradores para venderles la siguiente. También les quedó el aciago recuerdo de que otra vez vino con un producto menos. Había sido como dicen por la calle: “un lechón de la suerte”, de que alguien les regalara un paquete de Harina Pan, que fue muy apreciado en ese momento de crisis. Vanessa recibía ayuda de su esposo que estaba en el Perú, como muchos venezolanos en busca de perspectivas de existencia. Le enviaba como que eran ciento cincuenta soles quincenales, que al cambio daba un aproximado de ciento cincuenta y cinco mil bolívares. Pero según ese otro personaje llamado el Cendas, también a Vanessa le sería imposible comprarse su mercadito completo, porque la canasta básica iba ya por el millón ochocientos mil, aunque por lo menos le alcanzaba más que al pobre Carlitos y su bella consorte Viviana.

Carlos, había pasado al cuarto semestre de odontología y trataba de concentrarse en su clase de Endodoncia, en medio de los retorcijones del hambre. Luego de allí debía guapear durante la tarde como ayudante de Olga, una odontóloga sesentona que tenía su propio consultorio en Agua Salud, que por cierto le pagaba sólo salario mínimo y una risible mesada de alimentación, porque los materiales como resina, amalgama, flúor, jeringas, gasas, entre otros de menor o mayor  importancia, se le llevaban toda la ganancia. Quizás por ser importados y porque debían pagarse en dólares. Pero Olga sabía que Carlitos no se le iba a ir, por lo menos no todavía, y no por ese sueldo de polvo que le daba, sino que sabía que ese muchacho le convenía la experiencia. Así que por eso evadía los sucesivos aumentos presidenciales, y sólo cuando el muchacho se le ponía muy necio con eso del nuevo salario mínimo, le soltaba algo más.

Ahora, a la Viviana se le había hecho una tortura encontrar trabajo. Para un prospecto de socióloga no es fácil encontrar vacantes disponibles. Los empleadores pedían solo gra-dua-dos, así que ella saltaba de la universidad al departamento, para inventarse algo de comer. Porque ahora la gente se la pasaba inventando mesclas y fórmulas, como los alquimistas medievales, productos que nunca se hubieran imaginado usar. Viviana es una maga criolla, porque a veces saca carne mechada de las conchas de plátano, carne molida de lentejas, puré del ñame, arepitas de la auyama o la misma yuca, tortas de cumpleaños del arroz, queso de la chayota, salsa tártara del huevo y así… Ha comprobado que en crisis, lo más inverosímil puede volverse realidad. Crónicas de una Narnia venezolana.

Carlos salió de la universidad con una puntada de hambre en el estómago. Cuando vio a la guardia y la policía echándole metralla y bombas a sus raquíticos compañeros, sólo por ponerse a protestar, por lo que todos ya saben en el país, se metió en el bochinche. Se dedicó junto a varios a devolverles sus latas humeantes, con la misma puntería que aplicaba en el sóftbol. Por supuesto todo devino en una persecución y tuvo que esconderse un par de horas entre los carros estacionados que rodean la facultad.

Llegó corriendo al apartamento con la lengua seca, como un carajito. Viviana estaba con sus chores desvergonzados y su franelita corta de algodón de cuando era una pelada. Abrió la puerta sin hacer ruido y la tomó de repente por detrás. – ¡Ay chico, me asustaste, vale! No me gusta que me hagas eso, Carlos, tengo los nervios de punta, en la universidad estaban protestando… mira, mira cómo se me eriza la piel… Le mostró su piel porosa como de gallina pelona. -¿Cómo lograste salir?, ¿por qué estás tan sucio y sudado? –Nada, sólo que me dio arrechera que le dieran con unas metras a Gustavo y lo agarraran entre varios, le dieron como les dio su gana, con patadas, con las cachas de las armas y de paso se lo llevaron. Me puse a devolverles sus bombas humeantes con Efraín, Lucas y otros panas, pero terminamos como siempre corriéndoles a esos pendejos. Tuve que esconderme un buen rato hasta que se fueron las ballenas. –Ah ya, pero no me llamaste, y he tratado de localizarte por celular, no me respondías. Mira, yo no soy tú mamá, pero estaba preocupada por tí. Giró momentáneamente la cabeza mientras movía la comida con una cuchara de madera, y escrutó la boca de él, que estaba con una media sonrisa. –Ya sé bebé, pero lo apagué para que no sonara mientras estaba escondido, tú sabes. Carlos pegó su pélvis en la retaguardia de ella y experimentó el aumento gradual de una necesidad que había sido postergada durante la noche anterior y esa misma mañana. Ella sintió una sabrosura caliente que descendía en su entrepierna. –La quiero, dijo él. –Yo lo quiero todo, dijo ella lela, por lo que deseaba sentir. Bajó la olla de la ornilla y comieron rápido la última ración de lentejas mescladas con un poco de arroz, insignificantes para completar el almuerzo de ambos, pero suficientes para imaginarse que habían comido. Luego se fueron a la cama para alimentarse de otra forma, la única que en ese momento de crisis les permitía saciarse, plenamente.

Volteados boca arriba sobre la cama, hartos de sexo y del frescor de sus salivas, conversaron sobre sus planes post universitarios. Se vieron igualitos; sí, con sus títulos en mano y un mejor empleo, pero en la misma zozobra de siempre, y sin poder pensar en otra cosa que no fuera comida.

Se quitaron el sudor con un baño de tobo. Las tuberías parecían respirar un aire oxidado color ocre. Lo hicieron al natural, cómo se bañaban Adán y Eva, sin jabón y con una esponja vencida que, por más suave que la pasaran sobre la piel, tendía a lastimar. Sin darse cuenta, ellos habían caído en la costumbre de una realidad amorfa, la confusión de los elementos del orden y el caos, la precariedad hecha todo, y eso era lo peor que podía pasarle a un pueblo en crisis, la costumbre.

 

 

GD Star Rating
loading...
CUENTOS POLÍTICOS 7, 4.5 out of 5 based on 2 ratings

4 Comentarios

  1. ¿Y cómo hacen con los anticonceptivos? Que miseria carajo!

    Buenas historias.

    ResponderResponder

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here