Cuentos Políticos 6

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MURALES HUMANOS

Nunca digas no a las cosas perfectas, porque las cosas perfectas son las buenas. A veces vienen embutidas en disfraces y uno debe quitárselos para reconocerlas. Así decía Henry desde que lo conocí. Decía también que era un matador del tiempo. Lo expresaba con tanta seguridad que pensaba que estaba loco. – ¿Por qué dices que matas el tiempo, chamo? –No me digas que nunca te lo he dicho, Antenorio. –No, mi pana, y sí que tenemos tiempo conociéndonos. –Bueno, algún día te enterarás de mi arte… Henry sabía que un día su fosa séptica sería destapada. El día señalado por el destino fue un jueves santo, como a las nueve de la mañana. Despedí a la Tati con un beso en la puerta y caminé hasta el carro. Me llamó la atención el descuido de aquella casa. Pero lo que me movió a acercarme, fue el brillo de un anillo tumbado bajo el resquicio de su puerta y, a pocos centímetros de distancia, estaba también una uña como desgajada. Introduje la bisutería dentro de una pequeña bolsita transparente, y por supuesto la uña. Enseguida me pegó el tufo putrefacto. No era cosa para subestimar, cuando uno lleva tiempo en la policía, el olfato se te entrena para identificar carne descompuesta. Encuentras cadáveres aquí y allá, visitas morgues, funerarias. Sin pensármelo mucho pedí apoyo por radio, y me introduje por la parte de atrás. Cuando sus padres vivían hacía varias décadas, jugábamos en este mismo patio, hay una puerta trasera que lo comunica con el resto de la casa. Conozco cada lugar, cada escondrijo. Avanzaba con la Glock en mis dos manos, al mismo tiempo trataba de silenciar las pisadas, porque parte del piso fue construido con madera y algunas partes estaban ya viejas, chirriantes…

Cuando miró aquel adefesio en las paredes, no sabía qué era, recordó las palabras de Henry sobre que algún día se enteraría de su arte. Qué vaina es esta, se dijo, cuando un enjambre de moscas lo embistió. Eran de las grandes y cabezonas y de un azul asqueroso. Se puso el pañuelo en la nariz cuando vio el arte al que se refería el pana Henry. De lo más nauseabundo, un zoológico de moscas, gusanos, vainas voladoras que se alimentaban del emplasto de sangre y tejidos orgánicos, de sesos, ojos completos como si lo vieran, como si todavía asumieran el don de la visión, el corazón colocado de una forma surrealista, par de genitales en medio de sus dos extremidades inferiores, como la representación viva de un ser estrambótico, que en su carrera nunca había visto. Había pensado que esa clase de siniestros sólo se daban en el cine o en la misma gringolandia. No se molestó en recorrer cada cuarto de la casa, se fue directo al del pedazo de loco de su amigo. Y allí estaba, drogado con una inyectadora todavía clavada en el brazo,  la televisión encendida en un canal del gobierno. Un hombre pelón, de lentes de pasta grueso, parecido a míster Magoo, hablaba sobre la gran cantidad de infelices que cada año se morían en las frías calles de Estados Unidos. “En cambio nosotros, en nuestro país, las estadísticas de deceso se reducen gracias a nuestro sofisticado sistema público de salud. Somos la envídia de todo el hemisferio, camaradas. Pero esto sólo se hace en revolución. Puede comprobarlo si quiere, sólo necesita salir de su casa y preguntarle a uno de nuestros talentosos médicos revolucionarios…” Antenorio bajó el volumen del aparato para pensar con más claridad. El cuarto en resumidas era un botadero de basura. La fetidez parecía el ambiente natural de la casa. Por fortuna Henry todavía respiraba. Le arrojó un vaso con agua de la cocina y su rostro dibujó un despertar catastrófico, en eso le puso las esposas. Balbuceaba, hablaba incoherencias, como si preparara su boca para decir algo en medio de tanta nota.

Cuando llegó la patrulla dos agentes lo sacaron de la casa a lo bestia, lo empujaron a los asientos asegurados con rejillas. Los vecinos habían salido de sus casas para ver todo el asunto, los movimientos policiales dentro de la casa del vecino, incluyendo la señora Luisa, madre de Antenorio, que se comía las uñas sin parar, y sin poder explicarse qué había sucedido con ese muchacho. Henry siempre fue visto como un tipo normal, tenía sus cosas de loco, como eso de que algún día sería famoso por un supuesto arte clandestino que desarrollaba. -Pana, y de qué forma aprendiste a matar el tiempo,  le soltó Antenorio, por la ventanilla de la patrulla. Esto te va a costar la juventud que te queda y hasta la virginidad cuando te agarren los otros presos, pendejo. Cuando se enteren, porque siempre lo hacen, de que matabas mujeres, las violabas, y luego hacías muralitos con sus genitales en las paredes de tu casa. Quizó responderle y comenzó a mover la boca, pero el sonido de la sirena lo silenciaba. Tenía la mirada perdida, probablemente todavía con secuelas de la nota que se había metido. Me le acerqué suficiente para captar lo que quería decir: -Antenorio, al fin descubriste mi arte, te dije que algún día lo descubrirías, ¿verdad que lo descubriste? – ¿Qué descubrí yo, pendejo?, ¿esa mierda tan espantosa que dejaste allá? Comenzaban hacerme señas para llevárselo, pero les dije que esperaran un segundo, el interfecto estaba a punto de desembuchar algo… –De qué me di cuenta yo, Henry, dime rápido que van a llevarte, o si no, luego hablaremos en la delegación o cuando te trasladen a donde tú sabes… Al contrario de su situación, su sonrisa era imperturbable. Como si en lugar de llevarlo a la cárcel, lo conducían a la entrega de algún premio:–Que si te distes cuenta, vale, de que soy el único artista sobre la tierra, capaz de crear cosas perfectas. Cuando observo a la gente, Antenorio, les voy preguntando cosas, hasta que van desnudando su alma… Me los traigo del trabajo, de bares, cafés, plazas, prostíbulos, autobuses, en el mismo metro, te sorprenderías de las cosas que me dicen. –Verga, chamo, qué triste que estés tan loco, tenía la esperanza de que la droga todavía estuviera haciendo su trabajo. Dime una vaina, de verdad, ¿por qué mataste a toda esa gente?, porque en esas paredes debe haber por lo menos como diez muertos, y lo que falta por descubrir… En serio, aquí entre panas de la infancia, ¿qué te movía hacer esas monstruosidades, chico?, porque yo nunca te noté esa tendencia sicópata. Cuando estábamos chamos, jugábamos muñequitos, Mario Bross, veíamos películas, tripeábamos juntos todo el día, luego crecimos, y yo  pensaba que eras un tipo normal, todos lo pensaban.  Claro, a veces decías esas vainas raras del arte, pero nunca pensé que era para tanto. Ahora resultaste un tronco de enfermo. –Todavía no entiendes, amigo Antenorio, yo lo que hago es convertir a los perfectos, en arte bueno, bonito, revolucionario. Les quito el disfraz para que se desnuden ante sí mismos, aprendan a sincerarse ante su Patria. Como dice el comandante, el hombre nuevo debe tener su alma roja, por eso utilizo el fondo carmesí, y todo lo dispongo resaltando la magnificencia del nuevo ser. ¿Puedes comprenderme, ahora?, por favor, amigo, entiende que el imperio nos ha mantenido dominados con su cultura, como socialistas tenemos la responsabilidad de producir nuestro propio arte, que la gente pueda liberarse definitivamente del monstruo…  -¡Chamos, gritó Antenorio, terminen de llevarse a este loco!

Mientras daba otro recorrido dentro de la vivienda, cuando los otros agentes desprendían muestras de ADN, tomaban fotografías y recogían huellas dáctilares, miró la biblioteca de Henry, era sorprendente la cantidad de libros sobre filosofía política, historia de la literatura, biología genética, historia de las civilizaciones, pero sobre todo la colección completa de los clásicos del socialismo mundial. Como socialista, no podía comprender que alguien que hubiera leído tanto a Lenin y a Carlos Marx, pudiera estar tan desquiciado. Le dio como un revoltijo en su estómago cuando pensó en la mera posibilidad de que, en un revés del destino, hubiera formado parte de aquellos murales humanos.

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Escritor venezolano nacido en 1973. Egresado del Instituto Pedagógico de Caracas. Profesor de Ciencias Sociales. Algunos de sus cuentos han sido publicados en diversos portales literarios y la revista impresa Yelmo y Espada. Ganador del Turpial de Oro en el concurso Cuentos de Amor 2015 por la Sociedad Venezolana de Arte Internacional. Es autor del libro de cuentos Al borde del caos, por la Fundación “El Perro y la Rana” y Más de 48 horas secuestrada en (CreateSpace Independent Publishing Platform, 2014). Administra el blog personal historietasyotrasveleidadeswordpress.com

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