Cuentos Políticos 5

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 imagen: Camilla Mamedova – Mia, Pulp Fiction
LA DAMA DE LOS JADEOS

Pedro se concentra en ese humo que abre camino a su garganta, desciende al esófago, y de allí se expande a los miles de alvéolos pulmonares. La sangre inicia el transporte hacia el cerebro, un batallón de neuronas que se atontan, se adormecen, reciben una baja mortal. –Coño, un cigarro, por fin un cigarro… Lo disfruta agarrándolo con todos los dedos de la mano, como si fuera un porro. Tenía tiempo sin ese veneno corriéndole por el cuerpo, y no porque estaba tratando de dejarlo, sino que una caja de cigarrillo está por las nubes. Tampoco esta vez pudo comprársela, sino que pescó a un buen vecino fumando escondido por los pasillos, y tuvo que regalarle unos cuántos; porque cuando él tiene le suelta también, sin egoísmos. En esta época de crisis no se puede ser egoísta. Tenemos que compartir hasta lo que nos mata.  Boca arriba, todavía sobre la cama, Pedro recuerda los tribunales. La política se le había metido hasta en las bolas que, casualmente, justo en ese instante de escozor, se rascaba  con fervor.  Desprendía las cenizas del cigarro con un golpecito del índice, y caía sobre el cenicero, colocado sobre su mesita de noche. Vivía sólo en ese apartamento que le quedó del último caso importante que atendió, cuando el primer innombrable vivía. Se trataba de defender el patrimonio de uno de esos empresarios que apoyaron a Carmona, cuando el golpe de abril 2002; como presuponía fracasó, pero de todos modos el exiliado le hizo una transferencia por sus honorarios. Con eso fue que compró la vivienda en la Candelaria. El segundo apartamento de un edificio de cinco pisos, una de esas viejas edificaciones de estilo europeo, construida por la década del cincuenta.  Encendió otro, arrojaba el humo hasta el techo y volvía a pensar y pensar, hablaba sólo como muchos venezolanos esquizofrénicos. Pero no era locura, sino que esa vaina lo ayudaba a comprender mejor las cosas, a concentrarse más…

Pedro podría haber dejado de litigar, porque ya no se aguantaba la mecha de la discriminación. Sin advertirlo, todo lo que conocía, se había llenado de personas que anteponían los intereses de la revolución sobre cualquier cosa. De pronto se encontró dentro de una burbuja que todos peloteaban de allá para acá.  No le arrojaban un caso que valiera la pena. Por sus méritos y experiencia, ya merecía un cargo de fiscal, por lo menos, pero cuando supieron que no estaba inscrito en el partido de la revolución, y entre izquierda o derecha, prefería un sueldo que le permitiera comer durante un mes, lo pusieron en la lista de los nunca jamás. Con tantos cuentos que llegó a escuchar entre los pasillos sobre los despidos a ciertos y conocidos opositores, se tranquilizaba pensando que, primero: no militaba en ninguno de los partidos que existían en el mundo, segundo: era un empleado fijo, tercero: era del Magallanes, cosa muy sentida entre los camaradas de la oficialidad, y cuarto: Le sabía un secretito a su jefe inmediato, la doctora Buenmundo. Una tipa de cuarenta y tantos, algo baja pero muy parecida a la Carolina Herrera, aunque con el pelo rubio, y un cuerpazo de parar el aliento, porsupuesto reconstruido, como muchas niñas obsesionadas con el bisturí.

Fue una noche, como a las ocho. Pedro nunca se quedaba hasta tarde en el trabajo, pero ese día le salió un tigrito por fuera: un litigio por sucesión de unos herederos de padres distintos. Necesitaba hacer los documentos allí para poder imprimirlos; no tenía tinta en su casa y tampoco dinero para hacerlo en un centro de internet. Pero primero se tomaría un break. Se dirigió a la cocina con una porción molida de café que tenía en el bolsillo, dentro de una bolsita de plástico. Lo compraba dentro del mercado de Quinta Crespo, cada quincena, ya el señor Manuel lo conocía y le guardaba su ración. Tenía entre ceja y ceja ese negocio. Había proliferado mucho porque se vendía muy bien, y tenía pensado algún día meterse a bachaquear. Le dieron ganas de fumar y con la taza humeante se fue al baño. Cerró la puerta con seguro y bebió, fumó y bebió, y volvió a beber y lanzar bocanadas de humo. Miró su reloj, no le gustaba laborar hasta tarde. Con ese metro hiper peligroso y siempre hasta el tope de lleno, esperándolo para triturarlo, no valía la pena. Además, pensaba que no tenía gracia darle hasta la vida a un sistema que aguardaba a que te hicieras un anciano decrépito, para mandarte al cipote con una jubilación. Te despojaban de casi todos los beneficios. Para decirlo de otra manera, de las vitaminas que se le inyectaban al sueldo mensualmente, para que uno no se muera del hambre, aunque te sigues muriendo. La gente recuerda a los próceres de la independencia, las estrellas de cine, los cantantes, pero nunca a un funcionario público, por más que se afane a llegar al cargo de director. Es una vaina de lo más triste, y por eso Pedro no estaba dispuesto a asumirlo, por eso a la primera oportunidad quería convertirse en un bachaco de café. Trabajar de abogado por su cuenta, tampoco valía la pena en un país donde cualquier trámite era gratis. ¿Qué vaina buena le dejan a los leguleyos, ah?, nada, peor que nada… destinados a la pobreza más recalcitrante. Estaba sentado sobre la poceta del baño, pensando y pensando, cuando comenzó a escuchar los jadeos de la mujer. Pegó la oreja y escuchó con más claridad: “Ayyy papapito dame, dame más, mi papapito, soy tuyaaa, tuyaaa, tú hembra… -sííí, mi pipitufaaa, mi pipitufaaa, ay mi pipitufaaaa… Pedro calculó la ubicación de la oficina donde venía todo aquello, y daba exactamente donde la jefa Buenmundo. Qué es eso Dios mío, no puedo creer esta vaina…  Silenció la carcajada tapándose la boca. Luego puso su mejor cara de pendejo, caminó hasta la oficina correspondiente y giró el picaporte. Y pasó lo que esperaba, habían cometido el error de no trancar por dentro. Por la hora pensarían que todos se habían ido del piso, y como era viernes….  Lo que vio lo hizo liberar como un chapuzo de risa contenida. Era la versión porno de Kunfú Panda con la viuda negra. Pedro carraspeó frenando el resoplido chapucero y dijo: perdonen, simplemente eso dijo, y cerró nuevamente la puerta.

Había pasado ya un mes del incidente pero Buenmundo se mantenía distante, evitando encontrarlo con la mirada. Quizás podía llamarlo y usar su autoridad de jefa para tratar de que no abriera la boca. Cosa que de ninguna de las maneras haría. Pedro tenía como ética no hablar de las mujeres, eso siempre lo cultivó como parte de su hombría. Buenmundo ya ni siquiera le daba órdenes directas, sino a través de su secretaria. Tampoco había visto más a ese magistrado, y bueno, se fue olvidando del tema. No se lo había comentado a nadie ni siquiera a Luisa, su madre, que de seguro le hubiera dado algunos consejos bien venidos.

Al contrario de lo que Pedro hubiera esperado, lo botaron. No lo hicieron por incompetencias o inasistencias que él podría haber encontrado la forma de justificar, sino por faltas a la autoridad. Leyó acuciosamente el despido. Decía que había entrado a la oficina de la directora sin permiso y ofendió al magistrado fulano de tal que la acompañaba, eso fue suficiente para arrojarlo a la calle. Y para dar mayor peso a la acusación, buscaron aquella mancha en su pasado de haber defendido al empresario golpista.

De un día para otro había pasado de un abogado de la revolución a un vendepatria, que no merecía respirar el aire límpido de la soberanía nacional, y quizás hasta de la libertad.

Pedro se levantó por fin de la cama con sólo un interior puesto. Se rascó una nalga y bostezó. Se dio con el cepillo en los dientes mojándolo dentro del tobo, ya no tenía ni crema dental. Comenzó a echarse el resto del agua que quedaba. Ya no quiso pensar más en los tribunales, tenía ya un mes haciéndolo y esa vaina lo tenía estresado. Antes de salir con la carretilla cargada con la moledora de café, el peso, las bolsitas de plástico transparentes, la escoba, la pala, entre otras cosas que buscó, tomó la lonchera con el desayuno, el buen termo con café recién colado y sus cigarrillos. Por cierto, pensó mientras salía, esa tipa de los Jadeos si que estaba bien buena.

 

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Escritor venezolano nacido en 1973. Egresado del Instituto Pedagógico de Caracas. Profesor de Ciencias Sociales. Algunos de sus cuentos han sido publicados en diversos portales literarios y la revista impresa Yelmo y Espada. Ganador del Turpial de Oro en el concurso Cuentos de Amor 2015 por la Sociedad Venezolana de Arte Internacional. Es autor del libro de cuentos Al borde del caos, por la Fundación “El Perro y la Rana” y Más de 48 horas secuestrada en (CreateSpace Independent Publishing Platform, 2014). Administra el blog personal historietasyotrasveleidadeswordpress.com

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