Cuentos Políticos 4

0
604

 

Caricatura de Jaime y Clara
El Apagón

Viviana mira las ocho en su reloj, y advierte que falta poco para que lleguen todos. Eso le dice a Luisa, que apura el paso. –Ve poniendo el mantel, mija, y luego vienes para que me ayudes con la ensalada. -¿Es lo único que falta, verdad? –Sí, dice Luisa, y se le queda viendo. Le triplica la edad con holgura. Es una hacendosa muchacha de veinticuatro años, a punto de graduarse de socióloga. De pronto ve en ella parte de su pasado con el viejo Antenorio. Cuando la llevó por primera vez a su casa a conocer a su madre, una doña muy dulce que la recibió con mucha comprensión. La toma por las manos y musita: -Vas hacer una buena esposa para Carlitos, y gracias por ayudarme con todo esto… es que tratamos de hacerlo todos los años para no perdernos como familia. –Gracias a usted mejor, por la confianza que me da, permitirme estar en algo tan íntimo de ustedes. –Bueno, mija, es tú primer año con nosotros, porque ya pronto serás una Pérez… Luisa le pasa un plato para que ponga las rodajas de pimentón sobre la ensalada. Tuvo nueve hijos, aunque cuatro los tiene desperdigados en Latinoamérica.

Se fueron: la gorda Amalia, el loco Wiston, la poeta Elvira y la sugerente Deysi, con todo su reguero de ropa sádica, pero también con la esperanza de un mejor futuro.

Se quedaron: Pedro, el abogado desempleado, y ahora, a mucha honra, detallista de café molido, su filosofía amorosa es huir de las relaciones estables, para no sufrir; Carlos, el estudiante de odontología, enamorado perdidamente de su novia ucevista, Viviana. Las abnegadas amas de casa, Scarlet y Lucy, unidas humildemente a dos hacendosos pero oscuros bachaqueros de comida: Agustín y Ramón; y claro, el consentido Antenorio, subinspector de la policía especial, unido en una tormentosa relación con Tatiana, su bella y fiel compañera.

De pequeños, sus conflictos no pasaban de un forcejeo por los juguetes, o porque alguno se creía dueño del pasillo que daba al cuarto, y trataba de bloquearlo poniendo sus manos en la pared, y entonces el resto lo embestía, o también por los sobrenombres que se inventaban durante la adolescencia. El de los granos pasaba a ser Carebagre, el más pequeño, el enano, el que tenía la sonrisa medio torcida, el guasón, y así… O cuando incluso, los varones se peleaban a puño limpio por las chicas del liceo, y trataban de quitarse el habla, pero luego en la madrugada uno podía escucharlos reír de sus cosas. Los Pérez, nunca pensaron que de adultos, la cabeza se les trastornaría tanto con la política. Luisa, lloraba por dentro tragando saliva al verlos discutir en Navidad, en Año Nuevo, en Carnaval o hasta en la mismísima Semana Mayor; bueno, en realidad en cualquier época del año que venían a visitarla con los niños. Porque gracias al cielo, todos se le fueron independizando a medida que crecieron. Pero es la verdad que, para Luisa, era como una maldición del diablo que sus hijos, nunca pudieran terminar en santa paz una comida.

Este año tenía la esperanza de que lo hicieran, debido a la ausencia de algunos en la familia. No sé, quizás eso podía afectarles en su sensibilidad. Viviana fue abriéndoles a medida que llegaban… Los niños como siempre salían disparados a abrazar a la abuela, besándola en el cuello o el cachete. Ella contenta devolvía el beso y el cariño, y todo empezaba tan normal. Para evitar explosiones mal venidas, Luisa no prendía el radio o los televisores, y tampoco hablaba de la condición país, aunque las carencias en su casa saltaban a la vista; y por las tristes experiencias que las muchachas contaban cuando les tocó comprar los ingredientes de la cena. No era como antes, que doña Luisa costeaba toda la cena de Navidad con su jubilación, ahora era cuestión de un compartir. Y cada vez que pensaba en esto, se daba cuenta que eso siempre debió ser la Navidad, un compartir. Como una confirmación de que Dios nunca perdió su buen humor.

En la mesa todos se tomaron de las manos y Luisa dirigió una breve pero profunda oración. En esos momentos solía recordar al viejo Antenorio. Por esa época, sí parecían una familia normal, todos muy educaditos con la disciplina que inspiraba el padre y la cálida atmósfera de hogar.

Sin dudas, a pesar de haber sido tan terrible ese año, el Señor había derramado su misericordia sobre los Pérez. De alguna forma todos pudieron colaborar en la cena: como los panes de Jamón que compró Pedro, la torta negra de Scarlet, el asado de Lucy, y las botellas de vino y ponche crema que trajo Antenorio, que de hecho le regalaron en su trabajo, porque comprarlas particularmente es una proeza en la Venezuela de nuestros días. Ver todo eso dispuesto en la mesa, llenando el ambiente de color y ensueño. El sabor de las hallacas de mamá, esa combinación crocante de las franjas de pimentón con la exquisita suavidad de la ensalada de pollo, su empanada gallega y los golpecitos de vino gourmet, introdujo a todos en una atmósfera de bienestar, que concluyó con el dulce de lechosa y los recuerdos de los cuatro hermanos que no tardaron en llamar por Skype desde sus países. Luisa estaba tan alegre, viéndolos alrededor de una tableta que dispusieron sobre la mesa. Aprovechó para enviarles su bendición y por lo menos un beso virtual que les durara hasta el próximo contacto. Por lo menos habían logrado terminar la cena en paz. Por eso la doña trató de estirar ese instante lo más posible, en su mente. Ojalá el viejo pudiera verlos así, juntos, como fueron siempre cuando él vivía. Antes de que la revolución les reventara la cabeza.

Verlos tan juntitos… Claro, con unos palos encima y todo, pero juntos al fin; unos a través de un rectángulo de plástico a miles de kilómetros, y otros aquí, desparramados en el sentimiento que disipa la lejanía. Estaba tan angustiada de que esa Navidad se convirtiera en el mismo infierno del año pasado. Los gritos. Los golpes. La sangre. Nuevos componentes de la familia venezolana en “revolución”. Y para colmo, los nietos presenciándolo todo, y reproduciendo en sus labios infantiles esa odiosa melodía tomada de una película de un fulano Tarantino. Pero hoy no mi viejo, dijo Luisa dentro de sus pensamientos, hoy lo logramos, por fin la familia consiguió unirse otra vez. Pero fue en ese instante que vino el apagón. Lo único que lograba distinguirse eran sus rostros lamidos por la franja luminosa de la tableta, que había cortado, lógicamente, su transmisión por internet.

El infierno

-Te fijas, mamá, soltó Pedro, te dije que se podía ir otra vez…

-Ay, mijo, qué se le va hacer, vamos a esperar que se ponga.

-¿Y si dura toda la noche?, no mamá está vaina no se la cala ni Freddy Cruger.

-No sean pendejos, esto es un saboteo, dijo Antenorio, es la guerra que tiene el imperialismo con nosotros, ¿todavía no lo entienden…?

-Como siempre buscando batracios en otro lago, soltó Pedro. Si ustedes son los que custodian el lago. No sé qué pobre animalito van a culpar ahora, ah ya sé… el primo hermano del lagarto, ¿o será otro papagayo?, puede que sea otro boicot cibernético, o como la última que dijeron mamá, un francotirador, no me jodas chico… seguro que fue el de duro de matar, ¿cómo es que se llama ese carajo?

-Bruce Wells, Pedrito, soltó Scarlet, con perfecta pronunciación y una distendida carcajada. Su esposo Agustín la regañó porque no quería que atizara más el fuego.

-Déjala Agustín, dijo Lucy, el hecho que tú no quieras hablar no significan que mi hermana tenga qué callarse también. Además, Pedro tiene razón, esa vaina es una payasada.

-Tú tampoco deberías darle la razón, Lucy, mira que no debemos golpear la mano que nos da de comer, dijo Ramón.

-Claro Lucy, escucha a tu esposito, dijo Carlos, ¿cuántas pacas de alimento le vinieron este mes en el camión?

-Esa vaina no te importa, grito ella como enfurecida, mientras Carlos trataba de no moverse con las ganas de reírse, para que no se le derramara el trago. Viviana estaba nerviosa, y mientras ayudaba a Luisa a recoger los trastes, le hacía señas a Carlos para que dejara de hablar.

Ramón escuchaba algo que Lucy le decía al oído, se empinó una botella de cerveza y habló salpicando saliva, porque ya estaba medio borracho.

-No te metas con nuestra chamba, Carlitos, porque después te vemos por allá… pidiéndonos vainas fiadas.

Carlos no paraba de reírse, era como si le estuvieran haciendo cosquillas. Agustín, ya no aguantaba las ganas de pararle el trote.

-Déjalo, Ramón, que a ese bicho lo voy a sorprender un día de estos…, le voy a meter unos tiros.

–Yo no me voy a quedar con las manos cruzadas, pendejo. Si quieres bronca, aquí estoy… si te la das de malandro yo me puedo convertir en uno…

-Ay Dios mío, no comiencen otra vez este año, miren lo bonito que había sido todo hasta que se fue la luz, dijo Luisa, poniendo sus manos arrugadas y maltratadas por el oficio, sobre la cabeza.

-Bueno, dígale a su hijo que se quede tranquilo, señora.

-Tenemos una guerra con los gringos, Carlitos, soltó Antenorio más atrás, tocándose la funda de la pistola, tú cerebro no te da para darte cuenta que nos bloquearon. ¡PERO LOS GRINGOS SÍ NOS BLOQUEARON, NOJODA!

-Sí, camarada, el bicho ese no se da cuenta, y eso que está en la universidad, dijo Ramón.

-Por eso no, porque Pedro es abogado y también tiene la cabeza hueca, soltó displicente, Tatiana.

Carlos los miró a todos con una indignación que le daba como náuseas. Por eso dejó de tomar vino y agarró un trago de ponche. Señaló con el índice su cabeza.

-Es que no se ponen a pensar por sí mismos, vale,  ellos nunca van a reconocer que fallaron con el mantenimiento eléctrico. O con la plata que debían destinar para remplazar los equipos del sistema Guri. Claro, ahora no pueden, era cuando se podía. Cuando los precios del petróleo estaban en alza… Ahora es muy fácil echarles la culpa a los gringos, y a cuanto animalito ven en los programas de Animal Planet, como si ellos administraran el presupuesto nacional… es que me da tanta rabia que sean tan ingenuos… y eso que somos familia… ¿Antenorio, en verdad tú eres hermano mío?, pana, porque somos burda de diferentes…

Luisa, muy callada, visualizó los tonos grises del cuadro. Los síntomas de la transformación del monstruo que advertía todos los años. Rápido encerró a los niños en uno de los cuartos. Cuando regresó a la sala, Tatiana discutía con Lucy y Scarlet. Agustín sujetaba a Carlos con una llave en el cuello, mientras Ramón le daba golpes en el abdomen. Viviana se le montaba por detrás a Ramón, mordiéndolo y arañándole el rostro, defendiendo a Carlos. Por su parte, Antenorio se levantó de la mesa. Había sacado su arma de la funda, amparado por la densa oscuridad. Todos pensaron, incluida también Luisa, que había llegado la luz, cuando los dos fogonazos de la pistola iluminaron brevemente la escena.

 

SOBRE CUENTOS POLÍTICOS: es una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares e incidentes son productos de la imaginación del autor o se usan de forma ficticia. Cualquier semejanza con la realidad, con personas vivas o muertas, eventos o escenarios, es mera coincidencia.

Artículo anteriorCuentos Políticos 3
Artículo siguienteCuentos Políticos 5
Escritor venezolano nacido en 1973. Egresado del Instituto Pedagógico de Caracas. Profesor de Ciencias Sociales. Algunos de sus cuentos han sido publicados en diversos portales literarios y la revista impresa Yelmo y Espada. Ganador del Turpial de Oro en el concurso Cuentos de Amor 2015 por la Sociedad Venezolana de Arte Internacional. Es autor del libro de cuentos Al borde del caos, por la Fundación “El Perro y la Rana” y Más de 48 horas secuestrada en (CreateSpace Independent Publishing Platform, 2014). Administra el blog personal historietasyotrasveleidadeswordpress.com

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here