Cuentos Políticos 4

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Caricatura de Jaime y Clara
El Apagón

Tatiana mira las ocho en su reloj, y advierte que falta poco para que lleguen todos. Eso le dice a Luisa, que apura el paso. –Ve poniendo el mantel, mija, y luego vienes para que me ayudes con la ensalada.  -¿Es lo único que falta, verdad? –Sí, dice Luisa, y se le queda viendo. Le triplica la edad con holgura. Es una muchacha de veinticuatro años, a punto de graduarse de socióloga. De pronto ve en ella parte de su pasado con el viejo Antenorio. Cuando la llevó por primera vez a su casa a conocer a su madre, una doña muy dulce que la recibió con mucha comprensión. La toma por las manos y musita: -Vas hacer una buena esposa para mi hijo, y gracias por ayudarme con todo esto… es que tratamos de hacerlo todos los años para no perdernos como familia. –Gracias a usted mejor, por la confianza que me da, permitirme estar en algo tan íntimo de ustedes. –Bueno, es tú primer año con nosotros, pero pronto serás una Pérez… Luisa le pasa un plato para que ponga las rodajas de pimentón sobre la ensalada. Tuvo nueve hijos, aunque cuatro los tiene desperdigados en Latinoamérica. Se fueron: la gorda Amalia, el loco Wiston, la poeta Elvira y la sugerente Deysi, con todo su reguero de ropa sádica, incluyendo la franela de la sabrosa Candy y los minimus chores amarillo pollito. Se quedaron: Pedro, el ahora abogado desempleado y detallista de café molido, y también solterón, Carlos, el estudiante de odontología con su novia Viviana, también Scarlet y Lucy, abnegadas amas de casa, unidas a dos asendosos bachaqueros de víveres: Agustín y Ramón, y claro, el consentido Antenorio, subinspector de la policía especial, con  su novia Tatiana. De pequeños sus conflictos no pasaban de un forcejeo por los juguetes, o porque alguno se creía dueño del pasillo que daba al cuarto y trataba de bloquearlo poniendo sus manos en la pared, y entonces el resto lo embestía, o también por los sobrenombres que se inventaban durante la adolescencia. El de los granos pasaba a ser Carebrage, el más pequeño el enano, el que tenía la sonrisa medio torcida, el guasón, y así… O cuando incluso se peleaban a puño limpio por las chicas del liceo y trataban de quitarse el habla, pero luego en la madrugada uno podía escucharlos reír de sus vainas. Nunca pensaron que de adultos la cabeza se les trastornaría tanto con la política. Luisa lloraba por dentro tragando saliva al verlos discutir en Navidad, en Año Nuevo, Carnaval, o hasta en la mismísima Semana Mayor; en realidad en cualquier época del año que venían a visitarla con los niños. Porque gracias al cielo todos se le fueron independizando, a medida que crecieron. Pero la verdad, para Luisa, era como una maldición del diablo que no pudieran terminar en santa paz una comida juntos.

Este año tenía la esperanza de que lo hicieran, debido a la ausencia de varios en la familia. No sé, quizás eso podía afectarles en su sensibilidad. Tatiana fue abriéndoles a medida que llegaban. Los niños como siempre salían disparados a abrazar a la abuela, besándola en el cuello o el cachete. Ella contenta devolvía el beso y el cariño, y todo empezaba tan normal. Luisa no prendía el radio o los televisores y tampoco hablaba de la condición país, aunque las carencias saltaban a la vista y por las tristes experiencias que las mujeres de la casa contaban a la hora de comprar los ingredientes de la cena. No era como antes, que doña Luisa costeaba todo con su jubilación, ahora la vieja recibía ayuda de los hijos que estaban fuera del país.

En la mesa todos se tomaron de las manos y Luisa dirigió una breve pero profunda oración. En esos momentos solía recordar al viejo Antenorio. Por esa época sí parecían una familia normal, todos quietecitos con la disciplina que inspiraba el padre, pero con la cálida atmósfera de hogar.

La otra parte de la cena, como los panes de Jamón que compró Pedro, la torta de Scarlet, el asado de Lucy, y las botellas de ponche crema, vino y ron, que trajo Antenorio, que de hecho le regalaron en su trabajo, porque comprarlas particularmente es una proeza inverosímil. Ver todo eso dispuesto en la mesa, para los Pérez, fue como un ensueño. Tan difícil había sido el sólo hecho de alimentarse durante el año, que haber logrado tener algo en nochebuena, fue una bendición.

Comiendo todas esas delicias se pensaron en un remoto pasado. El sabor de las hallacas de mamá, la combinación crocante de las franjas de pimentón con la exquisita suavidad de la ensalada de pollo, carne asada, pan de jamón, y el trago de vino gourmet, introdujo a todos en una atmósfera de bienestar, que concluyó con el dulce de lechosa y los recuerdos de los cuatro hermanos que no tardaron en llamar por skipe desde Argentina, Chile y Perú. Luisa estaba tan alegre, viéndolos alrededor de una tableta que dispusieron sobre la mesa. Aprovechó para enviarles su bendición y un beso informático que les durara hasta el próximo contacto. Por lo menos habían logrado terminar la cena en paz. Por eso la doña trató de estirar ese instante lo más posible, en su mente. Ojalá el viejo pudiera verlos juntos como siempre fueron cuando él vivía. Antes de que la revolución les reventara la última filigrana de simpatía.

Verlos tan juntitos, claro, con unos palos encima pero juntos al fin; unos a través de un rectángulo de plástico a miles de kilómetros, y otros aquí, desparramados en el sentimiento que disipa la lejanía. Estaba tan angustiada de que esa Navidad se convirtiera en el infierno del año pasado. Los gritos. Los golpes. La sangre. Componentes infaltables de una litografía criminal. Y para colmo, los nietos presenciándolo todo, reproduciendo con sus labios esa odiosa melodía tomada de la película de un fulano Tarantino. Pero ahora no mi viejo, hoy lo logramos, la familia consiguió unirse otra vez, pensaba Luisa con gran emoción. Y fue en ese instante de triunfo que vino el apagón. Lo único que lograban distinguirse eran sus rostros lamidos por la franja luminosa de la tableta, que había cortado, lógicamente, su transmisión por internet.

-Te fijas, mamá, soltó Pedro, te dije que se podía ir otra vez.

-Ay, mijo, qué se le va hacer, vamos a esperar que se ponga.

-¿Y si dura toda la noche?, no mamá está vaina no se la cala ni Freddy Cruger.

-Esto es un saboteo, dijo Antenorio, la guerra que tiene el imperialismo con nosotros, todavía no lo entienden…

-Como siempre buscando batracios en otro lago. Si ustedes son los que custodian el lago. No sé qué pobre animalito van a culpar ahora, ah no, ya sé, ¿será otro papagayo, un boicot cibernético?,  o como la última que dijeron mamá: un francotirador, no me jodas chico… seguro que fue el de duro de matar, ¿cómo es que se llama ese carajo?

-Bruce Wells, Pedrito, soltó Scarlet con perfecta pronunciación y una distendida carcajada. Agustín la regañó porque no quería que atizara más el fuego.

-Déjala Agustín, dijo Lucy, Pedro tiene razón, además esa vaina da risa.

-Tú te callas, Lucy, mira que no debemos golpear la mano que nos da de comer,  dijo Ramón.

-Claro Lucy, escucha a tu esposo, ¿cuántas pacas vienen esta vez en el camión, Ramoncito?

-Esa vaina no te importa, Carlos.

-Ja ja ja ja ja….

-No te metas con nuestra chamba, Carlitos; después te vemos por allá pidiéndonos vainas fiadas, dice Agustín.

Carlos no para de reírse, es como si le estuvieran haciendo cosquillas.

-Déjalo, reitera Ramón, que a ese bicho le voy a meter unos tiros.

Carlos va dejando de reírse hasta que se queda con la vista fija sobre Ramón. –Yo no me voy a quedar con las manos cruzadas, pendejo.

-Ay Dios mío, no comiencen otra vez, dice Luisa, poniéndose las manos en la cabeza.

-Dígale a su hijo que se quede tranquilo entonces, señora Luisa.

-Tenemos una guerra, Carlitos, suelta Antenorio más atrás, tocándose la pistola de la funda, tú cerebro no te da para darte cuenta que nos bloquearon. ¡PERO LOS GRINGOS SÍ NOS BLOQUEARON, NOJODA!

-Sí, el bicho ese no se da cuenta, y eso que está en la universidad, asiente Ramón.

-Por eso no, el Pedro es abogado y también tiene la cabeza hueca, soltó displicente Tatiana.

-Coño, es que no se ponen a pensar por sí mismos, vale,  ellos nunca van a reconocer que fallaron con el mantenimiento eléctrico, la plata que debían destinar para remplazar los equipos del sistema Guri. Claro, ahora no pueden, era cuando se podía, cuando los precios del petróleo estaban en alza… es que me da tanta arrechera que nos crean tan ingenuos…

Luisa visualizó los tonos grises del cuadro. Los síntomas de la transformación del monstruo que advertía todos los años.  Rápido encerró a los niños en uno de los cuartos. Cuando regresó a la sala, Tatiana discutía con Lucy y Scarlet. Agustín sujetaba a Carlos mientras Ramón le daba golpes en el abdomen, y Viviana se le montaba por detrás a Ramón, mordiéndolo y arañándole el rostro, para defender a su novio. Antenorio se levantó de la mesa. Había sacado su arma de la funda, amparado por la densa oscuridad. Todos pensaron, incluida también Luisa, que había llegado la luz, cuando los dos fogonazos de la pistola iluminaron brevemente la escena.

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Escritor venezolano nacido en 1973. Egresado del Instituto Pedagógico de Caracas. Profesor de Ciencias Sociales. Algunos de sus cuentos han sido publicados en diversos portales literarios y la revista impresa Yelmo y Espada. Ganador del Turpial de Oro en el concurso Cuentos de Amor 2015 por la Sociedad Venezolana de Arte Internacional. Es autor del libro de cuentos Al borde del caos, por la Fundación “El Perro y la Rana” y Más de 48 horas secuestrada en (CreateSpace Independent Publishing Platform, 2014). Administra el blog personal historietasyotrasveleidadeswordpress.com

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