Cuentos Políticos 3

 

FALTA POCO

El movimiento de sus tripas es una culebra que se desplaza sin su consentimiento. Las imagina exprimidas por una mano extraterrestre. Antenorio se encuentra invadido por la incertidumbre de lo que puede sucederle en plena calle. Una vergüenza inenarrable…

Le viene una imagen de años atrás, cuando se podía comer tantas cosas. La pasta de hígado embutida que exprimía de un golpe de su mano. Es la analogía perfecta de lo que podría estar a punto de ocurrirle. Mira a todos lados en alguna parte de la Hoyada. Recorre distintos locales con la súplica de un baño disponible. Pero a esa hora unos contemplan en limpiarlos y otros en una funesta negativa. Un indigente defeca con displicencia. Su expresión de gusto se le nota al vaciarse sobre el concreto. Las moscas sobrevuelan desesperadas sobre el promontorio pardusco, y al levantarse, una logra introducirse en sus vergüenzas cuando se pone los harapos. El único que parece notar su existencia es un perro que le lame las manos mientras camina, es como si fuera invisible para el resto de los mortales. Antenorio envidia esa invisibilidad, y sigue oteando a todos lados. Entra en uno de esos mercados de tarantines y santa marías, y  al fondo un rótulo que dice: Doscientos sin Papel, con papel Quinientos. Es un milagro que le llega justo con el retorcijón de un gas atrapado por el emplaste que obstruye la vía principal. Acelera el paso y le da al portero sin preguntar, quinientos, este le entrega cuatro franjas de papel. Sus manos temblorosas las toman, esbozando una perfida mueca. Todavía debe enfrentar una pequeña cola con tres futuros depositantes. La espera se hace larga con los retorcijones y la certeza de una dilatación. Percibe la textura fibrosa que sobresale de su esfínter y pega en la tela de su gabardina. Cuando por fin se sienta, salen ilesos tres recortes que lo alivian sin desocuparlo del todo. Toma un periódico y se concentra en unas letras que lo relajan. Salen otros trozos desperdigados de consistencia rocosa. Todavía falta. Se relaja con la sección de farándula, pero pasa a las noticias. El rostro de los opositores lo perturba por el tema de la invasión y la guerra económica. Por otro lado, lee un artículo de un diputado que lo deja perplejo, aunque es de derecha, pero las vainas que dice son… como ciertas. Sobre todo cuando habla del pasado, sobre cómo vivía la gente, todo lo que comían, lo que podían comprar con el salario…, y eso basta para detener su deposición. Trata de concentrarse otra vez y recurre a la sección de cultura, busca quizá un verso guabinoso que lo conecte con sus tripas. Afuera la gente le grita que se apure, pero él sabe que también tuvo que esperarse y pagar sus quinientos, para ese segundo de intimidad, aunque no necesariamente es un segundo… Sonríe, cuando vuelve a escucharlos. Les grita que ya va a salir, que le falta un poquito, sólo un poquito, vuelve a decir, indicando una forma con el pulgar y el índice, que nadie ve… ¡Además, suelta relajado, este no es el único cubículo que hay, vale! Enseguida, el hombre de al lado señala que ya terminó, y escucha que jala la palanca… Entra un bocasuelta que habla por celular. Ni siquiera al soltar unos pedos de empalagoso sonido deja de articular: “que pronto caerá el que te conté, sí, ese no tiene chance en unas elecciones válidas, que qué coño puede hacer con este país que se le cae encima, lo único que sirve es para comer y cagar, el pendejo ese, no ves la barrigota…, no chico, no me vengas que va a poder con el respaldo internacional… le estamos montando una olla, ¿sabes?… que qué, no vale, si ya yo estoy oliendo que falta poco, no sé tú, pero a mí me va a caer como una liberación cuando este tipo se vaya; tú no me lo estás preguntando, pana, pero yo siento en este mismo instante esa cascada bienhechora de la libertad…” Fue justo allí que Antenorio intervino. Se había encaramado en la parte superior del otro cubículo, escalando por el tanque del desagüe. Adoptó la postura correspondiente, y comenzó a liberar sin tapujos el resto sus acumulaciones. Esta vez no tuvo problemas de concentración, y pudo aliviar su necesidad, aunque eso generó problemas de pastosas repercusiones con el vecino del celular que, por cierto, estuvo persiguiéndolo durante toda la mañana.

 

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Axel Blanco Castillo

Axel Blanco Castillo

Escritor venezolano nacido en 1973. Egresado del Instituto Pedagógico de Caracas. Profesor de Ciencias Sociales. Algunos de sus cuentos han sido publicados en diversos portales literarios y la revista impresa Yelmo y Espada. Ganador del Turpial de Oro en el concurso Cuentos de Amor 2015 por la Sociedad Venezolana de Arte Internacional. Es autor del libro de cuentos Al borde del caos, por la Fundación “El Perro y la Rana” y Más de 48 horas secuestrada en (CreateSpace Independent Publishing Platform, 2014). Administra el blog personal historietasyotrasveleidadeswordpress.com

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