BAJO TRAGOS

 

 

-Hey Tony, sírveme otro… El gordo Tony se luce. Los hielos en sus manos son canicas que no fallan. Eleva la botella y el chorro cae justo en la boca del vaso. Luego lo arroja sin que se salga una gota… No puedo dejar de pensar en Shirley. En su cabello azabache que se filtra como sombras. En esos ojos grises y rayados, casi hipnóticos. En esa dulce boca mentolada. En tantísimas cosas que extraño… Nube de humo viola mi espacio. – ¿Cómo te llamas?, dice la perpetradora. –Leonardo, digo incómodo. -¿Eres un escritor o algo así? – Trato. -¿Qué escribes? –Si me dices tú nombre, respondo. –Ay pero qué delicadito…soy Fedra. -¿Fedra?, me gusta. –A mí también me gusta el tuyo, tiene suin. Aunque te diré, Leo, si me dejas… –Así me llaman los amigos… Fedra se acerca y lee mi libreta. Dime una cosa, ¿es sobre tu vida o la vida? –Sobre las dos cosas, mami. Para mí la vida es como la ven mis ojos. Su teléfono suena. Discute con alguien al otro lado. Se levanta de la barra y sale con el móvil en la oreja. Su peinado y ese vestido negro, la hacen ver como una actriz de los Golden Globe. Tony estaba tranquilazo cuando ella salió del bar. Al parecer no le preocupaba que se fuera sin pagar. O quizás ya la conocía, y regresaría pronto a terminar su trago. Tomé el mío y bebí largo, aparté unas cenizas grises de mi libreta y escribí: -Estoy orgullosa de Flavio. Fue lo que me dijo Shirley al contarle sobre mis fracasos amorosos. Creí que le iba mejor. Pero cuando detalló su vida, no me convenció. Sonaba acartonado. Comencé a verla con excoriaciones en brazos y pómulos. La esclerótica de su ojo izquierdo en permanente tono violeta. El tal Flavio solía demostrar su amor de forma muy peculiar. Fedra entró taqueando un cigarro con la uña. Indicó al gordo otro Bloody Mary. Se acomodó en la barra inclinando sus dos poderosas razones. – ¿Hay chance de que salga en tu cuento? –No lo sé… –Anda vale, compláceme… Hazlo y te invito un trago, ¿sí? Sonreí.

Fueron a una discoteca. Shirley no tenía ganas de bailar. Sólo quería aprovechar el momento para hablar. Arreglar las vainas. Sentía que todo se evaporaba. Él no dejaba de coquetearle a una asiática de ropa insuficiente. La dejó allí plantada con su preocupación y salió a bailar. Soportó rato viéndolo rozar su erección contra aquellos muslos de espagueti. En su sangre tenía los ingredientes necesarios para enloquecer. Alcohol, celos, ira. Se levantó de la butaca y se arrojó sobre su rival. Tomó su cabeza y la estrelló varias veces contra el piso. La sustancia roja la hizo volver en sí. La china quedó inconsciente pero viva. La pobre nunca aprendió Kung fu. Flavio escuchaba la voz imaginaria de sus camaradas del viejo barrio: ¡Así se hace hermano, en medio de dos hembras rebuenas! ¡Orgullo de nuestra especie vernácula! De todos modos la molió a puños al llegar a casa. Por esa vergüenza que le había hecho pasar. Llamó una ambulancia y dijo que la pobre había sufrido una caída. Me enteré que estaba en el hospital general, pero primero fui al departamento. Le di un carajazo tan fuerte al Flavio, que cayó de nalgas. Mis puños se me iban solos al rostro. No lo maté, pero le adelanté las vacaciones que tanto había esperado. – SÍ LE PONES OTRO DEDO A SHIRLEY, TE MATO PENDEJO, TE MATO…

Fedra parecía un tierno Koala aferrada a mi brazo. Estaba imbuida en mi historia. –Ojalá alguien me defendiera así, musitaba. El gordo lanzaba miradas extrañas, como si estuviera picado de celos. No pana estás equivocado, mi corazón es de Shirley. Quería decirle justamente eso pero All Around the world sonó en la pista, y Fedra me haló del brazo. –Ven escritor, me encanta Lisa Stansfield. No sabía qué hacer, nunca le había tomado el ritmo a la música Disco. El cuerpo de ella parecían las franjas de un ecualizador. Yo brincaba como títere, tratando de llevarle el paso. Con las Chicas del Can me fue mejor… Ojos vidriosos emergían de nichos oscuros. Prostis iban y venían con encargos a la barra. No sé si eran los tragos, pero me veía girando dentro de un disco de acetato. “MI CORAZÓN AMANECIÓ PRENDIDO EN FUEGO, FUEGO, FUEGO. FUE UN MORENITO QUE PASÓ CERCA DE MÍ, Y QUE ME DEJÓ ASÍ…” Era una salvaje. Lamía mi lóbulo, lo mordía, introducía su lengua en mi oído. Logró que Tutankamón III despertara de su largo reposo. De vez en cuando echaba un vistazo a mis cosas… En una pillé a Tony escribiendo en mi libreta. Le dije a Fedra que debía terminar mi proyecto. –No chico, pero a quién se le ocurre escribir en un lugar como este… La llevé a la barra contra su voluntad. Me miraba seductora. Percibí que le gustaba mi control. Tony nos cambió los tragos y revisé la libreta. Mi pana me advertía con horrores de ortografía, que Fedra era la amante de Carroña. Un poderoso diputado, dueño del tugurio en que me encontraba: El Copacabana-Club. No voy negar el corrientazo que subió por mi columna vertebral. Pero por qué tenía que estar chorreao. No la había tocado. Y los manoseos en la pista eran parte de la costumbre de los antros. El gordo insistía que me fuera. Había agotado su capacidad para hacerme señas. Yo seguía moviendo mi bolígrafo. Y ella, pues, la tenía pegadita pendiente de mis líneas. Pendiente de que concluyera, y atendiera todas sus…necesidades.

Shirley dejó al pendejo y se vino conmigo. Por un año no dejamos espacio para la tristeza. Mi ilusión era casarme con ella. Gasté todos los billetes en una boda que nunca se consumó. Fedra tragó su copa hasta el fondo. –Te voy a decir un secretito, yo no amo a Carroña. Estoy con él porque complace mis caprichos. Pero en el fondo soy una mujer infeliz. – ¿Y por qué no terminas con él? – ¿Crees que es muy fácil, Leo? Aquí todos hacen lo que el señor dice. Y yo no soy la excepción. – ¿Entonces hablo con una esclava? –Siendo honesta…sí. Y nadie se escapa de esa condición aquí. Mira a tu alrededor. Todos son esclavos, Leo. –Mami, lamento desilusionarte, pero yo no soy esclavo de nadie. Y me da tristeza que digas esas vainas a estas alturas de la civilización. –Una vez me enamoré de un tipo, sabes, nos llegamos hasta disfrazar para salir juntos. No me preguntes cómo lo supo. Sólo lo plantó un día frente a mí, y dijo: “Míralo bien y despídete.” Estaba aterrada, Leo. Sabía que no volvería a verlo. Pero sobre todo temía por su vida. -¿Lo mató? –Nunca lo supe, pero no lo vi más. –Podrías haberlo denunciado, existen leyes. –No me hagas reír, chico, tú no sabes quién es Carroña. El bicho ese es diputado, ¿no lo entiendes?, tiene inmunidad parlamentaria. –Okey, está bien, pero no está fuera de la ley. –Las cosas no son como años atrás. Los oficialistas lo controlan todo. -¿Y la prensa? –Dejemos la vaina como está, ¿sí? Fedra puso otra vez esa mirada y me apretó las manos. –Deja de querer ayudarme ¿sí?, te destapé mi pequeño infierno, para hacerte ver que no eres el único que pasas por vainas arrechas. Espero te sirva de consuelo por lo que pasaste con tú ex. Pero una cosa, ¿por qué te dejó Shirley? –No lo sé, sólo regresó con aquel patán. –Si regresó con el otro, es porque nunca te amó entonces, y lo siento. –No, yo estoy seguro que sentía algo por mí. Eso que vivimos, no creo que pueda actuarse. Ella me amaba, créelo. –Pobre niño, todavía no conoce a las mujeres. Despierta papi, nosotras no revelamos lo que sentimos. Carroña jura que he aprendido amarlo a través de los años. Suelta una carcajada. – ¿Incluso después del episodio ese con aquel tipo? –Sí, parece imbécil verdad. Pero él debiera entender que sólo lo busqué por estabilidad. Quizás una figura paternal que me protegiera. Pero no soy de hierro. Me enamoraba de los visitantes. Aquí viene gente muy chévere, Leo. – ¿Cómo te vigila? –Tiene ojos en todos lados. Si ves bien, en aquella mesa, hay un gorilón que es mi guarda espalda o carcelero. Bebí largo, hasta el fondo. El gordo se acercó. -¿Quieres la cuenta? –Sí, respondí. Fedra apretó mi brazo. –Quédate un rato más, escritor, ¿sí? Mi carcelero ahora duerme como niño, míralo como está de borracho… Acercó su boca a mi oído para que el barman no escuchara lo que quería decirme. Después de eso, miró otra vez a su carcelero, tomó su cartera, y salió del antro. Media hora después, pagué la cuenta y salí.

Llegué al departamento y abrí la nevera, piqué un pedazo de pastel. Me senté y metí un trozo en mi boca. Cuando sonó el timbre, sonreí. Alguien me había dicho que eso pasaría. Dos tipos armados me pedían regresar al bar. Mi cuerpo fue arrojado a un auto de vidrios ahumados. En pocos minutos estábamos frente al Copacabana-Club. Tony puso un gesto de tristeza cuando me vio. Los gorilas me lanzaron sobre el mueble de un reservado. Un tipo como de cincuenta años y de traje caro, se presentó. Supuse que era Carroña. Se me quedó viendo con una sonrisa cáustica. Era más bajo, hasta más que yo. Su cabeza era una bola de billar sostenida por un cuerpo obeso e irregular. – ¿Dónde está Fedra?, preguntó. No sabía qué decirle. –No sé… La conocí por casualidad, estaba en la barra tomando un trago. Me buscó conversación y… –Responde la pregunta, carajo. – ¿Qué quiere que le diga?, no sé dónde está… Carroña hizo un gesto casi imperceptible con la cabeza. Uno de sus matones ajustó mi mano sobre la mesa. –ABRE LOS DEDOS, COÑO, soltó. El otro sacó un picahielos y se puso a jugar. –No me subestime, escritor. Ñoño es un experto en esto, pero no es infalible. ¿Dónde la tienes? Ñoño aumentó la velocidad y la punta del picahielos comenzó a pellizcarme entre los dedos. –POR FAVOR, NO ME HAGA ESTO… YO NO ME LA LLEVÉ, MIRE, PREGÚNTELE A TONY… YO SALÍ SOLO DEL BAR. LO JURO… Carroña movió la cabeza por segunda vez y trajeron al cantinero. –Tony, ¿es verdad lo que dice este? –Sí, jefe, es verdad, este tipo no se fue con Fedra. Ella salió mucho antes. No le sé decir qué tiempo exactamente, pero fue una vainita. –Puede que tengas razón, gordito, pero ella pudo esperar en algún lugar hasta que la escoria esta saliera y se la llevara a su departamento, ¿no? –No puede ser, señor… -¿Por qué?- Porque sus hombres lo hubieran pilla’o, ¿acaso no lo mandó a seguir? –Coño, eso es verdad, respondió Carroña. Muchachos, díganme una vaina… ¿revisaron el departamento del escritor? Ñoño y Mediaoreja intercambiaron miradas y asintieron. No podían negarlo. Exponer tal negligencia les costaría un tiro en la cabeza, como mínimo. Los miré a los ojos, y sonreí con algo de sarcasmo. Carroña hizo un gesto para que me soltaran, pero el Ñoño de todos modos clavó el picahielos en mi mano. El metal la traspasó y se incrustó en la mesa. La sangre goteaba al otro extremo, formando un pequeño charco en el piso. Mediaoreja sonrió viéndome sufrir, aunque extrajo el picahielos. Carroña me dio una palmadita en la espalda. –Tranquilo muchacho, sólo fue un susto. Le dijo al gordo que me diera los tragos que quisiera, y que pagaba la casa. El cantinero vertió whisky sobre la herida, enrolló mi mano en un trapo seco y me dio un Jack Daniel´s. –Te salvaste de vaina Leo, solo a ti se te ocurre meterte con una tipa prohibida. –Tú sabes que mi amor es de Shirley. –Vamos a creértelo brother. Mira, aquí está otro trago para el camino. Cuida’o te atropella un carro, tienes una rasca del carajo.

Eran las tres de la mañana. Las calles estaban desiertas y una risa incontenible surgió de mi garganta. Eres un loco, Leonardo. Herido, ebrio, y muerto de risa por una mujer. Recordé el papel que le pasé a Fedra bajo la barra. Allí estaba mi dirección y las precisiones sobre esconderse en los alrededores. Esperar a que fuera sacado por los tipos que, posiblemente, vinieran siguiéndome desde del bar. Luego podía entrar y ponerse cómoda, hasta que llegara su galán. Es decir, yo. Por eso me sentí feliz cuando regresé. Ella estaba en la mesa del comedor bebiendo una copa demasiado nerviosa, como si alguien más estuviera allí. Trataba de decírmelo con sus ojos, pero no la entendía. ¿Qué pasa Fedra, qué tienes? Fue cuando escuché los tiros detrás de mí. Uno que dio en mi baja espalda y me hizo arrodillar, y el otro que fulminó mi cabeza.

Diez minutos después llega una mujer con una maleta de ropa. La puerta totalmente abierta. Todo es desorden y sangre. El rastro rojo la lleva a un cuerpo tumbado bocabajo. Al detallarlo con sus hermosos ojos grises y rayados, comienza a llorar. Conoce esa ropa, conoce quien la porta, aunque la bala que dio en su cabeza le haya desfigurado el rostro al salir.

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Axel Blanco Castillo

Axel Blanco Castillo

Profesor egresado del Instituto Pedagógico de Caracas. Algunos de sus cuentos han sido publicados en portales literarios y en su blog Historietas y otras Veleidadeswordpress.com

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