BASTARDOS EN SU TINTA

 

 

 

-¿Qué? ¿Quieres que escriba con ese lenguaje que no se adapta a la realidad, buscando formas de, como dices tú, elevar la expresión, refinar el decoro de las letras? –No exageres, narrador. No tienes porqué llegar a esos extremos. – ¿Cuáles extremos? ¿El de los bastardos que llenan el mundo de basura, como a veces musitas? Como si no supiera que te refieres a mí. El escritor suelta una sonora carcajada. –Pero si sólo trato de aconsejarte, compañero… -Y YO SÓLO TRATO DE NARRAR, PENDEJO, ENE HA ERRE ERRE HA ERRE. NA-RRAR. Y de la forma más realista posible. –Okey, okey…Qué tal si empezamos por los diálogos, ¿los personajes pueden comunicarse sin proferir improperios? –No, si quieres hacer que una historia palpite. Que el papel donde está escrita cada línea, transpire, y se le vean los poros. Los personajes no pueden estar comiendo siempre algodón de azúcar, ellos también cagan. Si quieres hacer algo que realmente valga la pena, tienes que dejar de escribir estupideces. El escritor baja el rostro hacia el piso y saca un poco el labio inferior, como una especie puchero. – ¿Por qué soy siempre el de las fallas? ¿Por qué esa prepotencia de evaluarme en cada línea? Quién te crees que eres, narrador, ¿el juez de un certamen literario?, ¿el editor de mi próximo libro?… ¿mi mamá? –Eso quisieras pendejín. Pero, ¡oye!, no me gusta cómo me estás hablando… No sé cuando entenderás que tú labor es cerrar la bocota y dejarte conducir. Todas tus cochinas historias en realidad son mías. Y me opongo a que sigas recibiendo los créditos de mi genio. El escritor lo taladra con una mirada. -Merezco ganar algo, ¿no?, son mis dedos los que sudan. Es mi cuerpo el que se expone a la hostilidad de una silla por horas, días, meses… – ¿Perdón, qué dijiste? No sé si mi oído estaba realmente tapado. Será un poco de jabón que se me quedó del último baño. ¿CREES QUE SÓLO PORQUE TIENES ESOS MUGROSOS DEDOS, ERES MEJOR QUE YO? LA HISTORIA LA NARRO YO CABEZA DE BOLA. ES MI NOMBRE EL QUE DEBERÍA ESTAR ESCRITO EN ESOS PERIÓDICOS. El escritor calibra la voz del narrador. Hace una rápida valoración de su existencia en la vida real y comienza a estremecerse. Sus carcajadas se forman más abajo del estómago, hasta producir movimientos en todo el cuerpo. –Y ahora por qué te ríes pendejo. -Es que… tú no tienes nombre… sólo eres una pequeña vocecilla en mi mente. Algo que habla cuando mis dedos se mueven…

En un desolado departamento, un hombre se retuerce a mitad de la noche, frente a su ordenador. Es un fenómeno inexplicable que probablemente alguien verá por una de sus ventanas abiertas.

–Juro que algún día te mataré, dice el narrador. Por este puñado de cruces que te asesino.

El silencio es un frío denso que traspasa el departamento. El hombre contempla su soledad y una imagen siniestra se le pone en la mente. Su rictus se transforma en una trémula mueca de Charlie Brown.

–Te fijas, es por eso que no me gusta hablar contigo, siempre con amenazas. Quisiera tener un narrador que valore el trabajo de mis manos. Baja la cabeza, triste. Entrecierra sus ojos. Su mente especula en sus posibilidades. El narrador mira al escritor con algo de lástima, pero sin perder esa noción de superioridad. Carraspea un poco. –Bue, si quieres te lo diré una vez, pero no te acostumbres… Carraspea una segunda vez. -Reconozco que eres hábil con la bicha esa…la computadora. Valoro esa vaina, ¿pero luego, qué es lo que pasa? – ¿Qué pasa luego?, reitera el escritor. -Que comienzas a imponerte, amigo. Quieres dominarme. Y todavía no ha nacido nadie que me controle. El escritor deja caer la cabeza sobre el teclado y una tecla se marca incesante. –Perdona, pero tengo que decirte las vainas claras para que me entiendas. Al instante suena el teléfono. La editora exige el manuscrito para las primeras horas de la mañana. El narrador ve las manos del escritor aproximarse al teclado y comienza a brincar de los nervios. –Qué es lo que haces… no vayas a meter la pata, amigo, recuerda que tenemos años trabando juntos. Oye, no lo borres… NOOO

El escritor ha decidido ignorarle. Ya no le interesa lo que tiene qué decir. Se ha cansado de un narrador vulgar que no le valora. Y aquí entre nos, parece que hasta se encontró uno nuevo. Es más educado, aunque tiene ciertas cosas parecidas al anterior. Insiste en exponer a los personajes tal y como son, se cree el verdadero autor de la obra, y no deja que nadie lo sermonee. Planifica matar al escritor en la primera oportunidad, aunque ahora disimule llevársela bien. Es cuestión de tiempo.

El hombre escribe el resto de la madrugada hasta las diez de la mañana. Hora en que termina un manuscrito de trescientas páginas en letra arial y a doble espacio. Ahora sí, decide tomar el teléfono que no ha parado de sonar. Su editora lo increpa. Le recuerda el compromiso que adquirió hacía dos meses para terminar la saga de las novelitas policiacas. Como sabemos, le tiene buenas noticias. Le enviará el material por correo electrónico en ese mismo instante. Ella deja claro que lo espera personalmente, por la tarde. Él aprieta end con el pulgar. Quiere bañarse, pero antes decide tomar un café y mirar por la ventana. La imagen de la ciudad es tan hermosa que parece una postal. Termina el café y se queda extasiado de bienestar; las ráfagas de aire le dan la sensación de ser una bestia alada, un águila tal vez…

Abre totalmente los vidrios panorámicos. Se encarama en el borde y se yergue todo lo que puede. Se da cuenta que esa peligrosa hazaña se ha convertido en casi un ritual cuando termina cada manuscrito. Pero no importa, serán sólo unos segundos sujetándose frente al vacío y ya. Como una cucharada de adrenalina para su alma. Aunque en esta ocasión no previó la fuerza que lo empujó. A sólo unos metros de explotar su cuerpo contra el concreto, supo de quién se trataba.  Y se sorprendió de lo poderoso que puede llegar a ser un narrador.

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Axel Blanco Castillo

Axel Blanco Castillo

Profesor egresado del Instituto Pedagógico de Caracas. Algunos de sus cuentos han sido publicados en portales literarios y en su blog Historietas y otras Veleidadeswordpress.com

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