TAPICES DEL DELITO

 

Wanda

Se mueve y desliza cada prenda por su piel, hasta caer. Cada rostro es una caricatura gris. Deformada por la depravación. El placer contenido hasta un punto explosivo y hostil. Le daría asco encamarse con uno de esos animales. Ella no es como las otras que se acuestan por unos billetes. Se la gana un verdadero galán. Los que no tienen la mala maña de venir a estos sitios. Su número acaba y recoge las propinas que lanzaron, los de cien que se le cayeron del escote o del blúmer cuando tuvo que quitárselos. Gajes del oficio. En el camerino ve su reloj y se sorprende por el transcurrir del tiempo. Qué rápido pasa cuando se baila. Detalla su rostro en el espejo y borra todo rastro de maquillaje. Se pone ropa normal para irse pero antes pasa por la oficina del encargado. —Estuviste de lujo, niña. Los tipos soltaban billetes como locos —Brayan saca una fajilla de cien y cuenta cuarenta billetes. Se los da. —Toma mija, cuenta bien, que allí hay cuatro lucas —Wanda lo mira a los ojos. —Son cinco mil, ese era el trato a partir de hoy. —Sí niña pero hoy no puedo dártelos. Mañana sí, ¿okey? —Brayan tengo tres años cobrando cuatro mil y casi nunca me lo das completo. Tengo que mantener una hija, sabes. —Pero mija, ¿y no te alcanza con lo que ganas durante el día? —Mi profesión no me da para el mercado. Si no, estaría bien lejos de este antro —Wanda arrebata el dinero de sus manos y atraviesa la puerta. Llega a su habitación de vecindad en Los Cangilones de la Vega. Su hija de catorce, Rosie, está dormida, y no pudo esperarla. Esta vez llegó tardísimo, son la una de la madrugada. —Pobre hija mía, está cansadita. Siempre me ayuda con algunos oficios. Cuando llega del liceo hace hasta el almuerzo. Wanda se acerca a la cocina. —Umm, qué rico se ve esto —era una pasta con salsa de atún y tajadas. La niña lo hizo como si lo hubiera hecho ella misma. Se da un baño, se pone la dormilona, y se sirve un plato. Prende la tele y se queda dormida con la cabeza sobre la mesa… Amanece. Rosie la despierta agitada. —Mamá vístete, tengo física a las siete. Esa profesora me cae mal, es capaz de no dejarme entrar. —Y si no te aprendiste las leyes de Newton también te voy a reprobar. Ambas se miran y sonríen. Resulta que Wanda, aparte de madre, es también su profe.

 

Natasha

Tiene un novio de veintiuno con moto propia. Se llama Manuel pero le dicen El Lobo. No puede quitárselo de sus pensamientos. Quizás así es el amor. Terrible como una obsesión con visos demenciales. Él ha pasado más allá de los besos o de pellizcarle los pezones a penetrarla. Aunque le gusta, sabe que podría salir en estado aun tomando píldoras. No sabe si seguirá consiguiéndolas en la farmacia, tiende a agotarse. El Lobo a veces la desplaza por unas tipas ya de veintitantos. Cree que anda en cosas raras. Lo cree porque él no trabaja y siempre tiene dinero para invitarla a salir. Viste de pura marca y cambia de  moto  casi  todos  los  meses.  —¿Sabes  que  la  policía está en  el  liceo?  —Natasha  sale  de  sus  pensamientos  y  voltea. Es  quien  sospecha. —No,  no  lo  sabía.  ¿Tienes  clase?  ¿Qué haces  aquí  carajito?  —Tengo  dos  horas  libre.  ¿Te  invito  un helado? —No, piérdete ya. Déjame tranquila. —Bueno por lo menos acéptame el helado, ya te lo compré —Wilker le pone una barquilla en la mano y se va.

A las cinco y media de la tarde, hora de salida. Natasha busca con la vista la moto del Lobo y no la consigue. Es raro que esta vez no esté. Ella sabe dónde vive y se aventura. Toma una camioneta y llega al barrio La Silsa. Distingue casi en la cumbre un rancho de bloques color salmón, con algunas manchas de cemento, como si alguna vez intentaron frisarlo y se arrepintieron. Algunas veces la ha llevado allí y han hecho todo sobre sexo. Sus piernas son ganchos que escalan una cumbre con peldaños de escombros mal pegados. Llega bañada en sudor. Un tipo le abre apenas toca. Es uno de los extraños amigos de su novio, que se baja una botella de ron. Sus ojos lamen su trasero y sonríe. —Pasa caramelito, tu papi taladra hondo allá adentro. Si quieres lo imitamos —ella lo acuchilla con la mirada y traspasa una cortina que hace de puerta. No sabe qué decir o cómo reaccionar. El Lobo se tira a una compañera de clase, parado contra la pared. Ella grita como si él la matara con su estaca de carne. Sus brazos la han tomado en peso por unas nalgas sudadas que tiende a resbalarse. Cada vez que sucede coge impulso y la retoma. Natasha grita. Grita desesperada. Son gritos de ira que asesinan membranas timpánicas. Corre por ese barranco colmado caminos de tierra, con tablas que improvisan puentes salvadores, sobre oquedades abismales. Natasha llega a su casa directo al dormitorio. Su abuela, la única persona que ha estado con ella, vislumbra que algo le sucede. No le gusta verla así, suele inventar cosas. Una vez la salvó de un veneno de rata que estaba a punto de ingerir. Otra se cortó una vena facial, en medio de la frente. En su último cumpleaños se tomó la caja completa de Lexotanil y convulsionó.

Natasha no entra a clases. Se queda durante horas en un banco cerca de la cantina. Wilker sale de matemáticas y la ve. Compra dos barquillas y se sienta a su lado. —Toma, te compré otro helado.  —¡Déjame en paz! Quiero estar sola. —Lo sé… estás triste, pero no hay nada mejor que un helado para aclarar las cosas. La profe Wanda llega a la cantina con la directora. Conversan sobre la investigación que desarrollan los de narcóticos. —Hay que colaborar con esta gente, tenemos que sacar a los malandros de la escuela. —Viste manita, si hubieras negado el cambio de ambiente, esos carajitos no estarían jodiendo aquí. —Tienes razón, pero el traslado venía a petición de la Vice-Ministro. No podía decir que no. —Sí, pero mira lo que causó.  Tenemos  una  banda  de  narcos  en  nuestras  narices. —Shhh, habla más bajo… Mira, hoy viene el inspector Maxwell. Investigará por un tiempo dentro del liceo. Tenemos reunión en Dirección y quiero que estés… —Natasha tomó la mano de Wilker y lo llevó lejos de las profes. —Tenías razón con lo que dijiste el otro día, carajito. Sobre la venta de drogas. —No me digas carajito, dime Wilker. —Para mí eres un carajito. —Y tú una carajita linda —eso le gustó. En el fondo Natasha lo que quería era la atención de alguien.

 

Rosie

Todo cuerpo puede mantenerse en movimiento si se le aplica una fuerza. Por lo tanto, un cuerpo en reposo no puede cambiar por sí mismo su estado inicial. Rosie recibe algo. Es un video que tiene su mejor amiga. Ella no se lo quería mostrar pero se lo pasaron por Bluetooth. Es algo que no debe ocultarle… —El vehículo que observan mantiene una trayectoria recta y velocidad constante. ¿Alguien sabe cuál es su aceleración? —explotan las risas. –Por allí hay un grupito que no le interesan las leyes de Newton —dice Wanda—. Me refiero a ti Efrén, Jefferson, Heber, qué les pasa… —un murmullo invade el salón a medida que el video se esparce entre los pupitres. Hay una tensión que puede sentirse como un nailon que llega a su punto máximo de elasticidad. Rosie no puede creer lo que ven sus ojos… Fue el resultado de la irrupción de un grupo de quinto en la Iguana Azul, una semana antes. Celebraban un cumpleaños. Los dieciocho años del gordo, el último de quinto que faltaba por pisar la vida adulta. Tragaban litros de ese líquido ambarino y la espuma hacía su propio camino por los cuellos, mientras sus pupilas trotaban por los senos de Gatúbela y su vulva rapada a lo asiático y el numerito lésbico de Lesbia y Marilyn Monroe levantándose el vestido blanco mostrando su concha catira y despelucada. Luego la pausa. El volumen de la música que aumenta como una antesala de algo…—SEÑORES, LES PRESENTAMOS LO QUE ESTÁN ESPERANDO, EL NÚMERO DE LA VAQUERITA DE TEXAS. LA DOMADORA DE LOS POTROS MAS CACHONDOS DEL TÍO SAM… POR FAVOR, DENLE UN MERECIDO APLAUSO A… MELANY. —¿Esa es la profe Wanda? —Sí,  coño,  es  Wanda.  —Coño  esta  vaina  está  de  lujo, grábala.  —¿Nadie  tiene  cámara  broder? —Coño,  el  celular,  el celular gordo pajúo —el veneno fue inoculado el lunes y para el martes podía bajarse por You Tobe. Rosie salió del salón como si la persiguieran. Era como una pesadilla. —No puede ser… mi madre es una prosti. No puedo soportar que me miren… Tengo que salir… Tengo que escapar… Se burlan porque soy la hija de una put… —Wanda se dio cuenta de que todo había sido ocasionado por el video. Debía tener algo terrible como para hacer que Rosie saliera corriendo del aula. Denme el celular en este momento, dijo. Ellos no se movieron. Nadie se movió. Arrancó el celular de la mano de Jefferson. Sólo bastó una ojeada y se sintió exactamente igual que en ese video. Desnuda ante todos. Indefensa. Avergonzada. Todos comenzaron a pitarle. A decirle puta. LA PROFE WUANDA ES UNA TREMENDA PROSTI. PROSTI PROSTI PROSTI Salió del salón con una lluvia de bolas de papel. Todo se supo en Coordinación y de allí pasó como  un  tubazo  periodístico  a  Dirección.  Wanda  buscaba  a Rosie  por  los  pasillos.  La  encontró  en  el  baño.  Salieron  a  la calle. —Suéltame Wanda, suéltame. Eres una mentirosa, cómo me has hecho esto, avergonzarme así… Me dijiste que dabas clase en la Misión por la noche, no que eras una prosti. —Hija perdóname. Pero fue la manera de mantener la nevera medio llena. Recuerda que tu padre era el que nos ayudaba. Cuando no regresó más, mi sueldo como profesora fue insignificante. —Pero te acuestas con todos, eres una prostituta. —No hija, no digas eso, nunca he vendido mi cuerpo. Sólo bailo y ya. —Pero te quitas  la  ropa  frente  a  esos  tipos.  Eso  es  obsceno  mamá. —Tienes razón, perdóname, pero ten en cuenta que lo hago para mantenernos a las dos…

 

Los Informantes

Gracias a los datos de tres estudiantes, Narcóticos pudo identificar a Manuel Morales, alias El Lobo. Un exalumno egresado por mal comportamiento ligado al narcotráfico, responsable de introducir el crack. También hallaron un boquete en los límites del liceo, tapado con láminas de zinc. Maxwell se introdujo con Harold, era un pequeño túnel que los llevaba a una calle trasera, mojada por la fuga de una cañería. Se evidenciaron huellas de moto… —La próxima vez que El Lobo use este acceso, lo atraparemos. Dejen todo como está. —Quiero preguntarle una vaina jefe… —Suéltalo. —¿Le gusta la mujer del video? —Se llama Wanda, Harold. Me vas a decir que no está bella. —Sí, pero  no  podemos  involucrarnos  con  nadie. Es  una  zorra  de la  Iguana  Azul. No  sería  extraño  que  estuviera  implicada  en este asunto.  —Nunca  dices  algo  bueno  de  una  mujer. Tú  como que eres medio pato. —No es eso jefe, yo tengo mi esposa,  y  bien  buena  que  está…  El  asunto  es  que  va contra la norma. —Harold, me vas a enseñar tú de normas. Quién es el inspector…

Un escándalo en el liceo. Los estudiantes alborotados. Muchos lloran. La Directora Tibizay llama a Maxwell. Una obrera en shock, en el baño. Algunas compañeras tratan de calmarla, pero es la tía de unos de los muertos. Tres cuerpos abiertos por el abdomen en línea horizontal. Las vísceras salidas. La sangre propagando sus tentáculos como un ser vivo. La obrera está fuera de sí. Su boca es una tripa de hule que hace formas. Harold se puso los guantes de látex y tocó los cuerpos. —Mire el corte, inspector. El que hizo esto quiso que los chicos sufrieran. Sólo rajaron para que los tejidos se abrieran lentamente por la presión de los órganos. Les partieron las piernas para inmovilizarlos y cerraron la puerta. —Pero es que ni siquiera gritaron desde adentro, quizás alguien los hubiera escuchado —dijo Tibizay, perturbada por la escena. Tenía muchas náuseas. —Pero tampoco pudieron gritar, mire esto… —Harold mostró el interior de sus bocas. Tibizay salió del baño en vómitos. Las lenguas de los informantes habían sido cortadas.

—¿Todo bien Lobo? —Lepra, los tombos están metidos en el liceo. —¿Desapareciste el material quirúrgico del baño? —Sí, lo lancé pal Güaire. —Por lo menos eso chamo. Porque la cagaste masacrándolos en el liceo. —Los pelaos me zapearon, hermano. —Está bien por un lado. Les dejas claro lo que puede pasar si se meten con el negocio. Despáchame a los tombos. Y ni pensar perder  esa  plaza.  Nos  vemos  en  la  Iguana  esta  noche chamo. —Ta bien, hermano.

 

La Iguana Azul

La noche del viernes Wanda no salió disfrazada como la vaquerita sexi, sino como una doctora perversa. Los tipos de siempre tomaban los lugares privilegiados de la barra. Esa noche Lepra y Lobo sacaron a un virolo y un osito panda de la primera fila. Wanda se abrió la bata y dos montañas surgieron desafiantes. Un abdomen plano dividido por un ombligo parecido a un botón. Unas medias negras de telaraña desde el medio muslo hasta sus pies embutidos en grandes tacones. La euforia explotó como las burbujas de un Alka-Seltzer. Una antología de frases depravadas hizo temblar el lugar. Wanda se sacó una chupeta roja de la boca, lamiéndola como si fuera un falo. Se puso en cuclillas. Su vulva podía verse a través de un blúmer translúcido. Ponía el estetoscopio en el pecho de los tipos, simulando una seria auscultación. —¡Doctora! ¡Doctora! ¡A pulgarcito le va a dar un paro cardiaco! —risas. Más risas. ¡Doctora! ¡Pulgarcito quiere que lo ausculten de inmediato! El relajo de la barra hizo que Brayan tomara el micrófono del diyei. Describió cómo quedarían los rostros de los saboteadores, señalando a sus tipos de seguridad. Wanda bailaba una música de Nicky Minaj, quizás trataba de emular muchos de sus movimientos. Eso era lo que más le gustaba del baile. La posibilidad de ser otra. Se quitó la bata y se puso el estetoscopio en los oídos. Auscultaría a algunos por última vez antes de quitarse las otras prendas y terminar su número. Fue en ese momento cuando alguien la tomó de brazo. No pudo reaccionar por varios segundos. El Lobo dibujó un rictus siniestro. La esperaba en una mesa.

El sitio se llenó de gente conocida. La directora Tibizay estaba en una mesa con Norma, Ramírez y el portero Meneses. Al fondo, en una mesa pegada a las esquinas del local, estaban Maxwell y Harold. Todos tenían una cosa en común. Querían aproximarse a Wanda. Tibizay ayudarla con un puesto de secretaria, ya que fue suspendida por lo del video. El inspector tenía sus propias razones per-so-na-les. El Lobo, lo sabremos en breve… Wanda sale diferente. Bluyines, franela azul y una gorra de Los Leones del Caracas. Tibizay la reconoce. Comienza a recorrer su trayectoria con la vista. Alarmada ve que se sienta en una mesa donde casualmente está El Lobo. Saca el teléfono para llamar a Maxwell pero la señal sale bloqueada. Le crece la angustia. Entiende que El Lobo no quiere nada bueno con Wanda. Tibizay se dirige a la calle pero Maxwell la intercepta. La lleva a su mesa. Harold la saluda. Ella no tiene tiempo para las formalidades: —Vine para hablar con Wanda y vi que se sentó obligada junto al Lobo. La agarró por el brazo en una forma violenta. Debe ayudar a mi amiga, por favor. —¿Y dónde están? —En una de las mesas delanteras —Tibizay señaló con su índice el punto exacto. —Carajo, tenemos que movernos —dijo Maxwell. Llamaron por radio a las unidades. Tibizay se marchó con su gente. Esa noche Wanda no estaría disponible para nadie…

—Sabes que estás bien buena, profe. Estás más rica que la Johansson esa de los Vengadores. Wanda no decía nada, pero sus esfínteres se debilitaban por los nervios. Algo caliente descendía por su entrepierna. —Qué te parece Lepra ¿no está podrida de buena, ah? —Claro que sí elmijo, si te la quieres comer, cómetela, no tengo problema con eso. Me encantan las sobras. —¿Qué es lo que te pasa Manuel? ¿Para qué me llamaste? ¿Qué quieres? —Gua elmijo, esta putica está alzá. —Tranquilo Lepra, soy bueno con las fieras. Tú sabes a qué vengo Wanda. Tú me la hiciste con mis padres. Dejaron de confiar en mí porque siempre los llamabas diciéndoles vainas malas. Me raspabas cuando te daba la gana. Ahora vengo a cobrármelas. Vas a convertirte en una de mis putas. —Primero, esto no es un cabaret. Es un bar de baile exótico. Y segundo, tú eres un abusador.  No  tienes  derecho  a  decirme  qué  hacer  con  mi vida. —Ah, te fijas, tú tampoco tenías derecho cuando te metías en mis vainas. —Era muy diferente Manuel, era tu profesora de Matemáticas. —Pero ahora no eres nada, te dije ya —El Lobo le puso una mano en el cuello. —¡Déjame! ¡Suéltame! ¡Me estás lastimando! —Elmijo vámonos con esta zorra pa’ los Chorros —El Lobo le muestra la cacha de una nueve a Wanda. Ahora no se resiste. Su valentía fue consumida por el miedo. Lepra recibe una llamada. Le dicen que llegaron los tombos. El Lobo comprime el brazo de Wanda. La policía entra y las balas llenan el aire. La gente sale aterrada reptando. Hay una gran baja por parte del Lobo y Lepra. Finalmente los que quedan de la banda, levantan las manos y los meten a las patrullas. Pero los cabecillas aún no salen…

El aire era solo neblina y fuego. Lepra agonizaba sobre un charco de sangre y Lobo disparaba sin atinar. Tiene a Wanda abrazada como escudo. Maxwell apunta al rostro de Lobo y asesta un tiro. El humo ha descendido en gran parte. Ella tiene una sonrisa en sus labios y camina hacia el detective casi por instinto. —Ha sido terrible, ¿verdad?, dice. —Sí, Wanda, toda la pesadilla acabó. Detecta la sangre y la carga. Harold ayuda a meterla en la ambulancia. Los quiroprácticos, como una intervención divina, paran el derrame y se la llevan.

El día termina de imponerse con el nuevo sol. Maxwell espera la hora de visita en el Pérez Carreño. Un gesto de alegría se le pinta en el rostro mientras conduce. Divisa un kiosco de flores. Pone un ramillete de gardenias en el asiento contiguo, donde suele sentarse Harold. El rostro de Wanda ocupa todos sus pensamientos. Tiene tantas ilusiones que no puede contenerse. Es casi como vivir dentro de un poema.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Axel Blanco Castillo

Axel Blanco Castillo

Profesor egresado del Instituto Pedagógico de Caracas. Algunos de sus cuentos han sido publicados en portales literarios y en su blog Historietas y otras Veleidadeswordpress.com

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