LA FIESTA

Como la criminalidad descendió en ciudad Metrópolis y Gótica, los dos paladines de la justicia se ponen de acuerdo en una conversación telefónica para tomarse unas merecidas vacaciones. Eligen un país de Sudamérica de extensa costa, playas atestadas de cuerpos bronceados y de mucha vida nocturna. Se hospedan en un hotel para celebridades donde casualmente celebran el cumpleaños de un conocido personaje. Todavía no saben quién es pero por la forma solemne en que es recibido, el nutrido equipo de escoltas y guardias que lo rodean, además de la entonación del Himno Nacional, suponen que se trata de un ilustre ciudadano. Apenas habían llegado a la suite, cuando recibieron el lujoso sobre en letras doradas:

INVITAMOS A LOS DISTINGUIDOS HUÉSPEDES A LA FIESTA DE NUESTRO, INVITADO DE HONOR.

El punto de encuentro eran  las terrazas del mismo hotel, y ya dentro del suntuoso salón decorado a la grecorromana, en medio de la concurrencia, escucharon el nombre del Comandante-Presidente. Se trataba de un hombre de mediana edad, cincuenta y algo tal vez, de gran bigote, pasado de kilos, pero con un traje apretado en la parte baja que le daba cierta configuración de luchador. Se movía como embarcación pequeña en alta mar, y no era por embriaguez, todavía no había probado el primer trago; era producto del poder, un movimiento que su ego había adquirido por comodidad. Descendía por la alfombra roja del brazo de dos criaturas de lo más exquisitas, ese tipo de beldades que sólo se presentan de la mano de altos dignatarios. Atuendos de boutique, bucles de salón, rostros apanquecados casi de porcelana, como pertenecientes a una raza en vías de extinción.

Culmina el himno Nacional y la música sigue normal. Las chicas del Comandante-Presidente, ahora muy aburridas, comienzan a bailar solas en la pista. Enseguida Súperman y Batman ubican su objetivo, y lo abordan. No entienden cómo los tipos pueden dejar a dos bellezas como esas bailar solas. Era salsa. La salsa la habían aprendido en sus ratos libres en un club latino de New York City. Así que echaron el pie un buen rato y rápido sus encantos surtieron efecto. Ansiosas de sensaciones, se entregaron de lleno a las protuberancias de esos personajes legendarios, que sus hermanitos todavía leen en las historietas de Marvel y de hecho siempre lo consideraron de lo más infantil. Los paladines cuchicheaban en sus orejas, dominando sus mentes, haciendo que el aire se calentara alrededor. Ofreciendo llevarlas al paraíso y regresarlas antes de la medianoche (del siguiente día) con todas sus urgencias satisfechas. El Comandante-Presidente calcula todo desde su estrado, mandando señales visuales para el merecido tratamiento. Un tratamiento seguro de lo más severo, por tratarse sobre todo de extranjeros. Y no cualquier extranjero, se trataba de gringos, gringos capitalistas que probablemente vinieran a olfatear sus planes de permanencia eterna en la Sagrada República. Más de una vez había escuchado en los canales de cable que su país debía regresar a la alternabilidad democrática. El invento más estúpido de los viejos políticos que su padre había sepultado cuando llegó al poder, y él, su hijo más insigne, no permitiría su resurrección. Sacrificaría todos sus soldados, sus mujeres, y hasta sus dos pelotas, si era necesario, para evitarlo. Un país debía ser en la forma y medida de sus gobernantes, no de los gobernados, que no sufren en realidad el peso de la responsabilidad. La gravosa carga de administrar los ingentes recursos de una Nación.

La gente que bailaba observaba a los paladines con ganas de advertirles lo que se les avecinada. Lo que todos sabían en el país y que nadie se atreve a discutir. Que nadie se mete en las vainas del Comandante-Presidente. Nadie toca a sus chicas. Nadie pisa sus tierras sin su permiso. Nadie se come su comida o retira plata de sus bancos ni mucho menos debe pretender ser alguien en sus tierras. Que el único superhéroe que sale en televisión es él, y que ni siquiera Superman, Batman o cualquier otro personaje de cartón, puede hacer uso de su espectro radioeléctrico. Es por eso que cuando los paladines terminaron de bailar, los guardias del Comandante-Presidente los llevaron directo al aeropuerto con boletos de cortesía rumbo a Washington, lugar donde nunca debieron haber salido, jamás.

 

 

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Axel Blanco Castillo

Axel Blanco Castillo

Profesor egresado del Instituto Pedagógico de Caracas. Algunos de sus cuentos han sido publicados en portales literarios y en su blog Historietas y otras Veleidadeswordpress.com

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