Psicopatología de un final sin gloria

Los habitantes constituyen la base de un país, los alimentos son la felicidad del pueblo. El príncipe debe respetar este hecho y ser sobrio y austero en sus gastos públicos Sun Tzu – El Arte de la Guerra: Capítulo II   

Los alimentos  son la felicidad del pueblo

Hugo Chávez Frias entendía muy bien este principio: la comida es la felicidad del pueblo.

Para que un “príncipe” se mantenga en el poder de forma indefinida debe contar con el apoyo de las armas, el apoyo de la burocracia, y el apoyo del pueblo.

Aún si este apoyo popular es frío e indiferente, siempre y cuando haya comida y las dos condiciones anteriores se cumplan, el pueblo, sobre todo aquel en la base de la pirámide social, se mantendrá tranquilo viviendo su vida cotidiana, sin oponerse al estatus quo.

Desde el  primer día, Chávez y sus colaboradores, diseñaron y construyeron una infraestructura de supervivencia política conformada por cinco pilares fundamentales a su servicio: el sistema judicial, el sistema electoral,  el complejo militar/paramilitar, y el aparato comunicacional propagandístico.

Una vez que los “planes estratégicos revolucionarios”fracasaron por su inviabilidad práctica, la estrategia mutó hacia un principio más primario: mantenerse en el poder a toda costa.

Sobrevivir en el poder año tras año, mes tras mes, día tras día.

Como un organismo biológico en plena competición evolutiva, el gobierno se vio en la obligación de ir mutando ante un ambiente hostil en constante modificación, que se manifestaba en periódicos nadires  y auges de hostilidades, que tal cual diferentes enfermedades biológicas, atacaban desde todos los flancos: ya sea las marchas del 11 de Abril, el paro de 02-03, el revocatorio de 2004, las revueltas estudiantiles de 2007, y así sucesivamente.

Para responder ante estas amenazas, el gobierno hipertrofió ciertos músculos, o desarrolló anticuerpos específicos a cada amenaza:

Ante el 11 de Abril, el gobierno atenazó a la burocracia, permitiendo la corrupción campante y creando una sociedad de cómplices, ante el revocatorio desarrolló las Misiones “sociales” (de chantaje) y creó un sistema electoral infranqueable e invencible para las fuerzas opositoras, ante los movimientos estudiantiles, creó sus propios movimientos estudiantiles, etc. Para cada institución, gremio, universidad o movimiento que surgía en su contra, el gobierno improvisó instituciones especulares paralelas que opacaran a las originales y las suplantaran  en una tribuna pública también artificial, destruyendo en el proceso todo lo que no se conformaba o no encajaba en la revolución.

Es dentro de este contexto y aplicando el principio enunciado por El Arte de la Guerra,  que el gobierno crea una red de distribución de comida barata que: suplantara a las comerciales tradicionales construidas por el libre mercado,  y  logre el doble objetivo de mantener a la gente “contenta” y leal, haciéndola dependiente del estado.

Al salir exitoso de cada una de las amenazas que debió enfrentar, el gobierno acumuló un acervo de tácticas y estrategias, que en cualquier momento podía sacar de su deposito de utilería y aplicar exitosamente a su enemigo (la oposición y el pueblo en general)  que por década y media se mantuvo dando tumbos de ciego, víctimas de la polarización, la desunión, de una culpabilidad falsa, el bajo autoestima y el chantaje histórico de unos “cuarenta años” satanizados.

La muerte, deificación y destrucción final

Con la muerte de Hugo Chávez, Nicolás Maduro, y el resto del politburó revolucionario, heredaron no sólo el capital económico, político y militar sino que también heredaron el acervo de estrategias que se diseñaron durante los años previos, y el instinto destructor.

En una continuación de la estafa política, el gobierno culminó de forma apresurada la canonización de Hugo Chávez, hasta convertirlo en una deidad pagana, cuya imagen, concepto, y hasta firma, sirvieran como “marca” comercial,  y como logotipo de identificación, como si de esa forma pudieran adjudicarse y transferirse a si mismos, la popularidad con la que contó el líder en vida.

Les sirvió por poco tiempo.

Salieron “victoriosos” de una nueva amenaza electoral en Abril de 2013, pero los nuevos vientos cambiaron definitivamente la coreografía del destino, tornándolo en su contra.

La oposición se unió. El petroleo bajó.

Y lo que en algún momento pareció ser una dinámica, vibrante e invencible fuerza política, quedó desnuda y no hubo quién pudiera avisarle.

Con el conocimiento inconsciente de que el final estaba cerca, y con la ausencia física de un verdadero líder que los limitara; esta fuerza desnuda y parasitaria, se dedicó a saquear lo que quedaba de riqueza, como un cáncer en  plena metástasis expandiéndose agresivamente en busca de la más recóndita célula que pudiera desahuciar, terminando de destruir lo que milagrosamente había sobrevivido a la primera fase, incluso llegando a destruir su propio sistema de distribución de comida.

Mostrando su verdadera faceta destructiva, llena de odio y envidia, el gobierno de Nicolás Maduro siguió aplicando el mismo acervo estratégico, las mismas tácticas de destrucción, las mismas consignas de división, que durante algún tiempo pasado y bajo diferentes condiciones funcionaron para prolongar su vida política, sin darse cuenta que ya conocíamos el disco rayado;

Y al no vencer, y al verse en retroceso, o en una huida hacia adelante, aplicó el yugo más despiadado de represión y hambruna, sometiendo a la población a una verdadera dieta revolucionaria, abundante en etiquetas, consignas y plomo, pero deficitaria en azucares, proteínas y vitaminas.

Aunado a la hambruna, ya sea por estrategia, odio, resentimiento, o gusto, sus “psicólogos” sociales exacerbaron la aplicación en masa de la indefensión aprendida:  Un mecanismo de dominación social enfocado en la degradación del individuo.

Acusaciones falsas, insultos, desasosiego, desmotivación, e interminables colas, es el maltrato necesario para despojar de valor al individuo, hacerle sentir a la persona que vale menos que un insecto, que no importa lo que diga, lo que piense, o lo que haga siempre será un esclavo, siempre será dependiente física y psicológicamente del estado.

Sin embargo, desafortunadamente para ellos,  todo tiene un límite.

El límite humano

Puedes degradar a una sociedad, y a los individuos que la componen, hasta llevarlos a su estado más larvario, a su estado más primitivo y animal. Sin embargo, cuando el ser humano se degrada a su estado más animalesco, también responde a sus necesidades más animalescas.

A sus instintos más animalescos.

El instinto de supervivencia. El hambre. La protección de la descendencia.

Es en ese contexto que la población venezolana finalmente reacciona. Una cosa es que  metan preso a unos estudiantes . Otra muy distinta es que la gente en los barrios, la mayoría de la población venezolana, pase su tiempo entero en busca de comida, que tenga que comer mangos podridos de la calle, o que tenga que hurgar en la basura para saciar el instinto de hambre que no da tregua.

En su arrogancia infinita, el gobierno se mantiene ciego ante esta realidad. Quizás es el odio que destila de sus poros el que le hace perder la capacidad perceptiva, o quizás es Dios el que enceguece sus ojos y endurece sus corazones, pero el hecho es que el gobierno acelera cada vez más hacia el borde de su propio precipicio.

Su ego llega al límite de negar la ayuda humanitaria, en nombre de la “Gloria y el Orgullo” de una revolución que nunca fue.  Incluso con la posibilidad que esta paño tibio de medicinas y comidas ayude a ahuyentar, al menos de a ratos, el fantasma de la venganza popular que se asoma amenazante por la esquina.

Son incapaces de percibir que al final, resultó ser su propia arrogancia, su propia ignorancia, el inexorable transcurrir del tiempo, o si se quiere el mismo Dios que su ideología niega, en sus designios ininteligibles, el que les ganó la escaramuza, la batalla y finalmente, el que les ganó la guerra.

Se niegan a aceptar con madurez y con altura que ya sea en semanas, o quizás meses, esto ha llegado a su inevitable fin.

Ahora, como la banda de criminales que siempre fueron,  ponen en práctica los ultimo intentos de encaramarse y aferrarse a las ramas del poder.

De atrincherarse en sus guaridas una semana más, un día más, una hora más.

De apertrecharse tras los últimos escudos humanos que les quedan, en el último rincón de su palacio solitario, de la última calle ciega,  en la cual ya no quedan arrugas por correr ni vidas por sacrificar,  y de la cual sólo podrán salir esposados y bajo custodia policial, para enfrentarse a los tribunales de justicia que tarde o temprano llegarán.

Es esta la psicopatología de un final sin gloria.

El desenlace de los Faraones, de los Cesar, de los Hitler, de los Mussolini.

De los Maduro.

MCH

 

 

 

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Médico. Escritor.

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