LA INESPERADA VIRTUD DE LA LOCURA

Nunca supe cómo me salieron esos trazos. Tenía las caras de Bolívar, Miranda, Washington y Robespierre, sobre el pizarrón. La tiza se partió varias veces, pero aun así dibujé facetas de las principales batallas. Es interesante cuando vamos a los detalles: artillería empleada, uniformes, rutas, estrategias…. Un representante miraba por la ventanilla. Su sonrisa parecía validar mi trabajo. Los de historia tenemos fama de aburridos, pero cuando hacemos algo inusitado, nunca hay testigos. Ahora, esa señora de ojos luminosos, es la excepción. Podría hacer una aproximación de su edad. Puede que tenga treinta y siete, más o menos. Quizá estaba en una reunión de padres y escuchó por casualidad mi disertación. No pudo evitar echar un ojo por la ventanilla. Es bueno que lo hiciera, es atractiva. Ahora me hace señas con la mano. Quiere que me aproxime. Me acerco y abro la puerta cortésmente. Es la mamá de Luis Quintero. Le digo que su muchacho es uno de los mejores. Desnuda unos dientes muy blancos. –Sí, lo sé, he visto sus notas, dice. Pero no va muy bien en matemáticas, ¿sabe usted algo de matemáticas? –Sí, sé algo, pero le puedo recomendar mejor un colega especialista. –No, quiero que sea usted. Quiero que vaya a la casa y ayude a mi hijo. Su inflexión sonó algo impositiva, pero dije que sí. Sólo los días sábados, le aclaré. Otra vez mostró sus bellos dientes. Sus ojos hicieron algo pícaro. Traté de traducir el gesto pero resultó imposible. Para mí siempre fue un acertijo la multiplicidad de formas de comunicación de una mujer. Solía malinterpretar la simpatía. Hacía todo un cuento dentro de mi cabeza.  La desilusión me ayudó a comprender, que no todas las chicas que hacen un rictus cordial, gustan de uno. Ahora, quién podría saber lo que esta mujer tenía en la cabeza.

Llegué a su casa el sábado como a las diez. Elvira me atendió como rey. Cada sábado me ponía más y más cómodo. Me hacía suculentas comidas. Se hizo demasiado espléndida y confianzuda para mí. Un día se me hizo tarde explicándole la tarea a Luisito. “No, tú no te vas, este sector es muy peligroso por la noche.” No tenía ropa de andar y me prestó la bata y las pantuflas de su difunto esposo. Me dijo que no había problema, pero no me gustó la idea. Comenzó a mirarme raro desde ese día. Era una mirada tierna y cristalina. Como si hubiese descubierto algo nuevo en mí. Cada sábado me llamaba Eulogio, y se disculpaba. Confesó que a veces me parecía demasiado a su finado esposo.

Apuré el paso con Luisito y en un mes concluí mi trabajo. Aprobó Matemáticas al terminar el lapso. Elvira me agradeció con un cálido beso cerca de la comisura. Ya no había razón para ir a su casa. Pero casi siempre se aparecía en el liceo con café, dulces y panecillos. Pensé en pararla, lo juro, pero esos panecillos con crema pastelera, me mataban. Un día comenzó a traerme el almuerzo en una vieja lonchera. Supe que había sido de Eulogio, por las iniciales grabadas. Los chicos comenzaron a notarla y bromeaban a mis espaldas. “Mira Luisito, tu mami le trae comida a tu nuevo papi”. Risas estruendosas. Lógico que el chico echara chispas.  No podía aceptar que alguien ocupara el lugar de su padre. Entendía su posición. Es más, me gustaba que pensara de esa forma. No  hubiera querido que se ilusionara conmigo. Cuando un niño sin padre se ilusiona, es triste partirle el corazón. Tampoco veía como compañera a su madre, sino como una amiga. Claro, una peculiar y extraña amiga.

Un día Elvira se presentó en mi casa. No puedo explicar cómo dio con ella. Nunca daba mi verdadera dirección, me avergonzaba de ese barrio maloliente. Robaban un pendejo cada media hora. Pero ella llegó ilesa y tocó la puerta. Le abrí y me quedé tieso y mudo por un instante. –Obvio que te sorprendí, ¿verdad? Ya era hora de conocer tu casa. -¿Quién te dio mi dirección?, le dije. –Tú mismo gafito, me respondió. –No, yo nunca Elvira… -Claro, no me la diste apropiadamente. Pero te dejaste seguir por mí, que es lo mismo. Cruzó mi sala. Llegó a la cocina y alzaba las tapas de las ollas. –Necesitas cocinar algo, soltó. Sacó una pasta de la lacena, peló unos tomates y plátanos. En media hora ya tenía el almuerzo. El aroma de la albahaca venció mi resistencia.  Siéntate en la mesa, me dijo. Obedecía sin comprender el influjo que ejercía sobre mí. Devoré el banquete. Se puso por detrás y sus manos me tocaban por todas partes. Me empalmé cuando su lengua traviesa se enrolló en mi lóbulo.  Me levanté y la tiré en la cama. Su falda salió rápido. El estraple casi se rompió.  Era fantástica. Sus senos eran fantásticos. Los amasé con suavidad. Los besé. Descendí por el largo tobogán central hasta la isla, oportunamente limpia y sin grama. Luego de gozarla, de gozarnos, encendió un cigarrillo. –Apágalo, le dije. -Relájate chico, respondió.  -En mi casa no se fuma Elvira. Es una de mis reglas.  Me vestí casi sin respirar, no me gusta el humo, no estaba cómodo, además tenía como rabia, arrepentimiento… –Vete ya, le dije. –¿Ahora me desechas, Julián? Después de divertirnos, de coger como locos. –Tienes razón, fui un loco al hacerlo contigo. –Te comportas igual que Eulogio. –No soy tu jodido Eulogio. –Para mí lo eres. –Estás loca. –Cómo quieras, pero no me iré. –Sal de mi casa, Elvira. -No, no me voy. Para tí es muy fácil, verdad, simplemente metes tu palito aquí y me botas. Pues no… Tendrás que sacarme… -O te vistes o te boto como estás… No me cuesta nada, eres un alfiler. Creo que captó mi determinación y por eso comenzó a vestirse. Se marchó soltando sonoras carcajadas.

Me sentí atrapado en un laberinto. Elvira me visitaba a cualquier hora. Tenía que mantener apagado el celular. Se aparecía en los autobuses y se sentaba a mi lado. Mi concentración en el trabajo disminuyó. Mis colegas lo notaron, hasta los chicos. Pero les diré algo, creo que yo tenía gran parte de la culpa. Porque algunas veces, esa soledad a la cual me había acostumbrado siempre, se hacía insoportable, aún más que Elvira. Y por esa razón, cuando tocaba mi puerta, le abría, y le hacía el amor, y dejaba que me dijera Eulogio. Luego la echaba otra vez de mi casa. Era tal mi desconcierto por esa dualidad en que se sumergía mi vida, que visité un sicólogo. Me dijo que la mujer que yo llamaba acosadora, no era más que una triste viuda sin amor. Que a ningún hombre le hacía daño una mujer así. Mis colegas comenzaron a decir lo mismo. Quién los comprende. Antes decían que esa mujer me tenía desenfocado. Ahora que es la solución a mi soledad. En realidad uno de mis grandes temores siempre fue envejecer y morir sin nadie a mi lado. Por eso la busqué. Le di una copia de la llave para que entrara a la casa cuando quisiera. Pero no fue suficiente. Ella quería que la vendiera y me mudara a su apartamento. Fue difícil para mí, pero lo hice. Comencé a vivir la vida de Eulogio. Encerrado en el noveno piso de un cubo de concreto. Poniéndome su ropa, sus pantuflas, durmiendo en su lado preferido de la cama y copulando con su viuda. Tal como un desmemoriado de mi propia existencia, asumí nuevas facetas. Embutiéndome lentamente en la piel del finado Eulogio. Hasta que un día como cualquier otro, simplemente, desaparecí.

GD Star Rating
loading...
LA INESPERADA VIRTUD DE LA LOCURA, 5.0 out of 5 based on 1 rating
Axel Blanco Castillo

Axel Blanco Castillo

Profesor egresado del Instituto Pedagógico de Caracas. Algunos de sus cuentos han sido publicados en portales literarios y en su blog Historietas y otras Veleidadeswordpress.com

Más posts - Website

¿Quieres publicar en panfletonegro? Este es un sitio participativo. Para escribir aquí sólo tienes que registrarte.
Cambiar fondo

Un comentario

  1. Hilario dijo:

    Me gusto su escrito.
    saludos

    ResponderResponder

    ¿Relevante para esta discusión?: Thumb up 0 Thumb down 0

Sugerencias:
  • Trata de ser civilizado. No digas cosas que no dirías cara a cara.
  • Cuando estés en desacuerdo, trata de argumentar en lugar de atacar. Por ejemplo, "No seas imbécil, 1+1 es 2, no 3", puede ser acortado a "1+1 es 2, no 3".
  • Trata de usar *, en lugar de MAYUSCULAS, si quieres **enfatizar** tus palabras
  • Trata de no quejarte si eres votado como irrelevante. No tiene sentido.
  • Trata de respetar el derecho que tiene cada quien de revelar -o no- su identidad.
  • Trata de ceñirte al tema. Si se habla de gimnasia y quieres hablar de magnesia, ¡publica tu artículo!
  • Si tienes un argumento muy largo, ¡regístrate y publica tu propio artículo!

Para insertar una imagen, escribe
<img src="https://direccionAtuImagen.jpg"/>

Para insertar un video de YouTube, coloca el link al video directamente

*

Top