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El paradigma del “pero mijaa que te pasaa yo soy más blanquita que tu” había venido dominando las ingenuamente acaloradas discusiones en los patios de recreo de las escuelas públicas. La brillantina bajo un sol tropical aceleraba la transpiración cervical y el color beis de la camisa beis sobre pieles beis y ocres tostadas no ratificaba el contraste cromático entre la piel y el algodón, sino todo lo contrario: los mimetizaba en un tono amarillo-ocre-Virgilio-de-Khan-sienna-tostado.

Ni el ambiente, ni los acentos de los gritos de apoyo de las fans y madrinas, ni el equipamiento deportivo, ni los refrigerios de los torneos de voleibol o futbolito de los circuitos educativos públicos del “Oeste”, se asemejaban las versiones privadas de las cotas más elevadas del “Este”. Sin embargo, había un elemento unificador: El modelo educativo estaba agotado, el teorema de Pitágoras era tan obsoleto como el libro de Álgebra de Baldor, por el lado científico; mientras que la historicidad de los libros de Historia de Arias Amaro era tan débil como la atención generalizada que se prestaba a las clases de Educación Social Moral y Cívica.

Era natural que un estudiante de bachillerato de Tinaquillo o del Alto Hatillo rechazara el aprendizaje para la resolución de problemas matemáticos. Los que se interesaban por eso no pasaban de una minoría alienada y con la cara grasosa, esos a los que la desanimada amiga secreta les regalaba una franela verde esmeralda 910, esos que terminaban y terminan siendo ingenieros, prepotentes, mala cama y barrigones expertos en rustiqueo contemporáneo, pesca de charco y mímica matrimonial mayamera.

Los humanistas de pueblo, los que usaban las infecundas bibliotecas públicas para robarse un Almanaque Mundial de 1985, un libro de estrategias de Ajedrez, o arrancar una página con las especificaciones de un avión caza Tomcat F-14 de un fascículo de Armamento y Poder Militar, compartían su alienación con los humanistas urbanos, esos que engañaban a sus padres para comprar barajitas de álbumes del cuerpo humano, o de mundiales de fútbol para extasiarse secretamente con los rostros de jugadores europeos mientras sus padres miraban películas de Omnivisión canal 12.
El hecho de que la educación pública y privada haya sido un fracaso, o de que el primer bosque urbano sembrado junto al Hipódromo la Rinconada haya sido salvajemente invadido hace no muchos años, tienen como denominador común la implantación bicentenaria del Socialifato como modelo político y social.

Como en el Imperio Almohade en Marrakech entre 1145 y 1269 o como Husayn ibn Ali, jerife de La Meca, tras la caída del Imperio Otomano, Venezuela siempre ha tenido un “príncipe de los creyentes” como gobernante, es decir, nuestro Miramamolín de turno, desde Cristóbal Mendoza, o el Rashidun Bolívar; pasando por las dictaduras almorávides ortodoxas andinas y los hermanos Monagas, Emires de Amara de Tamarindo, hasta el Califa de Sabaneta, el comendador imam de la actualidad y el Sultán que vendrá después.

Ni las letanías estructuralistas, ni el lloriqueo latoso de Eduardo Galeano, ni las revoluciones de Octubre, de Abril, ni el Liberalismo Amarillo, ni la Guerra Federal ni el Cerrorismo Bolivariano del Siglo XXI han desechado el modelo del Socialifato. Dice Grínor Rojo: “Un poco después, a la cabeza de la segunda ola de los poscoloniales, Edward Said retoma y ahonda en la misma intuición, pero con un añadido. Said tiene ahora delante algunos de los resultados del esfuerzo que desplegaran los movimientos de liberación nacional, que no coinciden o no lo hacen necesariamente con las esperanzas de Césaire y de Fanon. Hace, por eso, su crítica, cuyo centro es la acusación del abandono de una política valiente y creadora por parte de quienes se encaramaron en los puestos de poder con posterioridad al triunfo de la revolución.”

Socialifato para rato.

En palabras de Hegel:
“un pueblo pertenece a la historia universal (ist nur Welthistorisch) cuando en su elemento y fin fundamental hay un principio universal, cuando la obra que en él produce el espíritu es una organización moral y política. Cuando solo el deseo es el que impulsa a los pueblos, este impulso pasa sin dejar vestigios”

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2 Comentarios

  1. Armand Von Dermond dijo:

    Muy buen artículo, escrito con una ironía que pica y se extiende hasta el final que es de tragicomedia cubazuelana. Bueno para los mentecatos clase media opositores, que creen que usando las redes podrían salir de este Califa bigotón y su corte de Alí Babá y sus cuarenta ladrones. La podredumbre viene de antes, de hace muchoooo! Y muchos la llevan sobre sus hombros creyéndose sin mancha.

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  2. Juan Diarrea dijo:

    A veces… A veces no sé si esta gente siente que llenando los artículos de tecnicismos, palabras rebuscadas, referencias oscuras a historia y neosarcasmos demuestran inteligencia o profundidad. Te digo una broma, mas allá de la crítica que te pueda hacer el articulo si está bueno, te di 5 estrellas.

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