Estudio del trasplante y la Frenología del bigotico

carlitos

Quand on aspire à la gloire, il faut se faire lire à Paris; quand on veut etre utile, il faut se faire lire en province
Jean-Jacques Rousseau
Carlitos Gonzalez, enfocado en primer plano y haciendo comentarios sobre béisbol o boxeo, parecía un televisor dentro de un televisor. Entre 1982 y 1990, su cara cuadrada detrás de la montura de unos lentes también cuadrados, como un Trinitron Sony pero sin tecnología de tubo de rayos catódicos, era una suerte de paradigma fisonómico del comentarista.
En sus estudios frenológicos de principios del siglo XIX, el neuroanatomista alemán Franz Joseph Gall planteaba que las formas del cráneo, la cabeza y las facciones determinaban el carácter y los rasgos de la personalidad del individuo. Siguiendo esta idea, el oriundo de Tucupita tenía cabeza y cara no sólo de periodista deportivo sino de comentarista.
A diferencia de sus colegas narradores, como Delio Amado León o Pepe Delgado Rivero, Carlitos Gonzalez no tenía bigote, mientras que los primeros sí. Cabe preguntarse: ¿Por qué los narradores de entonces usualmente tenían bigote y los comentaristas no?
Según su historia, el bigote ha sido considerado símbolo de hombría y virilidad, pero también es indicativo de clase, sabiduría, autoridad o poder según el momento y la sociedad donde se le ubique.
El bigotico, como versión más rasurada y con la técnica auxiliar de las cuchillas, se remonta al look del Mayordomo Keti, durante la Dinastía VI en el antiguo Egipto.
Menos elaborada, como frenazo de bicicleta después de pedalear por la célebre mancha negra del viaducto hacia La Guaira, es la versión venezolana del bigotico, degeneración del bigote del tipo natural del Libertador y del mostacho de estilo húngaro del general Gómez.
Muchos mecánicos, efectivos policiales, delincuentes, choferes de camioneticas, algún tío o primo de los menos favorecidos en familias grandes, quinceañeros que no han dado el paso a la Gillette, el Café Martínez (entre otros beisbolistas), motorizados, jugadores de dominó y chapitas, propietarios de quincallas costeras, operarios de peñeros, empleados de panaderías, vigilantes, empleados del Metro o Luís Silva, entre otros; son exponentes del bigotico criollo, y, al mismo tiempo y sin alejarse de la Frenología de Gall, presentan los semblantes, las representaciones, los talantes y las cualidades del individuo de bigoticos, difícilmente atribuibles a la sabiduría, y muy probablemente asociados a la masculinidad o a convenciones populares de clase.
Con el fenómeno migratorio de años recientes, muchos de los jóvenes venezolanos que han cruzado las fronteras del Mar Territorial del país se han influenciado del uso moderno del bozo, adoptándolo como parte de un look que incorpora otro tipo de elementos como monturas de pasta Ray Ban y ropa de segunda mano. Como mangos injertos del Estado Portuguesa empaquetados en el exterior, e influenciados por tendencias de metrópolis desarrolladas, los jóvenes criollos adoptan ese “valor agregado” en forma vellosa, emulando una desvergüenza ajena de una juventud occidental reciclada y sin ningún motivo que no sea el de la copia de una creencia vacua heredada del siglo pasado. Decía Bertrand Russell sobre la juventud de los años 30: “Si la juventud occidental de hoy en día reacciona sólo por cinismo, debe haber una razón especial para esta circunstancia. No son solo los jóvenes incapaces de creer en lo que les dicen, sino que parecen incapaces de creer en cualquier cosa.”
Como sujetos trasplantados de sus orígenes a sus orígenes, con sus caras y actitudes de precoces pronosticadores hípicos o de concejales juveniles de Cúpira, viajan al exterior para sumergirse en una ponchera de agua post-moderna y se dejan la vellosidad con un fin traicionero y presumido, como si el bigote los redimiera del look originario y los emparentara con los amuletos tardo-hipsters de Dalston, Le Marais o Brooklyn. Como si Carlitos Gonzalez, con su cara de mago de la cara de vidrio, hubiese aspirado a la gloria de ser galán de novela, dándole la espalda a su naturaleza útil de comentarista.

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2 Comentarios

  1. Gordon Garcwyn dijo:

    Yo he visto también lo contrario. Yo he visto en Camden hippies con ruanas peruanas y alpargatas que alguien en Camaguan no se atrevería a ponerse. No solo de bigote criollo viven los que posan ni todos los que posan son criollos.

    Los primeros hippies de Ibiza tomaban la pinta miserable, lo que incluía la ropa, de los campesinos (los payes) de la isla porque era “autentica”. Algo solo puede ser verdaderamente autentico cuando no es único. Dudo que los payes tuvieran muchas opciones en su vestimenta.

    Luego la isla fue tomada por ravers cuyas señas venían de ese improbable lugar llamado Detroit a miles de kilómetros de distancia. Lo que describes es más universal de lo que tu crees. No hay nada más auténtico que un país hermético, por ejemplo Corea del Norte.

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  2. mads75mads75 dijo:

    Si, esas adopciones de Norte a Sur, como hippies con ruanas de alpaca o quien sabe en un futuro lo más probable es que venderán chaquetas militares norcoreanas en Camden. Lo de Ibiza fue un technocolonialismo total, como el de Goa, supongo que allá también adoptaron las ropas esas indias, o como esa gente que viaja a Nepal y monta una tienda de cosas de allá en Europa., etc etc..

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