Festival de la Lectura Chacao 2014: Postal de la cobardia

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El día de ayer, el payaso massmediático Residente, vocalista de Calle 13, convirtió su pautado concierto en el Palacio de los Deportes de Ciudad de México en un acto “político-cultural” en solidaridad con los normalistas masacrados en Ayotzinapa. Viéndolo, más allá de la repulsión que me causa este ícono de la contracultura latinoamericana, no dejaba de pensar en la contracultura como negocio, en la hipocresía de un pelele mediático que sabe muy bien que debajo de sus “provocaciones” solo hay un negocio redondo. Es un tema que me fascina: la contracultura. O mejor dicho: su límite como negocio. Decía Joaquín Ortega en un libro de entrevistas llamado Dilemas del presente, compilado por Iván Loscher hace ya varios años, que el gran movimiento comercial del capitalismo fue ése que logró que la contracultura y sus códigos terminaran absorbidos por el sistema que decían combatir, y como este proceso demostraba el ingenio del sistema capitalista. Recuerdo que cuando leí aquel libro, aunque el razonamiento de Ortega me parecía brillante, había algo que no me terminaba de cuadrar; y es que creo que dicha absorción, más que una muestra de la debilidad de la contracultura, era una prueba de la fortaleza de la democracia. Dice otro escritor, Coetzee, en la parte ensayística de Diario de un mal año, que la democracia es totalitaria en sí misma, ya que no admite que grupos que quieren destruirla sean parte de ella. Pero eso no es cierto, el surafricano se equivoca: si algo tiene la democracia (al menos teóricamente) es su tolerancia a las ideas que le son contrarias. Y aunque aquí caigamos en la paradoja de la tolerancia de Popper, lo cierto es que democracia, como decía Yoani Sánchez, es ese sistema que te da la libertad de poder decir a viva voz: “Aquí no hay democracia”.

Personalmente, y aun entendiendo esa contradicción: francamente me gusta vivir en ese sistema. Porque soy un demócrata y además un liberal. Me gusta que en Estados Unidos, Eminem aparezca en los premios MTV diciendo “Bush must die”, y que el efecto de eso sea que sus discos se vendan mucho más que el día anterior. Mientras que en Cuba, basta que Gorki Águila diga algo parecido sobre Fidel, para que lo lleven a la cárcel y lo persigan. Esa pequeña diferencia me gusta y la defiendo.

Anoche, viendo el show del bichito ese de Calle 13, no dejaba de pensar en la palabra cobardía. En lo cobarde que es el cantante de ese grupo, quien asume las causas políticamente correctas, mientras calla, de manera ensordecedora (valga el oxímoron) ante casos como las brutales violaciones a los Derechos Humanos durante las protestas en Venezuela de febrero y marzo de este año. Hay algo tan cobarde y baboso en ese señor y su posesita de Juanito Alimaña con conciencia social, que me resulta totalmente repugnante y despreciable. Sobre todo, porque el dolor de las familias de esos 43 jóvenes es real, tan real como esa intolerable masacre ocurrida en ese país dominado por el narco y la mafia, por esa dictadura perfecta que Vargas Llosa denunciara hace más de veinte años. Jugar así con el dolor ajeno, es imperdonable.

Hoy pasó algo que me ha retrotraído ese sentimiento. Hace algunas horas, mientras se desarrollaba el Festiva de la Lectura Chacao 2014, hubo una segunda protesta en ese evento. Quiero ser muy claro con esto: una segunda protesta en ese evento. Y es segunda porque la primera ocurrió durante todos los días en que se desarrolló la feria. Desde el mismo primer día, a la altura del obelisco, unos jóvenes han estado realizando una protesta pacífica, enarbolando fotografías de cada uno de los asesinados durante la masacre que el Estado venezolano perpetró a principios de año; recordándonos, en medio de la feria, que esta no es una feria normal y tranquila, que no es un evento que pretenda mirar hacia otro lado mientras se finge civilidad y paz. Por el contrario, la presencia de esos chicos allí ha sido, por mucho, lo mejor de una feria disminuida en lo económico, una feria que nació herida en una economía en declive, con un país en el que no hay ánimos de nada.

La segunda protesta ocurrió hoy: unos veinte jóvenes trancaron la avenida frente a la Plaza Francia de Altamira y además amenazaron con llevar la protesta a la feria, lo que llevó a la suspensión temporal de la misma. Temporal, porque luego del conato de protesta, algunos stand reabrieron, aunque muchos decidieron recoger su mercancía y retirarse, en la que ya era la última jornada del festival.

Hasta aquí, esto quedaría como un incidente más de la larga lista de torpezas cometidas por los manifestantes opositores. Pero no. Resulta que ante la indignación de libreros, editores, escritores y lectores que estaba en la feria y que debieron suspender sus actividades, se desató un vendaval en twitter, que me ha recordado esa palabra: cobardía. Y otra más importante: fanfarronería.

“En las calles”, había veinte chicos. No más, no menos. Lo sé, porque allí estaba yo, junto al director de Ígneo. Estábamos porque este es el primer año que tuvimos presencia en la feria. No con un stand propio, sino colocando nuestros libros con otro distribuidor. Ayer tuvimos una buena firma de libros, y hoy estábamos atendiendo asuntos de la editorial. Como suele ser habitual cuando se conversa cualquier tema relacionado con la economía, la conversación versaba, siempre, sobre qué esperanza hay de invertir en un país quebrado y sin expectativas de futuro. Al final, como también suele ser habitual, concluíamos en lo mismo que he terminado siempre: en que sí, que el mejor acto de resistencia en este país es seguir emprendiendo, con todo en contra, para así no depender del Estado.

Cuando se depende del Estado se pierde todo, principalmente la libertad de elegir. Y de hecho, por si no se han dado cuenta, parte de la inamovibilidad del país, parte de la razón por la que “nadie reacciona”, tiene que ver con que muchos venezolanos dependen del Estado y son chantajeados para que no se opongan al gobierno, so pena de quitarles el sustento. Es esa la razón del enorme voto rural del chavismo; es esa la razón de que muchos medios de comunicación hayan decidido aliarse con el Estado para garantizar su sobrevivencia; es esa la razón por la que Farmatodo decidió aceptar la política de racionamiento estatal antes que quebrar. En el caso de la cultura, todo es más grave:

Parte del problema estructural de la cultura en el país es que buena parte de ella ha dependido siempre del Estado. Y eso no está mal visto. Al contrario, Monte Ávila, como editorial estatal, parecía ser el horizonte de todos los autores venezolanos. En los años del chavismo, sobre todo al llegar Farruco Sesto al Ministerio de la Cultura, se desató en Venezuela una enorme persecución contra cualquier pensamiento disidente en las instituciones culturales del Estado. Solo durante el surgimiento de la lista Tascón, cientos de trabajadores culturales fueron despedidos por haber firmado. Parte de la enorme diáspora migratoria del país tiene que ver con al sometimiento de la industria cultural. Al cerrarse los espacios del Estado y convertirse en centros de propaganda, a veces de un estalinismo despreciable, muchos artistas que irresponsablemente habían vivido toda su vida de subsidios y de instituciones estatales, debieron entender, a los golpes, que era imperativo tratar de construir una industria cultural privada. Y esta ha surgido, pero también ha ido muriendo a lo largo de estos años. Creo que en la conciencia de los escritores ya está bastante claro que no pueden depender de Monte Ávila, bienales, premios y becas oficiales. Y no sólo es una cuestión de conservar la libertad intelectual; es también un asunto de responsabilidad, de creer que se puede construir una cultura no parasitaria, que el creador no es solo un señor que trabaja, sino que también crea industria, crea empleos y entiende que no debe vivir de los impuestos ajenos. Es un asunto de principios, al final.

Desafortunadamente de ese impulso, o más bien, contra ese impulso, se impone la realidad de un país que cierra las puertas. Escasez de papel para imprimir, trabas arancelariasamenazas veladas y directas, y una economía inflacionaria e hiperdevaluada, que impide la reinversión, que obliga a las industrias culturales a sobrevivir, antes de pensar en crecer y/o innovar. Es triste tener ganas de trabajar mucho y no tener opciones para hacerlo. Saber que existe el talento y la voluntad, pero no las condiciones. Es desalentador y triste. A veces provoca tirar la toalla. Sin embargo, sigue habiendo cierto espíritu en mucha gente.

Sin ir muy lejos: el primer libro de la colección de poesía que dirijo, lo escribe un pana que está luchando por mejorar su salud, al que el país le ha negado la atención básica y que anda buscando medicamentos que escasean y que son vitales para su mejoría. Y sin embargo, el hombre sigue escribiendo, hace días se ganó un premio con el que será su segundo libro. Ese espíritu creador que se mantiene hasta en periodos de guerra, debe ser honrado. Debemos resistir, aún con todo en contra. No solo para que la muerte no tenga la última palabra, sino para reivindicar la cultura independiente como un acto de irreverencia al Estado. Hablo a título muy personal: yo me negué hace muchos años a ser parte de cualquier cosa relacionada con las instituciones culturales del Estado. Hubo dos razones. La primera, mis principios liberales no me permiten mantenerme con subsidios; es hipócrita que me oponga al parasitismo estatal, y al mismo tiempo ande participando en los concursos, becas o publicaciones del Estado. Pero la segunda razón, la que me salió del alma, vino cuando vi a algunos de los venezolanos más talentosos que he conocido, gente de pinga y talentosa, panas que querían echarle bolas a este país sin ceder al popular arte de la mediocridad, tener que irse de Venezuela con el rabo entre las piernas, luego de que sus proyectos culturales fuera destruidos por la barbarie oficial. Haber visto a mis panas que trabajaban en museos, en editoriales, que escribían, que pintaban, que hacía música, yéndose, no migrando sino huyendo de un país que los echaba a patadas, me cambió la vida. Yo supe en ese momento que ser parte de cualquier mínima cosa relacionada con el Estado, era hacerme cómplice de este mierdero, y eso es algo que no me iba a permitir. Preferí pasar años esperando para publicar mi primer libro. Preferí calarme los insultos de “resentido” que me soltaban cada vez que criticaba las militaristas ferias del libro del gobierno. Preferí pasar trabajo, vivir matando tigres, dedicarme a cosas que no me gustaban, antes que obtener una comodidad económica a cambio de callarme la boca y pasar agachao; como desafortunadamente hicieron otro grupo de mis amigos creadores, quienes a cambio de un subsidito le vendieron el alma al diablo.

Y es por eso que uno reivindica el Festival de la Lectura en Chacao. Más allá de si me gustaron o no algunos de sus eventos, más allá de la poca oferta, más allá de la ausencia casi absoluta de importaciones, más allá de que ni siquiera hay precios de feria, más allá del ánimo esmirriado que hay en muchos. Si no resistimos a la barbarie del sector cultural, si no reivindicamos la cultura independiente, estamos muertos. Nos moriremos y tendremos que irnos del país o fusionarnos con el aparato propagandístico que los comisarios de la cultura oficial han creado sobre la censura, la exclusión y la persecución de cientos de trabajadores culturales, a quienes he visto quebrarse en cinco pedazos ante un despido, ante un chantaje. Sobra decir que yo ya decidí, y lo hice hace mucho: si al final lo que queda es el Estado, pues conmigo no cuenten; prefiero dejar de escribir antes que cualquier texto mío se acompañe del puto sellito ese del Ministerio de la Cultura, que solo es sinónimo de persecución y atraso. Así de simple. Así de complicado.

Entonces, volvamos a la feria. Les decía que Álvaro y yo vimos a los veinte jóvenes y al rato, vimos como cerraban los stands, como se acababa la feria. Luego empezó el show en redes sociales.

Yo de verdad no sabía que en el sector que dice ser radical (hay que recalcar esto: dicen serlo, pero no lo son realmente, como explicaré más adelante) había tanto prejuicio provinciano anti-intelectual. No sabía, de verdad, que la cultura les resultaba tan ofensiva y que les acomplejaba tanto así. Porque aunque ciertamente en la reacción de algunos escritores ante el cierre de la feria hubo las típicas reacciones arrogantes de quienes creen que leer “te hace mejor”, o que la cultura es un asunto de gente elevada moralmente. Aunque es verdad que el culto a la cultura es algo igualmente provinciano y atrasado. Aunque es cierto que el que realmente lee mucho sabe que leer no lo es todo (es lo primero que nos enseñan los libros). En la reacción contraria hubo algo que, si no fuera por la cobardía, podría llamar fascismo. Pero no, el fascismo es algo serio, y esto fue solo una fanfarronada patética y lastimosa.

En las calles había veinte jóvenes, en las redes cientos de pajúos tuiteado: “COMO ES POSIBLE QUE PREFIERAN UNA FERIA ANTES QUE SALVAR Y LIBERAR A VENEZUELA”, “AY SÍ, LOS SIFRINOS QUEJÁNDOSE DE QUE NO LES DEJARON LA FERIA ABIERTA PARA COMPRAR LIBROS DE PAULO COELHO”, “LO QUE LES DUELE A LOS ESCRITORES ES QUE LE TUMBAMOS EL NEGOCIO, PREFIEREN HACERSE RICOS VENDIENDO LIBROS QUE APOYAR A LOS QUE DEFIENDEN LA LIBERTAD”, “LA CULTURA NO ES NADA SIN ACCIONES VALIENTES COMO LAS DE ESOS JÓVENES”, “¿Y TÚ QUE HACES MARIQUITO, SOLO LEER POESÍA? A LA CALLE YA”, “MÁS IMPORTANTE QUE UN PEAZO DE LIBRO ES LA LIBERTAD DE VENEZUELA”.

Y así, en mayúsculotas, en un derroche de tetosterona 2.0 que se parece mucho, ¡demasiado!, a las payasadas del señor de Calle 13. La misma ridiculez: una rebeldía políticamente correcta y bastante cobarde. El que se rebela para obtener RT, el que se rebela desde su casita, como el buen pusilánime, mientras ve a otros haciendo el trabajo sucio. Porque, de nuevo, allí había veinte jóvenes, mientras que los apoyadores están en sus casas, rascándose las bolas con una mano y fanfarroneando estupideces en su smartphone con la otra. Igualito al joven contracultural que se compra una camiseta con la imagen del sub-comandante Marcos, pero jamás abandona su vida burguesa, en su país del primer mundo, para irse con un fusil a Chiapas y unirse a la guerrilla. Por cierto, eso también lo hace el celebérrimo cantantucho de Calle 13.

Este derroche de orgullosa ignorancia no sería tan grave si no se me pareciera demasiado al discurso oficial. Ese discurso que me dice lo que es y lo que no es cultura, cuando puedo y cuando no puedo pensar en el país, ese discurso oficial que tiene a miles haciendo interminables colas para comprar un medicamento, porque precisamente para el Estado no puede haber libertad de elección, son ellos los que deciden que “la patria” es más importante que los ciudadanos. Ah, y antes de que digan que escribo esto para defender “los millones” que teníamos en la feria, les cuento que ayer terminamos casi por completo nuestras actividades allí, con una firma y vendiendo casi todos los libros que teníamos previsto vender allí. A nosotros no nos hace daño lo ocurrido hoy. Y otra cosa: hay que tener el cerebro del tamaño de una mosca para creer que en Venezuela alguien se hace rico escribiendo. No sean ignorantes, vale.

Ahora bien, aparte de la cobardía, ¿por qué creo que estos radicales no son tales? Bueno, porque si lo fueran emprenderían acciones verdaderamente radicales. Por ejemplo, cuando el Presidente de China, Xi Jinping, vino a terminar de hipotecar a Venezuela, ninguno de estos valientes salió a apedrear la comitiva que lo tuvo como huésped en Venezuela. Eso es lo que harían unos verdaderos radicales. Los bolichicos, esa manada de corruptos que han saqueado al país y que son culpables de los apagones y del deterioro de nuestro sistema eléctrico, viven tranquilos en urbanizaciones de clase alta, donde no son caceroleados ni perseguidos por nadie. Los radicales solo cacerolean a Winston, en grupo, cuando se sienten protegidos. De hecho, es común ver a los más connotados corruptos de Venezuela en las páginas de “sociales” de la prensa, departiendo con los mismos fanfarrones que aplauden las guarimbas. Hace no mucho, la hija de Tobías Carrero celebró un obsceno matrimonio en el este de Caracas, y que yo sepa no hubo guarimbas que se lo impidieran. Uno juraría que si en la oposición hubieran verdaderos radicales, estos saldrían a, como mínimo, hacerle la vida imposible a esos corruptos. Se me ocurre que los saquen a patadas de esas urbanizaciones al grito de “no aceptamos su cochino dinero aquí en el country”. Pero no, nada de eso: los radicales siempre destruyen aquello que saben que no será defendido, por eso se lanzan contra unos libreros y unos niñitos que estaba jugando en la plaza, pero se cagan cuando el Presidente del imperio chino viene a confiscarle lo que les queda de país.

Ah, por cierto, radicales, no sé si se enteraron: pero el gobierno también hizo una feria del libro. Ustedes no fueron. Seguramente les dio miedito porque no iban a tener enfrente a la policía de Chacao, que bien saben que no los va a agredir. Bueno, yo sí fui: en esa feria las pancartas no eran, como las que había en la de Chacao, recordando a los fallecidos. No amiguitos, en esa feria que ustedes no fueron a sabotear, habían unas pancartas que se soslayaban en la dignidad de los muertos, que negaban y se burlaban de las protestas. Yo estuve allí, y escribí esta crónica. Esa es la feria en la que yo jamás estaré exponiendo ni vendiendo nada, porque mi lugar en el mundo es del lado de la cultura independiente, no de la cultura que se basa en la imposición.

Es más, me la juego: apuesten lo que sea a que en el circo ese que comenzará el próximo viernes, auspiciado por la Alcaldía de Libertador, en un dispendio de recursos públicos verdaderamente obsceno, no veremos ninguna guarimba que impida que el festival musical que le da la espalda a los jóvenes asesinados a principio de año, y que servirá para lavarle el rostro a quienes los mataron, se desarrolle con normalidad. Estos radicales se alzan contra una disminuida y alicaída feria, atacando así al débil, fanfarroneando en internet, boconeando, como cobardes desde sus casas, mientras veinte chicos desorientados son los únicos que dan la cara… bueno, la máscara de Fawkes que se compraron en el stand de comics del mismo festival que querían impedir.

Este radicalismo de papel lustrillo, esta fanfarronería, este ejercicio de cobardía tan pusilánime y cretino, no merece mi respeto. El día en que quieran ir a quemarle la casa a Cisneros por haber puesto el principal canal de TV al servicio del gobierno y sus dictatoriales intereses, me avisan y le echamos bolas; pero ir a joder a unos pobres tipos que tuvieron que salir corriendo con dos cajitas de libros a resguardarse mientras los desalojaban, es de cobardes. Lo de hoy fue un retrato de la ignorancia y de la cobardía.

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John Manuel Silva

Escribo... No sé si mal o bien, pero al menos trato de hacerlo honestamente. Página personal.

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4 Comentarios

  1. Pablo Ortega dijo:

    Creo que este artículo, pese a señalar varios problemas presentes en el país y en la oposición radical, comete ciertos errores debidos al sesgo del autor:

    1) Atribuye al fascismo lo que no es más que desesperación ante la dura situación en la que vivimos. Una desesperación que anula cualquier esfuerzo de tolerancia con todo aquel que parezca un cómplice de la situación actual. Por esos mismos motivos, siendo sincero, es que siento un profundo desprecio por Henrique Capriles, por incoherente, cobarde y saboteador a la movilización popular democrática. Pero ya discutir si Capriles es realmente responsable de que el chavismo siga en el poder es otro tema. El punto es que se está exagerando, y feo. Como cuando el mismo John dijo en febrero que los guarimberos eran nostálgicos de Pinochet, cuando en realidad, excepto el grupito de radicales perezjimenistas de siempre, la mayoría es sinceramente demócrata y no se han lanzado por lanzarse. Decir, luego de lo que pasó en febrero, que existe gente que solo son “guerreros del teclado”, es una gran injusticia.

    2) Lo antes dicho, no quita, que efectivamente la guarimba era un acto cobarde. Cobarde sobre todo en el sentido de mucho guarimbero que se las daba de “guerrero” y se caía inútilmente a piedras con los pacos. Siempre he pensado, que si era por una línea insurreccional auténtica, debíamos marchar a las sedes del Estado-Gobierno, y protestar allí, e incluso tomar y atrincherarnos en las plazas Bolívar del país. Los campamentos fueron una versión muy light de este último plan, y fueron tan ingenuos que no pudieron crear siquiera un sistema de vigilantes y alarmas nocturnas para evitar lo que finalmente pasó. La guarimba podría haber sido efectiva, aunque bastante riesgosa (suponía renunciar al barrio, que, no se olvide, son en buena medida trabajadores temporales y buhoneros), si no hubiera caído en la ridiculez de considerar “heroico” un combate inútil, y para colmo, exaltar dicha ridiculez con un farandulerismo digno de Venevisión.

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  2. Pablo Ortega dijo:

    3) Todo este discurso sobre la protesta que hubo en Altamira depende de que si los chamos de verdad quisieron sabotear o no la feria del libro. Según dijeron algunos de ellos en Twitter, parece que su intención era solo trancar una de las calles de Altamira con sus propios cuerpos, previo acuerdo con la PNB, y no querían tocar a la feria. Claro, si el autor estuvo presente, sería bueno que nos contase si efectivamente se apareció un grupo de encapuchados en la feria amenazando con joderla.

    En el primer caso, la reacción que se provocó fue exagerada. En el segundo, es justa.

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  3. Daniela Funes dijo:

    Excelente artículo, alguien tiene que decir las cosas como son, gracias.

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  4. Troll de quinta dijo:

    Con dos cojones…

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