El adulterio nunca admitido

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El adulterio nunca admitido

No tengo mayor temor que el de la página en blanco. Aquella en la que la soledad está impregnada, y donde historias faltan para llenar lo que los días y la mente no pueden. Entonces me siento, escribo palabras y me engaño a mí mismo, imaginándome esa vida paralela en la que sigue a mi lado. Ahí, luego de despertar, mientras bebo mi café, me mira con sus ojos tan llenos de cariño, de amor. Sí, coño…aún ella está aquí… tal vez si me lo sigo repitiendo se hará realidad.

Miro a la puerta. Un minuto, dos minutos, veinte minutos. Nada. No, me toca aceptar que ella se fue, que la perdí. Y que lo que me quedan son recuerdos, cabellos en la cama, su aroma en mis fundas, y esa notita que me dejó antes de salir aquella noche-“Adios”

Yo no estaba, había partido a emborrachar la pena moral que sobre mí yacía. Los hombres no podemos aceptar que nos descubran una mentira. La negamos como un niño de 5 años le miente a su madre, sin argumentos, sin razón…sólo decimos NO, NO…YO NO SE…lo gritamos a ver si nos creen. Pero nada, porque aunque decimos NO, nuestra cara de pendejos es inocultable.

“¿De quién coño son estas panties?” Que mi esposa diga “coño” indica que algo va mal. Ella siempre tan cuidadosa de ser una dama. La frase aun no la entendía, a veces tengo que darle a mi cerebro unos segundos para que capte los sonidos. “Panties”. La puta madre, ¿y ahora qué digo? ¿Con que mentira me escapo de esta emboscada en la que yo mismo me he metido?

Ella apareció de pronto frente  a mí, que estaba en la cocina, sosteniendo aquella prenda íntima de mí amante Yuribithsay en sus manos. La reconocí, que rico fue esa noche cuando sucumbí ante su cuerpo de aspirante a modelo y actual promotora de una marca de cerveza. En medio de esas curvas, ese cabello, esa belleza de chica tonta que cree que yo soy un buen hombre. También recuerdo que Yuribithsay se fue muy apurada, al mi mujer mandarme un texto informándome de su regreso a casa. ¿Y por qué no me dijo que había perdido sus panties? ¿Acaso me quería arruinar?

Ví que Sofía temblaba de la rabia. Su cara estaba roja, sus ojos me miraban con desprecio y decepción. Miré a mí alrededor y me preocupó la cercanía de tantos cuchillos e instrumentos punzantes, aunque no creí que se atreviera, igual tenía algo de miedo.

Le dije, “Yo no sé, mi amor. ¿No son tuyas?”. Ella contesta con fuego en la garganta “Eres un hijo de puta, cínico”

Repetí incontables veces la frase- “Reina, por favor, ¿Cómo vas a pensar eso de mí?”- pero ella sabía. Ella sabía que mis palabras eran una máscara. Eso sí, nunca lo admití. Me mantuve gritando: NO. Y cuando salí, la vi a los ojos y le dije: “Actúas como si no supieras el hombre que soy”…que lleno de falsedad estoy…ella tiene razón, soy un hijo de puta.

Cuando regresé harto alcoholizado, vi la notita y me reí. “Volverá”, me dije a mí mismo. Hoy, ya despierto, con la resaca retumbándome en las sienes, es que empiezo a admitir, que empiezo a saber, que todo lo jodí.

 

 

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