Recuerdo cuando nos echamos en la hierba aquella tarde transparente en que llegué a París. Me acuerdo del sentimiento de necesidad que tenía por tu voz, me recuerdo contigo entre toda esa gente hablando en otra lengua, recuerdo como cada una de las personas iba desapareciendo y sólo quedábamos tu, la hierba, el sol, los pájaros, yo y nuestras palabras. Palabras que no tenían un lenguaje específico, que no tenían geografía, infinitas en edad, puras en claridad, divinas en santidad. Palabras mágicas en la ciudad mágica dónde la gente desaparece a voluntad.

Recuerdo la sensación febril de cuando fui a los museos solo mientras tú pasabas los primeros días en París. La necesidad de verte mezclada con la incertidumbre de tu amor me impedía concentrarme, vagaba buscando furioso algo que me sacara del trance, que me quitara el mareo, que me permitiera pensar en otra cosa que no fueses tú. Recuerdo esa sensación en Viena sin ti, recuerdo como todo perdió sentido, como estar en Schonbrunn no valía para nada si no lo compartía contigo.

Me pregunto ahora qué pasaría si viajo sin ella, ¿Será posible el disfrute de una ciudad sin ella?, ¿Será como dice K., que con cada persona descubres una parte distinta de cada ciudad?, me gusta la idea, aunque no me convence que si alguna vez voy a París con otra persona -en el mismo plan- no vaya a acordarme de ella en cada esquina, ni sufra por su recuerdo. En alguna parte de mi cerebro, ambas -la ciudad y la mujer- están vinculadas hasta el punto en la separación quirúrgica podría ser terminal para una de las dos.

-Daniel Pratt

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d   La noche exalta la fragilidad del ser humano.. quizás por exponer al ojo público ciertas necesidades básicas sobre las cuales no es más poderoso sino por el contrario más débil. La imagen de un ser padeciendo frío es desoladora.. pero la de aquél que resultó vencido por el sueño es casi patética.. EL CUERPO INFORME QUE YACE COMO NEGACIÓN A LA VOLUNTAD.

-BF27

 

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