Sobre el Zulia (2) La historia de los Lombardi Roberto Simanca
LA HISTORIA DE LOS LOMBARDI
El Ex Rector de Luz y actual Rector de la Unica, hombre que conjuga una formación socialcristiana con tinte de un humanismo libresco; el individuo que desde casi una década ha consolidado un prestigio desde su bunker: Una Universidad Clerical en ciudad pueblo como Maracaibo. El hombre a sabiendas de la procacidad y el desdén, más que del tecnocratismo en la Universidad del Zulia, su burocratismo de pandilla; se proyecta y mediante actividades, como el fondo editorial Unica y la misma Feria del Libro Unica, mas el programa Plural de la institución universitaria con sus editoriales exaltantes, cual pulpito regenerador que pregona su ideario; que en el fondo no es más que alianza edulcorada y educada con la oposición; mantiene una hegemonía intelectual que inauguró en serio con Signos de Rotación, cuando el diario La Verdad era regencia del ex gobernador Francisco Arias Cárdenas.
Desde una expresión que le oí como aquello de “La historia es el relato de la mentira”, me dio pie para adentrarme en el personaje. El vitalismo de sus exposiciones, el manejo teatral del público con frases, que para un público no lector ni menos analítico, resultan estimulantes; el historiador deja colar su visión ideológica de la historia. Si la historia fuera el relato de la mentira, se estaría en presencia de la negación de dicha ciencia. El llamado solipsismo histórico es lo pregonado por este intelectual, quien al hacer del poder un ente metafísico y diseccionar la historia oficial desde el enfermizo criterio de la historia la hacen los vencedores; no da pie para nadar en la otra orilla, como es precisar la historia como un vía crucis para desentrañar las verdades de un tiempo concreto.
En el recién finalizado I Congreso Internacional de la Historia Inmediata el cierre del mismo, dio base para seguir en la ruta de pasarle bisturí al discurso del historiador. El catedrático apuntaba sentencias como: La historia se lee en los libros pero se aprende en la vida; bien se sabe que el conflicto se libra día a día, como diría el filósofo Adam Schaff en su Historia y Vida Cotidiana; no obstante, hay una gran diferencia entre el profesor Lombardi, quien mediante su sentencia esconde su criterio de la inaprensibilidad del hecho histórico, para caer en el vitalismo pragmático de vida; desconectado de las contradicciones en el núcleo y la periferia social.
Sigue ahondando su filosofía histórica… el escritor y señala: El pasado se perdió para siempre, aunque no del todo; tesis peregrina para fundamentar más la anterior, es decir, es imposible hacer historia desde una perspectiva científica; a lo sumo se le puede vivir en una especie de ahogo sin posibilidad de asir su totalidad; para rematar el rector con : La historia no es más que una de las ciencias de la información; como si todo ciencia al fin y al cabo no es información, que en plano científico debe cumplir con una sistematización desde lo metodológico, la lógica y la razón de las categorías que implica el tema.
El doctor honoris causa arremete contra la historia como proceso y es así que se ubica en la concepción ortegiana de las èlites; nada de la historia como proceso, la cual creo que alguna vez profesó. El hombre deviene en un paladín del tremendismo como éste: La nueva historia nunca es nueva; es decir, el hombre cae en el eterno ciclo, la historia es una repetición, nunca una superación para generar algo nuevo; y entre confundir el pasado con el presente y el presente con el pasado se impone el reclamo de las elites autenticas, que de seguro serán las que reclamaba con ahogo aristocrático el español Ortega y Gasset en su libro La rebelión de las Masas: De hecho, la cultura es siempre insegura y se precisa un constante esfuerzo para poder mantener sus límites. Sin embargo, este esfuerzo sólo puede ser protagonizado por una minoría de carácter aristocrático, a la que no podrán acceder nunca las masas. Y, en efecto, nada nuevo acontece que no haya sido previsto cien años hace. «¡Las masas avanzan!», decía, apocalíptico, Hegel. «Sin un nuevo poder espiritual, nuestra época, que es una época revolucionaria, producirá una catástrofe», anunciaba Augusto Comte. «¡Veo subir la pleamar del nihilismo!», gritaba desde un risco de la Engadina el mostachudo Nietzsche. Ese es en síntesis el pensamiento histórico de Ángel Lombardi, quien se difumina entre elites autenticas y èlites conscientes, dejando en las tramoyas el conflicto social puro y simple en el devenir histórico.
Su retoño, Ángel Rafael Lombadi Boscàn, hombre que parece una copia del padre; desde otra perspectiva aparentemente integradora lanza el mismo discurso que su progenitor y remite a la existencia de una historia al debate, debido a que los hechos no se han incorporado a la memoria y el problema al parecer que no se resolverá de cómo se recuerdan los hechos históricos, lo que le da pie para sentenciar que la objetividad en historia no existe. Así entre Catedral de Papel y Banderas al Rey los Lombardi crearon su nicho en una ciudad pueblo, que todavía cree en Jesuscristo y habla un viejo español, parafraseándose al indio aristocrático de Rubén Darío.




