Viaje a Ixtlàn de Carlos Cataneda Roberto Simanca
Siempre he pensado que leer una obra es texto y contexto, contenido y biografía de su autor. Desconectar la palabra de la realidad histórica concreta, sería dar un salto al vacío. La novela de Castaneda se inscribe, por lo tanto, en la época del utopismo de sesenta, cuando algunos jóvenes quisieron tomar el cielo por asalto al son de la supuesta revolución cultural maoísta, los incendios libertarios de Jean Paúl Sastre, la música roca que es el rock y los alucinógenos; como lucha contra las calificadas estructuras económicas de opresión. La revolución era entonces cuestión de tener una melena al viento, hacer el amor libre y musitar la canción de Paz y Amor del mito realidad de los Beatles.
Sobre Carlos Castaneda hay poco que decir, se informa que-tal vez para consolidar su misterio- falsificó sus datos biográficos. Oriundo del Perú recalò en California, donde logra el doctorado de antropología. El hombre echa pluma por entrega al estilo de la actual escritora inglesa de Harry Porter; comienza con Las enseñanzas de don Juan (1968), Una realidad aparte (1971), Viaje a Ixtlàn (1972), que trataremos; prosigue con Relatos de poder (1974), El segundo anillo del poder (1977) y El don del águila (1981); todos lo confirman como un gran vendedor de libro, al estilo de un Paulo Coehlo de la época; mientras su prestigio académico yace por el suelo al demostrarse la falsificación de su tesis de grado, copia al carbón de su tercer libro Viaje a Ixtlàn, en tanto sus seguidores plantean que más allá de lo cierto o no de esa realidad, lo importante es el conocimiento que subyace en sus relatos, consuelo o sendero para muchos.
El ascenso de este escritor coincide con la época del utopismo socialista con todas las variantes del existencialismo Sastre y Camus, al igual que el nihilismo de un Focualt, entre otros. Una juventud que quiso tomar el cielo por asalto, necesariamente debía caer en los abismos. El éxito de este novelista se inscribe en la ola de supuestos avatares, quienes llegan a los Estados Unidos trayendo supuestas filosofías del autoconocimiento con el fin de reencarnar en este u otros mundos. Se conjuga el espiritualismo y sus rituales de la India y los legendarios aborígenes mexicanos, quienes merodean aun al norte de ese país ante la indiferencia de los gringos y los chicanos. Así como los hindúes parieron a su Buda, niño rico, hombre de palacio quien se transforma al ver un anciano, la pobreza y la muerte, Castaneda supo revivir muy ideológicamente la imagen del indio, el sin dios para los bien cristianos, quien errante por el desierto de Arizona y las otroras tierras mexicanas y éstas, nada dice sobre la aniquilación de sus pares y sólo se apresta a vivir para parar el mundo y tomar las riendas de su verdadero ser, para lo cual el joven Carlos, el civilizado estudiante de antropología, debe ser el hombre elegido, como fue en la mente de Azteca el blanco barbudo de sus sueños, quien resultó a poco su verdugo. El montaje estaba hecho, sólo una que otra literatura sobre el tema a más del origen peruano del hombre, le dieron de seguro carta segura para su empresa en la onda de una metafísica popular, que buscaba el segmento de los hippies y sus fans, que tuvo hasta mediado de los años ochentas su mercado .
Se nota en el estilo de Castaneda un lenguaje directo, sencillo, una historia sin el barroquismo, típico del escritor latinoamericano. El hombre aprendió de seguro de los literatos norteamericanos, quienes se caracterizan por la frase sin regodeo y una lectura sin sobresaltos intelectuales, sin que ello signifique perdida del éxtasis creador. No obstante en Viaje a Ixtlàn se observa una escritura sin pretensiones literarias, las imágenes casi no existen, atrapa es el proceso de Carlos en sus viajes con el indio Juan, aunque en algunos relatos la flojedad es evidente, se nota unos diálogos de folletín en otros casos; mas todo se supera por las respuestas del indio más que por las preguntas del estudiante. Novela para cualquier público desde la adolescencia, se convierte sugerente al sacarnos de los símbolos y letanías del cristianismo, el brujo Juan deja de ser el brujo al que por tradición nos tiene acostumbrado la tradición y la realidad, y se nos presenta como un aspirante a filósofo, mejor decir en un sabio del vivir más que para la muerte al estilo de los existencialistas, en un hombre que no se detiene en vacuidades del ser y la nada y mantiene un desprendimiento ante el acoso cotidiano, con el objeto único de crear su sendero, es decir, su verdadero camino de renunciamiento ante una realidad que es y no es.
Cataneda se convirtió sin lugar a dudas en el gran recreador del mito del renunciamiento, el mismo que fue típico en personaje como Buda, Jesucristo, Mahoma y tantos denominados adelantados. En el plano literario será Niestche, quien trabajo este tema de modo magistral; en todos los casos el personaje se siente desahuciado del mundo, la bellaquería humana no le cuadra, por lo general, después de haber gozado. La vida como ciclo es la nota de este enfoque, el hombre nace, crece, comienza a vivir para darse cuenta que todo es fatuo, busca el retiro si lo anima lo espiritual, consigue su maestro, aprende, lo deja, comienza su sendero, regresa al mundo e iluminado ve ahora la realidad sin el velo de malla. Fueron estos los elementos del peruano, copia en gran medida de las grandes religiones, del filósofo Niestche con Así hablaba Zaratustra y Hermann Heese con Siddhartha, ésta última ambientada en el mundo oriental con la historia del Buda.
El personaje central de Viaje a Ixtlàn, que es el propio autor, éste debe en primer término pasar por la prueba de anular su historia personal como requisito para entrar en la verdad más allá de lo real.; lo cual implica estar fuera del circulo de los semejantes, mas si esa esfera los oprime; aceptado ese reto el objetivo final parar el mundo, única manera de ver los dos mundos. En esos procesos el iniciado crea una niebla entre él y sus amigos y amados, hasta convencerse que nada es cierto. La ruta es sencilla: comienza por no revelar lo que verdaderamente haces, dejar a todos los que te conocen bien y de así crear la niebla entre el iniciado y su alrededor. En trance del conocimiento verdadero Carlos ha internalizado que sólo debe enseñar a la gente simplemente lo que quiera enseñarle pero nunca decirle con exactitud cómo lo ha hecho.
Al anular la historia personal el futuro brujo también reconoce que se debe perder el concepto de ser importante, única forma de acabar con la arrogancia y poder apreciar el mundo que nos rodea. Si se sigue este proceso el hombre entiende que lo importante es caerle bien a las cosas y tratarlas por igual; debe por lo tanto curvar los dedos de las manos, no llevar nada que las sujeta, al contrario se le recomienda usar una mochila, de ese modo la energía es atención en camino y sus alrededores. Sin historia personal y aniquilado el ser importante , Carlos experimenta que la muerte es un escalofrío, siempre está a nuestra izquierda, a la distancia de un brazo.; por lo que siempre que esté impaciente lo que debe hacer es voltear a esa izquierda y pedir consejo a su muerte. No hay necesidad de ver la muerte sólo que te toque, siente tu presencia y te aniquila si es tu hora, única personaje que presenciara tu última danza.
Si bien se le exige a Carlos acabar con su historia personal y el sentido de la importancia, que es decir, el renunciamiento a lo Buda, el brujo Juan ante la responsabilidad le dice que lo único que cuenta es la acción, actuar en vez de hablar, muy a tono con lo que dijera el bueno de San Francisco de Asís: Por sus obras los conoceréis. Una filosofía de vida muy típica de una concepción liberal, que no necesariamente es reprochable, es lo siguiente en boca del indio yaqui: Cuando un hombre decide algo, debe ir hasta el fin, pero debe aceptar responsabilidad por lo que hace. Haga lo que haga, primero debe saber por qué lo hace, y luego seguir adelante con acciones sin tener dudas ni remordimientos acerca de ello; ya que no hay tiempo para lamento ni duda sólo hay tiempo para decisiones. Hacerse responsable de nuestras decisiones, significa estar dispuestos a morir por ellas. El paso próximo introyectado esto es convertirse en un cazador.
El cazador olfatea los sitios, pone las trampas, conoce la rutina de su enemigo y hasta de su aliado; y una vez que aprende a separar las imágenes y usa dos de cada ella, debe poner atención en el espacio entre éstas, notando cualquier cambio digno de señalarse. El cazador debe tener un trato dulce y distante con el mundo, esa es la regla del cazador. Pero el guerrero, que es la consagración de Carlos, debe ser más que un cazador, pues, si éste sabe montar trampas y conoce las rutinas del enemigo, pruebas aquellas; el guerrero no tiene rutinas, lo que hace de él un ser privilegiado.
Carlos comino a convertirse en un guerrero debe librar la última batalla sobre la tierra, va entendiendo que los actos tienen poder y que cada acto puede ser la última batalla sobre esta tierra; por lo que un guerrero llama sus sueños realidades. Un guerrero es un cazador inmaculado que anda a la caza de poder. El soñar para Castaneda es real para un guerrero porque allí puede actuar con deliberación, elige cosas que le lleven al poder y luego las maneja y usa. Arreglar los sueños significa tener un domino conciso y pragmático de la situación general del sueño. En su proceso el guerrero está guiado por un empeño inflexible y puede alejar cualquier cosa, ningún guerrero se entierra para llorar de pena sino para hallar poder. La pena no encaja con el poder, el ánimo del guerrero se controla y al mismo tiempo se abandona. No hay que distraerse del propósito de soñar, que es el control y el poder.
El verdadero cazador que es el guerrero, a decir de Don Juan, todo lo calcula, luego decide; se observa una visión más que pragmática utilitarista en el ser del indio yaqui, quien no remite a que dicha filosofía es al fin el control, fase última ésta del proceso administrativo, para saltar a la sobreviviencia, emblema de una economía del mercado, donde los más aptos salen ileso. El antropólogo Carlos Castaneda se nota que tomó recursos de todo tipo, así el indio le dice que no hay plan cuando se trata de cazar poder, muy a tono con la premisa en la planificación estratégica, que plantea que el plan es un siempre hacerse. Igual nos dice que el poder nos manda y nos obedece, es decir, pasaríamos de la historia de las ideas de Hegel al poder como entelequia rigiendo el poder pero que desbordan las maquinaciones humana y apenas nos obedece para seguir desatada. Si bien a las primeras luce metafísico, Carlos se vuelve muy concreto al decir de su guía: Si vas juntando poder, tu cuerpo puede realizar hazañas increíbles, parodiando lo otros dicen como: Querer es poder; entre metafísica, voluntarismo y pragmatismo se debate el alma del peruano que en el fondo fue Castaneda, me imagino el choque del indio que él en el fondo fue y la visión de vida utilitarismo del norteamericano.
En el largo recorrido con el indio yaqui éste casi cumplida su misión de iniciar a Carlos, le dice que aventurarse a lo desconocido sin poder es estùpido; sólo se encuentra la muerte, de la cual el maestro lo libro ante muchas de sus imprudencias en el camino hacia el sendero; pero ahora debe librar su verdadera conversión , con la premisa de que todo brujo inicia su camino, sabiendo que nunca llegara y si quiere sobrevivir, debe ser claro como el cristal y estar mentalmente seguro de si mismo. Castaneda no acepta el reto, debe falsificar en la vida real su doctorado en antropología en la Universidad de California y seguir explotando una espiritualidad de iniciados hasta comienza de la década de los ochentas. Final sin impacto, novela más que para el autoconomiento real y terrenal, sirvió a unas generaciones como calmante de sus úlceras y de la evasión de una utopía, que nunca llegó. No significa que muchas de las aseveraciones planteadas sean meras constructor sin asidero en lo humano humano, yo diría que Castaneda solo fue un gran recreador de lo que otros dieron con el ejemplo y la pluma; su merito fue colocar a medias a un indio en escena, quien se pierde ante el yoismo de Carlos, el civilizado angustiado, estudiante de lo humano en el imperio del norte.




