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El robo

por Animus a Nemo

A G.O.G. y S.E.Z.

 

            Los Casteles de hoy mueren antes de asesinar a sus Marías. Es ésa la única conclusión a la que pude llegar esta tarde en el cementerio. Tanta muerte, tanta lágrima, tanto consuelo no evitaron que mi pensamiento funcionase como de costumbre; viendo llorar a Emilia, viéndola llorar a Federico.

            Dicen que a los muertos hay que recordarlos, que con la muerte no deben ser olvidados: allí yace la vida eterna. No en cielos ni en paraísos, la inmortalidad de nuestros seres queridos se garantiza con su imagen en nuestras cabezas, ocupando nuestras soledades, atormentándonos en las ausencias y persistiendo en la memoria hasta nuestra propia muerte, para luego repetirse el ciclo de la eternidad. Así se perpetúa la especie humana, contrariando la idea de que los nacimientos la hacen perdurar en el planeta, pues es la muerte –lo digo con certeza– la que reafirma la presencia de los hombres sobre la Tierra. No, no la muerte, pero sí la memoria y el «nunca me olvides».

            «Nunca me olvides» no habrán sido las últimas palabras de Federico, pero sí, por cierto, era el mensaje de su comportamiento luego de separarse de Emilia, su esposa. Desde que se comprometieron, ya todos sabíamos que esa relación iba a ser un desastre rotundo. Se trataba de una mujer joven y hermosa, con un futuro tan amplio como su sonrisa, llave de todas las puertas del negocio del espectáculo, que podía conseguir el hombre que le viniera en gana: al más guapo, al más rico, al más inteligente, al más exitoso. Pero, por el contrario, Federico no era ni guapo, ni rico, ni inteligente, ni mucho menos exitoso. Un hombre al menos una década mayor que ella, con un pasado académico tan paupérrimo como su apariencia, enviciado a todos los tipos de drogas que el ser humano haya podido inventar y sin un porvenir atractivo en lo más mínimo. Un ser cuya actitud hacia la vida era más indiferente que la de un suicida, vampireando por su existencia: durmiendo de día, saliendo de noche, sin darle tiempo a sus estudios ni al prospecto de un trabajo decente. Tal vez puedan entender ahora nuestra suspicacia en cuanto a esa relación.

            Es difícil ubicar el tiempo en que se conocieron, pero sí puedo decir que fue un 14 de febrero, día que muchos consideran como terrible augurio en cuanto al amor. Por una vez, puedo decir que las supersticiones estuvieron en lo cierto. Las circunstancias las tengo ahora igual de borrosas. Sé que el encuentro entre estas dos criaturas fue, en gran parte, gracias al enamoramiento platónico de Emilia por el hermano de Federico, Ignacio, quien era también parte de nuestro círculo social. Por ser el primero de ellos mucho más viejo que cualquiera de nosotros, pocos lo conocíamos antes del matrimonio con Emilia. De hecho, yo era uno de los que ni sabían de su existencia. Pero los rumores corren rápido y todos pudimos notar el desinterés de Emilia que se hacía cada vez más grande cuando se trataba de Ignacio, siendo sustituido por el de otro hombre, uno misterioso del que todavía no teníamos ni el nombre de pila. Se trataba, por supuesto, de Federico, cosa de la que nos enteramos cuando ya la pareja había cumplido varios meses de novios. Era una relación bastante recatada, curiosamente, hasta el punto en que su primer beso se dio al año de iniciar su relación.

            Al principio pensamos que era sólo una aventura sencilla que no llegaría a mayores; es más, Adrián (otro amigo) se burlaba constantemente de ella repitiéndole un estribillo sin melodía: «tú y Federico van a terminar casándose, ya vas a ver; después no me vengas llorando para arrepentirte porque ya sabes lo que te voy a decir luego de reírme a carcajadas de la situación». Efectivamente, a los dos años, Emilia nos invitaba a su boda. Estalló una crisis en el grupo: sus amigas más cercanas intentaron disuadirla mediante todos los métodos empleables en una amistad e Ignacio apeló al sentido común de su hermano sin darse cuenta que éste nunca existió. Contra viento y marea, el matrimonio ocurrió. Temíamos por el futuro de nuestra amiga pues estábamos seguros de que, al lado de semejante espécimen, cualquier esperanza de llegar al estrellato se había estrellado (valga la redundancia) contra la pared de concreto que era la sombra de su nuevo marido.

            Nos resignamos estoicamente al destino que había elegido Emilia; después de todo, éramos y somos aún sus amigos, pensábamos entonces que si había sido su decisión debíamos respetarla y apoyarla a pesar de nuestros puntos de vista sobre Federico. Pero, al poco tiempo de casados, comenzaron los problemas. Principalmente, la obsesión y los celos tuvieron el papel protagónico. Federico empezó a sospechar de todas las compañías masculinas que sostenía su esposa, imposibles de alejar por culpa de su peculiar sonrisa galáctica. Las malas lenguas decían que, frecuentemente, encontrándose él borracho, la llamaba desde locales nocturnos diciéndole que estaba con otra mujer sólo para averiguar su reacción ante la posibilidad de un adulterio. Era en esos momentos cuando Emilia les contaba a sus mejores amigas que estaba arrepintiéndose de haberse casado con un celópata. Los consejos eran invariablemente los mismos: «pide el divorcio».

            Las separaciones entre Federico y su mujer se hacían más largas conforme corrían los san-valentines en el calendario. La sonrisa de Emilia se esfumaba como lo hacen las penas en los teatros y se le notaba en su nueva manera de ser que no estaba feliz, sino más bien asustada. No pretendo saber sus verdaderos sentimientos, no soy tan arrogante como para conocer el corazón de Emilia, pero era eso lo que todos veíamos. Posiblemente no hubiera perdido el amor que todavía reservaba a su esposo, pero sí, al menos, se había muerto el interés.

            A qué se yo cuántos años desde la boda, Emilia pidió el divorcio. Fue, en el mejor de los casos, traumático. Me contaban mis amigos que Federico llegaba borracho a las reuniones con los abogados, y que otras veces se mostraba profundamente contrito y pedía perdón hasta agotar su saliva. Emilia soportó esa etapa de la relación con una dureza admirable, pero se desplomó cuando, por fin, la separación había sido consumada. Dicen que huyó de la casa en donde vivió con Federico y llegó medio muerta por el dolor a las puertas de Adrián. El recibimiento que le dio no fueron carcajadas ni un «te lo dije», sino un tierno beso en la frente ardiente y una invitación para quedarse en su casa hasta que se sobrepusiera al asunto.

            En una nueva relación inesperada se vio envuelta Emilia, esta vez con Adrián.

            Los días que sucedieron al divorcio estuvieron llenos de terror y paranoia. En la casa de Adrián solía sonar el teléfono sin ninguna persona que hablara desde el otro lado. Emilia recibía más constantemente las llamadas adúlteras del beodo de su ex esposo, cada vez más cargadas con expresiones grotescas y enfermizas. Ignacio les contaba a sus amigos más íntimos que su hermano no podía dejar de hablar sobre Emilia. Existían evidencias de que más de un pensamiento suicida había cruzado su mente ante la certeza de que había perdido a su amor para siempre. El acoso malsano era un espectáculo tristísimo, era el testimonio de la soledad de los errores humanos, de los excesos del amor más incomprensible que habíamos conocido, pero, sin embargo, tan real como cualquier otro que pudiera experimentar un ser humano.

            Cuando se supo que Emilia y Adrián eran novios, todos tratamos de averiguar lo obvio. Nuestra cochina curiosidad nos trajo rumores a los oídos: que si Federico había insultado a Adrián, que si se había mantenido indiferente, que si había destrozado la casa en donde solían vivir cuando estaban juntos, que si había amenazado de muerte a Emilia. Nunca supe si alguno de ellos fue verdad y poco importaba, realmente, la reacción de Federico, sólo puedo asegurar que el distanciamiento que hubo entre él y los amigos que todavía tenía en el grupo fue apocalíptico. Sólo Ignacio y alguno que otro mantenían contacto con el problemático hombre, siendo sus reportes muy poco alentadores. Aparentemente, la droga y el licor habían sustituido a fuerza de adicción la reminiscencia de Emilia.

            Con el tiempo, Federico fue reponiéndose. Consiguió trabajo en la empresa de su padre. Se casó con una mujer de mente simple y dedicada exclusivamente a su consolación. Dicen que comenzó a estudiar en las tardes. Salía menos por las noches. Bebía menos. Fumaba menos. Emilia también había comenzado a olvidarlo para ocuparse más de lleno a la relación con Adrián, la cual necesitaba muchísima atención y cuidado si querían evitar que ocurriera lo mismo que he contado. Fue entonces que, cuando absolutamente nadie podía esperarlo, sonó el teléfono.

            Sonó dos o tres veces con un tono regular, casi hasta podría decirse alegre, reverberando con la perseverancia de la materia inerte. No fui yo quien lo atendió esa madrugada, sino el dueño de ese teléfono, por lo que no me enteré de la noticia directamente. El tono feliz fue sustituido por una voz discontinua que hablaba apresuradamente pero que se cortaba de repente en largas pausas que no podía entender. A los pocos segundos pude deducir que se trataba de la voz de Ignacio.

            No daré detalles acerca del accidente porque no me corresponde. No enumeraré aquí las especulaciones que nacieron de la gente cuando despertaba el día y se enteraban de la noticia pues yo fui uno de ellos. Saltaré arbitrariamente hasta el punto en que nos encontrábamos todos desconcertados entre los muertos ornamentados.

            Es curiosa la reacción de la gente ante una sorpresa tan poco bienvenida en sus vidas. A unos les da por llorar, a otros por aislarse de su entorno; a unos por permanecer indiferentes para convertirse en los pilares de los más afectados, otros simplemente deciden ignorar el asunto y actuar como si nada hubiera pasado; incluso a algunos les da por reír, por más irónico que suene, pues no conocen otra manera de expresar sus sentimientos que la de una actitud risueña y unas carcajadas conmovedoras… quizá sean éstos los dolientes más dichosos. De eso me di cuenta cuando, de una capilla cercana, sacaban un ataúd envuelto en recuerdos y nomeolvides, acompañado por los gritos y llantos más desgarradores que jamás haya escuchado en mi vida. Me interesé por saber a qué se debía esa explosión tan repentina de sentimientos implacables y mi razonamiento sólo me permitió una única respuesta: mientras velaban el cuerpo, viéndolo acostado casi podría decirse con placer, podían verle la cara a quienquiera que fuere que estuviera ahí dentro, hablar con él o ella aunque no esperaran ninguna respuesta y grabar su último momento entre sus allegados en esa cara dormida –no muerta, sólo dormida, a punto de despertar en cualquier momento– con una sonrisa maquillada por los hábiles enterradores. Pero una vez que el féretro ha sido cerrado y las manos de los hijos, o los padres, o los tíos, o los maridos se aferran con dificultad a las asas, la inevitabilidad de la muerte se hace inminente. Los gritos, pues, son a la vez la admisión de la pérdida y un mecanismo para ocultar el eco ensordecedor de una verdad tan irremediable como lo es la muerte; los afligidos tratan de llorar con más fuerza que la de la naturaleza, y se desploman en un nuevo llanto de frustración ante la imposibilidad de superar a la defunción. No llegué a comprobar esta hipótesis mía con respecto al caso de Federico pues me fui antes de que sacaran su catafalco a cuestas de la capilla.

            Pajarillos convenientemente negros surcaban los espacios de la funeraria abierta a la intemperie, como macabros augurios que reafirmaban el propósito de un lugar como aquel; zamuros confiados de la gente en este estado de debilidad emocional se posaban con tranquilidad sobre los carros estacionados junto a la estructura como retando a la humanidad a atreverse a reclamar su cementerio. Y justo cuando comencé a preguntarme a qué se debía la presencia de aves tan lúgubres en ese lugar tan apropiado para la eminencia luctuosa de la muerte, me di cuenta que Emilia estaba mirando directamente a través del cristal del ataúd a la cara de su ex esposo.

            ¿Cómo tratar de comprender lo que estaría sintiendo esa mujer? ¿Cómo empezar a describir los cataclismos que estarían destrozando a su corazón? ¿Cómo era siquiera posible que una persona que hubiera sido tan psicopáticamente acosada por el difunto se presentara en su funeral para llorarlo más que su propia viuda? No pude responder a ninguna de estas preguntas pues todas mis cavilaciones se vieron destrozadas cuando Emilia, ruborizada de agonía, volteó hacia donde yo estaba parado.

            —En este ataúd hay diez años de mi vida—me dijo mientras yo reaccionaba con sorpresa ante la posibilidad de que Emilia pudiera haber leído mi pensamiento—. Me han robado diez años de mi existencia.

 

Animus a Nemo,

23 de mayo de 2008

 

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