La revuelta de las bananas radiactivas

| 27 febrero, 2014 | Sin Comentarios | link: http://li.co.ve/u6W | visto: 48

Todo cambió en el planeta de VENE-ZULAM cuando se descubrieron las bananas radiactivas.

Y aunque Munchi-Ñawa apenas era un niño, pudo percibir y anticipar todo lo que iba a ocurrir.

En ese momento de la historia del planeta VENE-ZULAM, sus habitantes inteligentes, los UYUAWA, ya se contaban por los miles de millones, y se organizaban en ciudades “ecológicas” construidas debajo y sobre los árboles con materiales biodegradables.

Los UYUAWA tienen el cerebro similar al de los humanos, pero su lenguaje no está tan desarrollado como el nuestro, por lo que hablan en dialectos.

Sus brazos les llegan hasta el suelo y sus pieles están totalmente cubiertas de una capa muy fina de cabello que puede ser marrón, negro, amarillo o rojizo.

El descubrimiento de las bananas radiactivas como combustible para su transporte catapultó el desarrollo tecnológico del planeta entero.

Sin embargo, junto a la cúspide tecnológica llegó el derrumbe moral de la sociedad.

No hubo mejor ejemplo de aquella decadencia social que lo que ocurrió en la región de KURAKAS en la parte sur del planeta, donde vivía Munchi-Ñawa.

KURAKAS es una región privilegiada geográficamente, pues cuenta con abundantes recursos naturales y fuentes inagotables de agua que permiten tener suelos fértiles.

Los KURAQUEÑOS son UYUAWA amigables que gustan de bañarse en los ríos, lagos y mares, y bromear con sus amigos, compartiendo bebidas fermentadas con efectos espirituosos.

Munchi-Ñawa creció a la orilla del mar junto a su hermana y sus padres, que trabajaban atendiendo a los que se recreaban. La vida era feliz para él. los adultos y los otros niños lo querían mucho puesto que era muy ingenioso y divertido, y tenía un gran corazón.

Sin embargo, en el momento que se descubrieron las bananas radiactivas como fuente de energía, un UYUAWA inescrupuloso ascendió al poder en KURAKAS y se apoderó de todos los suelos que producían dichas bananas.

La semilla del odio se sembró en Munchi-Ñawa cuando él, junto a su familia, fueron expulsados de sus tierras y enviados a la pobreza y el hacinamiento.

Las bananas radiactivas se parecen a las bananas que crecen en el planeta tierra, con la diferencia que sólo se producen en tierras contaminadas con un elemento químico escaso y radiactivo conocido como GASOLEUM 95.

El GASOLEUM 95 permite la combustión eficiente de compuestos orgánicos, de manera que todo los medios de transporte del planeta empezaron a utilizarbananas radiactivas como combustible.

A la región de KURAKAS empezaron a entrar bienes y riquezas, pero el tirano que mandaba se quedaba con todas las riquezas y compraba el silencio del resto de los KURAQUEÑOS vendiéndoles la comida y las bananas radiactivas a precio casi regalado, mientras en el resto del mundo dichas frutas tenían un precio miles de veces superior y eso lo hacía un hombre inmensamente rico.

Sin embargo, a pesar del combustible y la comida regalada, los KURAQUEÑOS cada vez sufrían más, puesto que el tirano hacía un mal manejo de la economía, se endeudaba, regalaba el oro a sus amigos de otras regiones, se apoderaba de todo lo que otras personas hacían y dividía a las familias inyectando un lenguaje de odio.

El tirano contrató a UYUAWAS violentos, los ASU-NATARU para controlar a los que no estaban de acuerdo con él, obligó a todo el mundo a vestirse de un solo color, e incluso comenzó a construir un ejercito y las otras regiones del planeta empezaron a temer su ambición, pero no hacían nada porque necesitaban las bananas radiactivas.

Mientras el tirano amasaba fortunas, hacía banquetes con sus amigos de otras regiones, todos tiranos como él, y disfrutaba de la compañía de varias UYUAWA hembras, el resto de los KURAQUEÑOS cada vez tenían que trabajar más para poder conseguir menos.

La hermana de Munchi-Ñawa fue una de las adolescentes que fueron secuestrada y enviada al palacio del tirano cuando alcanzó la pubertad y más nunca se supo de ella.

Los padres fallecieron aún jóvenes de enfermedades y desnutrición. La madre de Munchi-Ñawa, en su lecho de muerte, le pidió a su hijo que no dejara marchitar su corazón con odio.

Munchi-Ñawa creció huérfano en las zonas donde la pobreza llevó a la violencia, y los KURAQUEÑOS tenían que vivir encaramados de los arboles y no salir de sus casas, para evitar ser asesinados por bandidos desalmados.

Fue testigo de cómo los amigos del tirano viajaban con escoltas en transportes de lujo por vías exclusivas mientras que el resto de los KURAQUEÑOS perdía horas y horas transitando y haciendo colas por la escasez de bienes y por el exceso de transporte ineficiente que colapsaba la ciudad.

Cuando Munchi-Ñawa llegó a la adultez ya no sonreía casi nunca, trabajaba en los sembradíos de bananas y gastaba todo su sueldo en bebidas fermentadas. La región de KURAKAS era un vertedero de basura, los UYUAWA vivían hacinados en árboles secos, devastados por los hongos y con las hojas carcomidas por la plaga.

Los ríos que una vez fueron centro de recreación yacían contaminados y nadie quería bañarse en ellos. El pueblo feliz de los kuraqueños se había convertido en una nación de esclavos harapientos sin alegría que trabajaban muchas horas para sostener al tirano y sus amigos, a cambio de unas bananas radiactivas para sus transportes y comida cada vez más escaza para sus estómagos.

Un día al atardecer, el tirano pasó en su carroza, riendo a carcajadas, de pie sobre el techo lanzándole besos a la multitud y gritando que los amaba, abrazando a dos jovencitas UYUAWA.

A su lado marchaban los temidos ASU-NATARU con sus ojeras de maldad y muerte.

Munchi-Ñawa estaba mareado por haber estado tomando bebidas fermentadas durante toda la tarde, pero vio clarisimo desde la rama seca en la que estaba sentado, como dos pequeños UYUAWA agarraban dos bananas podridas que estaban en el piso, las lanzaban hacia la carroza y le caían en la cara al dictador.

Este pegó un grito de rabia y señaló a los dos pequeños KURAQUEÑOS. Cuatro ASU-NATARU con sus miradas vacías, persiguieron a los dos pequeños que salieron corriendo y cuando los atraparon les rompieron el pescuezo delante de todo el mundo.

Las madres de los pequeños echaron un alarido de dolor agudo y corrieron a llorar al lado de sus cuerpecitos desarticulados.

Todos hicieron un silencio extraño, que fue interrumpido cuando Munchi-Ñawa cayó de la rama en donde estaba y fue recogido por un grupo de UYUAWA.

Al ponerse de pie vio que una de las jovencitas que acompañaban al tirano se tapaba la boca y lo veía con los ojos aguados pues lo había reconocido. Era su hermana.

Munchi-Ñawa lloró durante toda aquella noche y descargó su rabia cortando los arboles podridos de las zonas deshabitadas.

De pronto escuchó voces y pisadas tras los árboles. Eran ASU-NATARU haciendo una ronda.

Munchi-Ñawa los emboscó desde una de las ramas del siguiente árbol y cuando les cayó encima los degolló con su machete. Luego le cortó cada una de las extremidades y colgó los cuerpos sin brazos ni piernas, enfrente de las zonas pobres marcando con un mensaje que decía: MUERTE AL TIRANO.

Los jóvenes KURAQUEÑOS se sintieron inspirados por aquella acción y formaron barricadas para obstruir el paso de los ASU-NATARU, pero estos asesinos despiadados se burlaban de las barricadas y las tumbaban con sus armas sofisticadas.

Munchi-Ñawa estaba determinado a recuperar a su hermana, y tras la segunda noche de asesinar ASU-NATARU en la oscuridad, el tirano, lleno de rabia, mandó a matar diez pequeños UYUAWA por cada uno de sus mercenarios que fuera encontrado muerto.

Las calles se llenaron de sangre y caos. Barricadas destruidas, ASU-NATARU descuartizados, cadáveres de pequeños KURAQUEÑOS degollados en venganza.

Era un círculo de odio y muerte. Hasta que por fin los KURAQUEÑOS tuvieron demasiado miedo de seguir intentando ser libres, y el pequeño resplandor de rebeldía que los había iluminado se apagó para dar nuevamente paso a la esclavitud.

Pero Munchi-Ñawa no volvió a su vida anterior, se había escondido en la selva, camuflado para atacar por las noches y matar. Sólo pensaba en como matar ASU-NATARU. Y cada uno de ellos que mataba ocasionaba la muerte de diez pequeños.

Hasta que un día caminando por el río recordó a su hermana tapándose la boca desde la carroza, y eso le hizo recordar las palabras de su madre. “No dejes marchitar tu corazón con odio”.

Las lágrimas le salieron de los ojos por horas, recordando aquellos tiempos felices y como los adultos y los otros niños lo querían mucho, porque Munchi-Ñawa tenía un gran corazón.

Recordó el color esmeralda de las hojas, y los ríos, lagos y mares limpios, y la risa de su hermana y recordó lo que significaba la LIBERTAD, hasta que pudo cerrar los ojos con paz en su corazón y descansar del odio.

A la madrugada siguiente volvió a guindar un mensaje delante de zona pobre pero esta vez decía: VIVA LA LIBERTAD!

Estuvo toda la mañana reunido con los otros UYUAWA, abrazándolos, consolándolos, hablándoles, y entre todos los líderes de aquella zona se dieron cuenta de algo e hicieron un plan.

Munchi-Ñawa y los demás líderes entendieron que la mayor fuerza del tirano a la vez es su mayor debilidad.

Mandaron mensajes a todos los sectores de KURAKAS, si querían alcanzar la libertad debían luchar todos juntos.

A la mañana del tercer día, los KURAQUEÑOS salieron a trabajar como lo hacían todos los días, sin embargo algo extraño empezó a ocurrir.

Las estaciones que surtían bananas radiactivas a los transportes estaban recibiendo una cantidad inusual de transportes.

Ya el dinero de los KURAQUEÑOS no alcanzaba para comprar nada, pero como el tirano les regalaba las bananas radiactivas para callarlos, los KURAQUEÑOS iban a las estaciones, compraban bananas radiactivas, luego las descargaban en algún lugar y volvían a las estaciones a comprar más bananas radiactivas. Y se mantuvieron en ese plan todo el día.

El tráfico en la ciudad estaba colapsado y el tirano fue informado de lo que estaba sucediendo.

El tirano se dio cuenta que los KURAQUEÑOS habían entendido como hacerle daño y le habían tendido una trampa. Sus gastos desenfrenados lo llevaron a endeudarse; y venderle bananas radiactivas subsidiadas al pueblo, que era su forma de mantenerlo callado, le estaba costando toda su fortuna.

Si el tirano detenía la venta de bananas radiactivas la economía y el transporte se le paralizaba, si el tirano permitía que se siguieran comprando todas las bananas radiactivas se agotaría su fortuna… El tirano se dio cuenta que no podía comprar su tiranía para siempre.

Mandó a todos los ASU-NATARU a que rodearan a los KURAQUEÑOS y que mataran a cualquiera que se opusiera hasta que se rindieran.

Pero los KURAQUEÑOS estaban preparados, puesto que habían montado barricadas construidas entre todos, el pueblo se había unido y se había organizado para alcanzar su libertad.

Cuando llegaron los ASU-NATARU con sus rostros de odio y sus ojeras de muerte los KURAQUEÑOS esperaban. Si luchaban sin piedad muchos morirían y nadie ganaría nada. Por eso es que Munchi-Ñawa habló y les dijo a los ASU-NATARU.

“Acaso ustedes no son tan esclavos como nosotros?”

Un brillo de vida apareció en las miradas de los asesinos y bajaron sus armas.

Juntos, los KURAQUEÑOS y los ASU-NATARU fueron al palacio donde esperaba el tirano, que intentó escapar pero entre todos lo atraparon y se lo llevaron a Munchi-Ñawa.

La hermana apareció y se abrazaron y lloraron juntos por todo el tiempo que estuvieron separados

Un ASU-NATARU le tendió un machete, que Munchi Ñawa recibió. El tirano arrodillado frente a él, lo veía con un miedo que él nunca había visto en el rostro de un hombre, puesto que el tirano lo veía desde su propia moralidad y sabía que iba a morir.

Por eso Munchi-Ñawa soltó el machete y expulsó al tirano para siempre, diciéndole:

“Tú no te mereces ni el perdón de la muerte, mereces recordar lo que hiciste y arrepentirte cada uno de los días de tu larga vida y ser el ejemplo de lo que nadie debe hacer, que es robarle la libertad y la dignidad a un pueblo”.

 

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