Un Cuento de Autoayuda con aroma a Blue Velvet

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“Vamos a conocer a David Lynch”, me dijo Ignacio en medio de una borrachera escandalosa. Yo respondí con una risa nerviosa y le dije: “estás loco, sería bestial, pero qué sentido tiene”. E Ignacio replicó: “pana, tiene todo el sentido del mundo, es el mejor cineasta vivo, él tipo es súper humilde y parece que se la pasa por los alrededores de su casa de Los Ángeles, caminando como cualquier hijo de vecino, hasta una pana de por allá lo conoció y estuvo en su casa pintando con él”. La idea de Ignacio me dejó pensando durante mucho tiempo. Yo no tenía planes, mayor rumbo en la vida y además estaba desempleado. Apenas guardaba un efectivo para casos de emergencia. Pero igual me parecía una idea fascinante. Es decir, terminarme de endeudar o de tirarme a la bancarrota, nada más para conocer a David Lynch. Ignacio me permitía soñar con la creación de mi propia historia Lynchiana, como “The Straight Story ”, donde un viejito cruza Estados Unidos en una cortadora de césped para reunirse con su hermano y despedirlo. Claro que nosotros haríamos un viaje menos poético, pero la cosa tenía su aura Lynchiana y me gustaba. Se lo conté a mi mamá y me dijo: “hazlo, no tienes nada que perder, es David Lynch, mínimo te tomas una foto con él y la conservas como el recuerdo de tu vida”. Al cabo de una semana llamé a Ignacio y le dije: “brother, vamos a hacerlo, vamos a conocer a David Lynch”. Sorpredentemente, Ignacio me salió con una de las suyas: “te lo dije borracho, sería finísimo, pero de verdad no tengo plata y no puedo darme el lujo de ausentarme del trabajo”.
El pana me pinchó el globo y me dejó muy picado. Después de una semana de emoción, volvía a estar triste y deprimido. Ya no me sentía parte de una película de David Lynch, sino de un pésimo melodrama venezolano, donde todo era un enchave.
Agarré una de mis siestas de escape y dormí por cerca de cinco horas. Por suerte, el descanso aclaró mi mente, me despejó el panorama. Estaba de regreso, junto con mi autoestima. Una voz interior me dijo: “manda a Ignacio para el diablo, vende la moto y vete a conocer a David Lynch”. Y eso hice en el mismo orden. Armé un cronograma de actividades Lynchianas. Compré un pasaje para Los Ángeles, solo de ida. La vuelta de verdad, me daba igual. No tenía nada que perder, como me decía mi mamá. En Caracas estaba en la ruina y ya la ciudad se me había hecho ajena, diferente. Me sentía como El Hombre Elefante en una Duna distópica, gobernada por unos mafiosos como de Terciopelo Azul. Ya era un turista, un extranjero en mi propio país. ¿Qué cosa peor me podía pasar en la vida? Ya estaba decidido. A lo mejor, un golpe de fortuna cambiaba mi vida. A veces pasa, a veces no. Sentía que mi futuro era como la ruleta de un Casino y me lo iba a vacilar.
Ya montado en el avión, dejaba atrás muchas cosas malas y todo lo que veía hacia delante me lucía bueno e interesante, aunque no necesariamente lo fuera.
American sirvió un almuerzo de porquería y nos pasaron una película cero Lynchiana durante el vuelo.
En la aduana me revisaron como a un terrorista antes de entrar a Abu Grahib y los policías me dieron un trato tan chimbo como la guardia de Maiquetía.
Mi pequeño infierno criollo seguía rondándome en la cueva. De entrada, Los Ángeles no me gustó para nada. La percibía tal y como la describió Baudrillard en “América”: como un lugar uniforme y aplanado, sin principio ni fin, demasiado lleno de cosas, de edificios, de carreteras, de calles, de carreteras pérdidas. Pero tenía su lado mágico, Lynchiano. Los Ángeles me daba la bienvenida a un laberinto gótico de la talla de “Inland Empire”, de “Lost Highway”. Esta era y es la máxima experiencia Lynchiana: el formar parte de una nada así de colosal y apocalíptica.
Cargaba dinero para sobrevivir por un mes, quedándome en hoteles de mala muerte como de “Corazón Salvaje”, con matones a sueldo y alter egos de Bobby Perú, pelándome los dientes.
La primera noche no sabía dónde estaba. Me encontraba bien lejos de mi destino final. Apenas había logrado avanzar en círculo, a pocos kilómetros del aeropuerto. Paré en un matadero rentado por mejicanos. Era una cosa maloliente, como una guarida de asesinos en serie al estilo de “Natural Born Killers”. Tuve mi primera conversación interesante con un chamo tatuado de pies a cabeza.
Me dijo que era un refugiado, que había salido de su país porque la Mara Salvatrucha pedía recompensa por su cabeza, que lo querían picar en pedacitos, que había visto “Salvajes” y que era como la historia de su vida. Fue mi primer amigo.
Se llamaba Gabriel, pero le decían “el pintado”. Luego hablamos de cada uno de sus tatuajes. En la espalda tenía la cara de su mamá, a quien se la mató la Mara Salvatrucha. El pintado me dijo: “a la vieja me la vengo, sangre por sangre, me la cortaron en dos, y yo los voy a cortar a ellos en cuatro”.
Tomamos la última cerveza y nos despedimos. Me preguntó al terminar la conversa: ¿y qué vienes a hacer por acá? Yo le respondí: vengo a conocer a David Lynch. Me dijo que no sabía quién era, pero que al día siguiente me podía dar un aventón hasta el centro, donde trabajaba pegando carteles. Así lo hice.
A las seis, el pintado me esperaba con una camioneta destartalada, delante de mi habitación. Por lo que vi, el pintado vivía en el matadero, como si fuera su casa. El trayecto se me hizo largo y pesado. Pero el pintado era buena onda. Me gustaba escuchar sus historias de bandidos, muertos y forajidos de la Mara Salvatrucha. Cuando nos despedimos, el pintado me dio un abrazo y me dijo: “apunta mi teléfono, cuando te quedes sin lana, me llamas y yo a lo mejor te puedo encontrar chamba. No te garantizo algo súper, pero al menos tendrás para no morirte de hambre”. Escribí su número en una factura rota y la guarde como un tesoro en mi bolsillo. El pintado era mi contacto para cualquier emergencia.
Caminé sin parar por varias horas, hasta que llegué a un sitio que creía conocer: el paseo de las estrellas de Hollywood. Por ratos, estuve distraído identificando nombres y apellidos. Por ningún lado, aparecía la estrella de David Lynch. Tenía todo el sentido del mundo. Pregunté por él y nadie me supo dar respuesta.
En la noche, encontré una caleta al lado de un callejón, afuera de un restaurante y dormí por cuatro horas al lado de un contenedor de basura. Al amanecer, un señor me despertó pegándome gritos y tratándome como un pordiosero. Era como una escena de “Mulholand Drive”.
Le entendí al señor que iba a llamar a la policía y que me largara de ahí, que no era sitio para estar durmiendo. Medía como dos metros y su cara intimidaba. Tocaba emprender la huida.
Yo cargaba un hambre atroz. Decidí desayunar en McDonalds, comiendo dos sanduches de huevo y bacon.
A la salida, proseguí mi búsqueda. Por fin, encontré a alguien que sabía quien era David Lynch. Se trataba de una señora que vendía, en la calle, mapas de casas de estrellas, con visitas turísticas incluidas. Se dedicaba a eso y cobraba por ello. Pero me dijo que solo ella me podía llevar y que tenía pagar un tour de ochenta dólares.
Vio una fuente de ingresos en mi. Lo pensé por dos minutos. Si le pagaba, perdía automáticamente el dinero para mantenerme por dos o tres días. Como estaba un poco desesperado, accedí. A los pocos minutos, estaba sentado dentro de un carro sin aire acondicionado, manejado por ella. No cruzaba palabra conmigo y ponía cara de ser la chofer de David Lynch, de saber a dónde iba. Yo le seguía el juego. Dio más vueltas que un trompo y al rato me dejó frente a una casa no muy lujosa que se diga, y me dijo que me bajara, que había llegado a la casa de David Lynch, y que tocara el timbre. Ingenuamente, le creí. Descendí el carro, ella voló de la escena y toque el timbre, como un muchachito ingenuo. Una señora contestó al intercomunicador. Pregunté por Mister David Lynch. Hubo una risa y cortaron. Me sentía estafado, defraudado, en una calle vacía.
Pensé muchas cosas. En lo absurdo de mi viaje, en que nunca iba a conocer a David Lynch, en había perdido mi dignidad por una causa infantil y necia. De pronto, al paso de los minutos, ocurrió un milagro: de la casa salió un tipo que parecía ser no David Lynch, sino Werner Herzog. Me había llevado a la casa de otro director bizarro de la vieja guardia. Herzog salió con lentes oscuros y apurando la marcha, tras abrirse la reja. Yo no tuve otra reacción que tirármele en la capota del carro. El frenó y yo caí al piso, un poco mareado e inconsciente. En estado de shock, el señor de la voz cavernosa me habló con su acento alemán, preguntándome si estaba bien. Yo le dije que sí, que era solo un rasguño y que me disculpara. Me dijo que subiera al auto y que él me llevaba para un hospital cercano. Le dije que no hacía falta, que no se molestara. Él insistió preocupado por un corte que tenía en el brazo y del cual emanaba un hilo de sangre. Me dijo que necesitaba unos puntos de sutura. Acepté su invitación y me monté en su carro. Nerviosamente, pude explicarle todo el viaje que había hecho, que era de Venezuela, y que estaba buscando a David Lynch. Me dijo que no lo podía creer y que si Errol Morris sabía mi historia que haría un corto documental sobre mi. Yo estaba muerto de la risa y feliz. El viejo Herzog pagó por mi cura y prometió llevarme para casa de David Lynch, como compensación. Yo le dije que no tenía que sentirse culpable, que yo era responsable de todo. En exactamente dos horas, estaba viviendo mi propia versión de un happy ending de Hollywood. Herzog me llevó a conocer a Lynch y le contó toda mi historia. El señor David nos invitó a pasar y a tomar café. Yo le dije que yo era su fanático número uno de Venezuela y que había invertido todo mi dinero para conocerlo a él, que era mi ídolo. Él se sentía honrado y nos dijo que era más querido fuera que dentro de su país, que se sentía como un alien en Los Ángeles, como un extranjero, pero que le gustaba. Yo le dije que también me sentía como un extranjero en mi patria, pero que también me gustaba. El pequeño y grato encuentro se fue volando. Cada quien tenía que regresar a su realidad. Yo no quería ser más acosador de lo que ya había sido. Sabía que todo debía terminar así. Que David seguiría siendo Lynch, y que yo volvería a mi vida anónima de antes. Y así fue.
En la noche llamé al pintado y le conté todo. Se murió de la risa. Luego le pedí trabajo. Hoy, a un mes de aquello, sigo aquí en los Ángeles, pegando carteles con el pintado. No sé cuál será mi próxima jugada, o mi próximo movimiento. Pero aquí estoy en una cosa que llaman devenir y que es fantástico. De verdad me siento agradecido con la vida. Supongo que mi historia tienes más de Hollywod que David Lynch. Pero al diablo.
Mi faceta de perdedor, de inmigrante ilegal es más divertida de lo que jamás había pensado.

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Un comentario

  1. @lfredo dijo:

    Muy bueno el cuento, como a mí me gustan: sencillo, emotivo y al grano.

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