Nostalgia para una generación Shuffle

| 8 enero, 2013 | 7 Comments | link: http://li.co.ve/jV0 | visto: 174

Hace aproximadamente 15 años vivía en Caracas, en una zona que se llama Santa Paula. Cerca de mi edificio, al menos lo suficiente como para ir caminando, se encuentra el Centro Comercial Vizcaya, en el que abrió sus puertas la primera tienda de discos Esperanto. Poco tiempo después de su apertura, comenzó a ser reconocida por la enorme variedad y el buen gusto que sus encargados tenían para seleccionar la música que ofrecían.

Allí compre mi primer disco de Aphex Twin, y por recomendación de un vendedor conocí a Sonic Youth. Era uno de los pocos lugares en el que encontraba a otras personas que respetaban la música tanto como yo. Comentar una canción, analizar un disco,  o criticar el arte de un “librito”, era mucho más que una trivialidad. Aquellas conversaciones y recomendaciones surgían de una honesta pasión por la música, del reconocimiento de su importancia como algo que trascendía el mero entretenimiento.

En aquella época, era la única tienda en la que te permitían escuchar los discos antes de comprarlos. Por esto algunos iban solo a conversar y a oír un poco de música vieja o nueva, elegida en la sección de recomendaciones.  Sin control cambiario, los discos llegaban en la fecha de su lanzamiento mundial o apenas días después. Aun conservo la imagen de tres o cuatro tipos sentados junto al mostrador con audífonos puestos, y una columna de discos esperando para ser escuchados.

Era genial, para mí pronto se convirtió en un ritual ir una vez por semana a Esperanto y salir con un par de álbumes en la mano o una lista de próximas compras. A veces vendía discos viejos que no me gustaban para poder comprar algo nuevo. Cuando llegaba a casa me encerraba en mi cuarto, sacaba el discman y los audífonos, y escuchaba cada disco completo por lo menos una vez. Mientras sonaba, lo primero que hacia era leer los nombres de las canciones en la parte posterior de la carátula, luego sacaba el folleto y detallaba cada página. Si la banda cantaba en inglés, que era lo más frecuente, buscaba las palabras que no conocía para entender las letras.

Era una experiencia total, escuchar el disco como la banda o el artista lo habían concebido. Entendí que un LP era mucho más que una recopilación de canciones agrupadas al azar, que detrás del orden elegido para los temas, de los nombres de cada uno, e incluso del arte, había un concepto que buscaba producir sensaciones específicas en quienes escuchábamos; que en la música el orden de los factores sí  altera el producto, y que cada elemento era una pieza de un mensaje que debíamos descifrar.

Pronto descubrí que varios de los discos más grandes de la historia (o considerados como tales) eran conceptuales y estaban cargados de significado, de ideas que a veces eran complejas y profundas, y otras solo estimulantes en un sentido estético. La clave era la experiencia, darle a la creación la oportunidad de revelarse en sus propios términos.

Estaba consiente de que no todos escuchaban música del mismo modo que yo, que era eso justamente lo que distinguía a un oyente ocasional de un verdadero melómano. Yo lo adopté intuitivamente, como algo natural, y se transformó en un ritual, en una teoría general de la música. Más adelante, cuando comencé a leer revistas especializadas como Rolling Stone y a encontrar críticas en los primeros blogs que aparecieron en internet a finales de los años 90, entendí que no solo la música, sino todo el arte podía beneficiarse de una determinada estructura o formato, que toda obra de creación artística requería una serie de condiciones mínimas para poder ser apreciada en todo su esplendor. En ese sentido, nosotros como audiencia, teníamos un rol decisivo en la percepción del arte.

Por supuesto, no todas las bandas o artistas se interesaban por esto, pero un grupo importante de ellos se arriesgó a crear obras totales en las que cada elemento, incluso la duración de las canciones, había sido cuidado para producir un efecto determinado. “Sgt. Pepper” de Los Beatles y “The Wall” de Pink Floyd, por nombrar solo dos clásicos, son ejemplos perfectos. Luego bandas como The Smashing Pumpkins y Nine Inch Nails, con ”Mellon Collie and the Infinite Sadness” y “The Downward Spiral” respectivamente, continuaron con la tradición del álbum conceptual. Hoy, en menor cantidad, algunos se siguen atreviendo a pesar de las implicaciones comerciales, y en ciertos casos, precisamente por eso.

Sin embargo, el centro del argumento son los grandes clásicos, porque siguen siendo respetados, reconocidos e invocados cuando una escena pop rock demasiado mediocre desborda los niveles de tolerancia de una generación acostumbrada a la música trivial y genérica, concebida fundamentalmente como negocio. Porque incluso aquellos que crecieron con Guitar Hero y descubrieron a Jimmy Hendrix gracias a Rock Band, encuentran en The Beatles, Led Zeppelin y The Rolling Stones un legado que aun no ha sido superado. Pero a pesar del reconocimiento, de esa conexión que atraviesa décadas y culturas diferentes, se ha perdido algo esencial en la relación con ellos y en como experimentamos su música. Las condiciones mínimas ya no existen, sus obras son desmembradas y reducidas a sus partes elementales. El disco, como formato, ha muerto. Como catalizador de la experiencia artística ha sido abandonado por el single o sencillo.

Las razones son numerosas y complejas, pero la progresiva digitalización del entretenimiento y de la música a través de comunidades de intercambio como Napster y dispositivos como el iPod, ha contribuido a desplazar el LP para establecer al MP3 como el nuevo estándar. El espíritu de los tiempos ya no escucha discos, escucha canciones. Parece que la tradición no sobrevivirá al cambio de paradigma.

En reuniones de amigos y conocidos he visto cientos de iPods sin un disco completo de ningún artista, y cuando los tienen, los temas están desordenados. Como una novela de la que se leen solo algunos capítulos de forma aleatoria. Ni siquiera Rayuela soportaría esto.  Lo más obvio sería preguntar: “entonces, ¿qué se pierde?” En mi caso particular, la respuesta podría ocupar las páginas de otro articulo, pero es algo que en última instancia depende de cada quien. Lo único seguro e indiscutible es que la experiencia no puede ser la misma. Algo que, desde cierto punto de vista, es completamente lógico porque consumimos música del mismo modo en que vivimos. Escuchar un disco requiere tiempo, compromiso y un estado de ánimo particular que nos permita entregarle nuestra atención durante 40 o 60 minutos. A la velocidad que vivimos actualmente es difícil disponer de “tanto” tiempo. Siempre hay correos que revisar, tweets que leer y páginas que visitar. La mayoría de las veces escuchamos música mientras hacemos otras cosas, y eso está bien, pero perdemos algo cuando solo es así. En la vida y en la música hay un exceso de shuffle.

Hace tiempo leí una encuesta en la que había que elegir entre vivir sin sexo o sin música. El 80% respondió que preferiría vivir sin sexo. Pocas cosas son tan importantes en nuestras vidas, aunque en ocasiones no estemos completamente conscientes de ello. Mi propuesta es que intentemos no diluir el arte, no darlo por sentado y no permitir que se evapore en la vertiginosa banalidad del cinismo pop. Recuperar algunas de esas cosas que se desvanecen en el cambio, y recordarle a quien pueda interesar que un gran disco es mucho más que una canción, y que la suma de las partes no siempre es el todo.

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  1. Estoy seguro que el 80% de las personas de esa encuesta mintio descaradamente. La musica, como todo arte nace de algo mas profundo; nuestro instinto sexual, que para mi es el responsable incluso de toda la ciencia y de estas megaciudades ¿que nos mueve hacer arte? Esa es la pregunta que se debe responder para darse cuenta que sin sexo el arte perderia todo su sentido.
    Del resto estoy en total acuerdo contigo, pero no solo la musica, tambien la misma literatura algo que tambien requiere tiempo para ser asimilada o el cine, el exito de twitter es que son solo 140 caracteres, algo suficiente para personas que solo piensan en 140 caracteres, Youtube era la herramienta para el tweet del cine y se hizo famosa gracias a que sus videos solo podian llegar a 5 min, ahora es mas El arte esta funcion de ser herramienta del capital, si no produce dinero, no es arte. Las mejores obras de Rembrandt fueron cuando habia caido en desgracia economica por no hacer lo que el publico queria.
    Ahora el arte esta en funcion del publico, un publico que piensa en 140 caracteres tambien necesita obras que se consuman en 140 caracteres. Nada profundo tomamos la apertura en re mayor de Bach y la metemos en un rap o un reggeton . somos intelectuales ¿te habias dado cuenta?
    Y hacemos musica en 140 caracteres, rapido que tengo otras cosas que hacer y no hay tiempo de pensar, la consigna de nuestro tiempo es fast food y eso ha penetrado toda nuestra civilizacion. El apocalipsis esta cerca

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  2. Me gusta lo que planteas en el artículo. Habiendo nacido en esta generación que paso del Cd al Mp3 me he hecho los mismos cuestionamientos…Hoy día muy poca gente escucha un disco completo (me incluyo) o sabe de cual disco viene X canción.

    Creo que tanta información, tanta música, tantas cosas nos han hecho ansiosos por cambiar a la otra canción, por escuchar un poquito de cada cosa y no escucharlo como un todo.

    Ni hablar de aquellos que no tienen idea de que es tener un disco en físico.

    Me gustó la frase: En la vida y en la música hay un exceso de shuffle.

    Saludos

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  3. No aportaré mucho.
    Solo que este artículo esta muy bueno y que no solo soy parte de esta generación, sino que entiendo lo que se pierde, y me frustra no “tener tiempo” para dedicarme de lleno a todo lo que me interesa.
    Literatura, música, etc.

    Antes prestábamos mas atención si, pero ahora hay mas material al cual prestarle atención. La cantidad es la diferencia me parece.

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  4. ¡Excelente artículo! Coincido con lo que expones y soy de esa generación también. Tengo discos de Pink Floyd y Camel que definitivamente no pueden cortarse en tracks. Sin embargo debo confesar mi amor al shuffle, a la canción inesperada que te sorprende. Lo sentí en los 90 con la radio (a pesar de que la calidad de sonido es inferior a un CD y a un LP, no sé por qué, siempre me gustan más como se escucha una canción en la radio), y lo siento hoy con los dispositivos actuales.

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  5. Gracias a todos por sus comentarios. Siempre es interesante conocer la experiencia de los demás, los tiempos cambian y no siempre es para mejor. Cada vez vivimos más rápido y resulta complicado seguirle el paso a las cosas. Este ritmo de vida condena casi todo a la banalidad y el olvido.

    Saludos!

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  6. A pesar de que hablar de discos conceptuales aplica usualmente a obras desde los 60 en adelante, es errado pensar

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  7. le di Publicar sin querer.

    A pesar de que hablar de discos conceptuales aplica usualmente a obras desde los 60 en adelante, es errado pensar que vivimos en la época del single. Recordemos los discos de 45 o 7″, que traían una sola canción por lado. Recordemos la industria de pop norteamericana de los 50 y 60. Hubo y aún hay discos conceptuales, pero también existen colecciones de canciones agrupadas en formato LP. También es importante destacar que países como Inglaterra se caracterizan por mercadear singles y así tenemos bandas como por ejemplo The Smiths o Buzzcocks (dos bandas que me gustan) que tienen compilados eternos sólo de singles, canciones que no salieron en ningún LP.

    Si bien es cierto lo que planteas, y lo lamentable que es el hecho de trivializar el esfuerzo artístico del músico, no todos lo ven así. En ocasiones, la música es para masas y por más rara que sea la banda, en muchos de los casos vemos que la gente conoce a determinada banda sólo una canción (de ahí lo de ‘one hit wonder’). También hay una cuestión de mercados; lo que para un país pueda ser un éxito capaz en otro sólo es cuestión de un éxito pasajero o de menor importancia; y ese es el caso de Queen: gigantes en Inglaterra y medianamente famosos en Estados Unidos. No fue sino hasta el 80 que ellos llegan al número uno.

    De cualquier modo, creo que pertenecemos a otra generación. Tenemos esa inclinación y vemos la importancia detrás de la música más allá de una canción, admiramos obras e indagamos en ellas. Internet se ha vuelto una ayuda desde que vivimos tras la barrera del control cambiario para conocer y admirar esas cosas desconocidas y nuevas que ofrece el mundo. Pero también funciona como arma de doble filo, porque por la inmediatez de obtener la información hace que la obra pierda relevancia, sientes que debes seguir buscando constantemente. También ayuda a crear ‘eruditos’ que se leen todo wikipedia pero realmente no escuchan música.

    Sigamos investigando y escuchando discos. Uno todavía se lleva sorpresas en las tiendas acá en Caracas (que van en vías de extinción).

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