EL CAOS MARABINO. Roberto Simancas

| 25 junio, 2012 | Sin Comentarios | link: http://li.co.ve/hv3 | visto: 60

Una ciudad es su gente, más concreto sus ciudadanos. Por desgracia Maracaibo es un simple pueblo, un pueblo de camino con una hidalguía de hipócrita, que es decir sin destino. Un indicador de su desdesarrollo es que apenas al comienzo del presente siglo sanciona su Plan de Desarrollo Urbano Local (Pdul), que fue expuesto con mucho entusiasmo por la concejala Ada Rafali, a quien no se le dio  atención durante la gestión del Di Martino y parece que menos con sus afectos del Nuevo Tiempo. Recuerdo que la ex concejala Egly Acosta también trabajó por una Ordenanza sobre Cultura, a la cual tampoco se le prestó atención alguna; y en la actualidad el concejal justiciero, el abogado Frank Guanipa, ve consumado su esfuerzo por la sanción de una Ordenanza de Convivencia Ciudadana, que sin ser agorero muy probablemente será letra muerta.

Con un Pdul, ordenanzas sobre Cultura y Convivencia Ciudadana y hasta con una Policía Ambiental Municipal, resulta que Maracaibo es la ciudad de lo superlativo de la no urbanidad, ornato y etiqueta. Desde el señor que lava su carro con manguera en mano, haciendo que el agua corra por el asfalto de la calle; el vecino-mejor otro calificativo- quien en su parrandita de viernes a domingo coloca su discoteca hasta la hora que le da la gana; usted para su relax se monta en un Por Puesto y aquí se encontrará con un chofer con su unidad sin manilas y sin vidrios que se puedan bajar, tendrá entonces usted que abrir la puerta por fuera, sufrir el sudor a chorro y de paso oír por lo general el vallenato a todo volumen.

Una ciudad con un sistema de transporte anticuado, que con variantes del caso semejase a las olvidadas mulas con carretilla; así el transeúnte tendrá que montar en una unidad después de esperar en una cola infernal, a condición de que se decida pagar  tres veces más  el  precio del transporte.  En este punto hay que ser sincero y acotar que hay un segmento de usuarios, que por sus apariencias físicas y modales en nada se asemejan al pueblo llano, que espera en la cola; quienes son los que agravan y eternizan la cola, al acercarse hasta distancia media y ninguna, paran la unidad y se montan con el menor rubor, al contrario, van como hidalgos que no miran a los condenados a la espera promedio de media hora hasta dos horas. La policía administrativa y ambiental del municipio brillan por sus ausencias, los fiscales del Incutma una que otra vez se les ve y los propios fiscales de las líneas de transporte se hacen de la vista gorda, se van en las horas picos y sólo aparecen cuando la cola es de carros.

Usted ya en el campo minado de tarantines, yo diría que ranchos buhoneriles, tendrá que caminar como en un campo que se sabe está minado; el transeúnte no tiene ascenso a las aceras, son propiedad privada del buhoneros; no le queda más que lanzarse a la calle, aquí lo podrán arrollar las unidades de transporte y los diversos carretilleros y carritos de mercaderías de todo tipo. Como adorno a este caos verá pinceladas reales de basura a montón, mientras el humo de los restaurantes en plena calle se lo meten en lo profundo de sus pulmones. Entre cornetazos dantescos de los buses y microbuses, los aparatos de sonidos de estos debe aceptarlos como cosa normal, a más de los locales comerciales que hacen uso de los mismos, que junto a los reyes de la musiquita, los vendedores de películas, cdi y mp3 no originales, se conseguirá con cines al aire libre y música sideral por doquier. Atrapado y sin salida no le quedará más que ver como encuentra su camino ya en plena avenida del casco central, donde los negros colombianos hacen de la suya con sus carretillas de plátanos, verduras y frutas, que colocan no en la acera sino en plena calle.

Ya aterrizando se deben decir las cosas como son y no el atildamiento del concejal Henry Ramírez, quien si bien apunta muchas cosas reales, al momento de definir quiénes son los carretilleros, no toca lo medular. El casco central de la ciudad está dominado principalmente por la mafia colombiana, léase paracos y sicarios procedentes de Colombia, en específico de Antioquia y Santander, estos paisas como ellos se tratan tienen propiedad de gran mayoría de  los locales establecidos e informales de la plaza Baralt, redondeando por los Banco Central de Venezuela, colman toda la Avenida Libertador, se meten por toda la línea desde el paseo ciencias hasta llegar al Centro Comercial Caribe; imponen su fiesta en el Centro Comercial San Felipe, arrasan parte de las Pulgas, mantienen control del Centro La Redoma, Las Playitas y Centro Comercial La Chinita; también tienen guarida en el Centro Comercial Maracaibo y San Felipe II. Esa oleada de capitales casi todo no producto del libre mercado, comienza a tener primacía en la urbe y la entidad federal durante la gestión última del Manuel Rosales como Gobernador, hombre que entabló dialogo con Departamentos fronterizos colombianos y que junto a la política de Hugo Chávez Frías de recibir todo tipo de indocumentado con el pretexto de ser refugiados, al punto que sancionó en un santiamén una transitoria referente a la Ley de Refugiados; da como corolario que el nativo de este suelo sea un prisionero de los colombianos de todo tipo.

Hombres que se han beneficiado del supuesto proceso revolucionario como el Gastón Guisantes trata de desmentir dicha realidad en entrevista reciente que se le hizo en la televisora nacional Canal 8, por parte del periodista Villegas. El hombre de la escoba trata incluso de cegarse ante la toma  que  han hecho estos carretilleros del mercado Santa Rosalía, aledaño a la sede del periódico del clan Guisantes; habría que investigar también que cosas inconfesables le llevan a decir tamaña mentira, en todo caso, él también ha sido un político en la cuarta y la quinta.

Es evidente  la incapacidad de la siempre maquillada Alcaldesa; mujer hechura de su hombre con un estilo rampón, no ha tenido una propuesta de visión de futuro para la urbe. Ni un programa de aseo urbano ha sido capaz de implantar esta señora; aduce la falta de recursos económicos;  que el gobierno la tiene ahogada con el presupuesto, cuando no hay que ser experto en la materia para entender que las finanzas públicas del municipio bien  puede ser alimentada con los ingresos propios de manera determinante; sin obviar la corresponsabilidad del ejecutivo nacional. Las mafias en ese contexto hacen de la suya, mafias pequeñas, medianas y grandes; pues, desde el buhonerito que se toma la acera, nativo o extranjero, se pasa al comerciante establecido que mantiene una alianza con esos mismos buhoneros a quienes les surten de mercancía en una relación comercial sui generis y que los estudiosos de la economía y la administración universitaria deberían tomar como tesis de grado; se pasa entonces por la realidad del ratero en miniatura que impone el arrebatòn al comprador, el aguante que hacen guaraperos y pequeños comerciantes de lo robado, que casi siempre el malandro vende por una bagatela; se entra definitivamente a la mafia poderosa de los orientales (asiáticos), guajira, colombiana, árabe y nativa; hay es cierto otra mafia aunque venida a menos como la portuguesa y peruana, que han diseccionado sus negocios con apego al trabajo.

El centro de la ciudad es coto de las mafias referidas, una especie de división de clases sociales por mafia se impone al parecer, ya que subiendo a los grandes centros comerciales de la urbe y sus avenidas de alto consumo, entiéndase Cinco de Julio, La Setenta y Dos y Centros Comerciales como El Sambil, Galerìas y Center Mall Delicias , por sólo citar tres; se mantiene con letargo una clase media media y alta, indiferente o silenciosa ante la realidad del cerebro de la urbe; mucho de individualismo con farso regionalismo caracteriza a esta pequeña burguesía y burguesía, la misma que se roba con casos como la Vuelta y de paso la traquila uno  de sus pichones el Enrique Auvert, dueño de Aba Mercados de Capitales, tal se desprende los reportes periodísticos del Diario Qué Pasa.

Se está consciente que hay que acabar con la hegemonía nuevo tiempista en el Zulia, como la hegemonía de Chávez en Miraflores; pero la pregunta concreta es dónde está la propuesta, la alternativa para un pueblo que deserìamos sea una urbe y optò por factores múltiples, objeto de estudio por economistas, antropólogos y sociólogos, por la anomia fiestera y la grosería como emblema.

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