SONÈ CON UN MUERTO. Roberto Simancas
La abuela me habìa dejado embarcado; yo en espera silenciosa con un calor de màs de cuarenta grados sin sombra, nada surrealista; apenas apaciguado con mi litro de agua bien caro. De seguro la anciana desistiò, no quiso despertar su lìbido dormida. Estoy liberado de mi prisiòn sin rejas; a poco salpiquè el charco de unos drop outs, como ayer el de los libertinos de la calle La Perdiciòn.
Regreso a casa con mis bolsillos enflaquecidos; debì expresar mi solidaridad con tìa, la sobreviviente de la segunda generaciòn familiar que yo conozca. Hoy aumentò tambièn el pasaje urbano y extraurbano, imagino cuànto le costarà el maquillaje permanente de modelo a la Alcaldesa; deslumbre para una ciudad que se ahoga sin entrar en su lago infecto.
Llego a mi destino; ayer me amigo me dio informe de aquella obsesiòn para mì; me dice que sigue bella, resalta entre todas sin ser estrella, sì, la ex modelo; sin que su tristeza logrè desterrar con su evasiòn de cosaca sin fin. Inmunizado por lo que nunca fue, entro en mis libros reales; he cumplido con el programa y Morfeo me llama.
En cama pienso serenamente ¡Què corto se vuelve el tiempo! Y sin saberlo me encuentro caminando y dialogando con un muerto; no es el personaje de de Orham Pamuk en su novela La vida nueva; es aquel anciano apacible comenntàndome su mundo de libros. Me refiere su soledad de espanto, la necesidad de transitar en lo concreto; le oigo y al dejarlo en el portòn de su casa, despierto.
No buscarè nùmero de loterìa para jugar horadando en el Libro de San Conos cual vieja del barrio; ni harè sicoanàlisis con mis amigos sicòlogos; harè algo mejor: Dejarè en el pasado a aquel apacible anciano en el pasado, el mismo que fue asesinado rodeado por sus ùnicos amigos: Los libros de Venecia Aindiada.
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