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Para descubrir que el destino nos alcanzó

-Héctor Torres
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    El rol del intelectual debe ser el de un agitador de conciencias, el de un invitado incómodo que se haga oir ante la infamia. Hay que protestar por los desmanes que suceden en otras latitudes, pero también por lo que sucede en nuestra propia casa. La esperanza reside en la permanente inconformidad y en la convicción que sólo mirándonos honestamente podemos ser mejores.

-Adrián Liberman



    Cagua, durante la década de los setenta, era una cantera de futbolistas. Debe entenderse esta metáfora, claro está, en el marco de los alcances que podía tener el fútbol en nuestro país, antes del incipiente brillo de la era Páez (éste, no aquel). No había en ese entonces esquina, cuadra o callejón de ese pueblo en que no se estuviese urdiendo una liga, un equipo, una copa. Con todo y clima desértico. Con todo y desidia oficial, tan inobjetablemente arraigada entre nosotros como el "ya mañana se verá" y el "ese no se dio cuenta".

    Suele suceder en esas historias. Ese agitado calendario futbolístico casi había desaparecido por completo, hacía tiempo ya, sin que nadie hubiese advertido en el aire las señales del ocaso. Casi había desaparecido, subrayo. Como escondidos en un sótano a raíz de unos bombardeos que habían cesado varios años atrás, un equipo mantuvo, tan inalterable como su plantilla, su mundo y su pasión por el engramado, sin percatarse de que su gran hazaña era haber sobrevivido en soledad a los veleidosos vaivenes del tiempo.

    Un día, en un colectivo arrebato de sentido del ridículo y sensatez, los integrantes del equipo se vieron sus camisas unos a otros, como despertando de un largo sueño, y decidieron que no podían seguir saliendo a la cancha en semejantes condiciones. Los "Juventud y triunfo" (vestigio de algún proselitista patrocinio democratacristiano) que portaban en sus pechos como nombre de guerra lucían, treinta años después, tan descabellados como su insistencia en correr detrás del balón a pesar del hígado, de la tensión alta, de la artrítis. En una decisión que no requirió muchas intervenciones durante la urgente asamblea, pues el tiempo quita vigor pero agrega sabiduría, decidieron por unanimidad reducir su nombre a "Triunfo".

    Sensatez y sentido del ridículo. El partido que institucionalizó "la mordida" en México, y que gobernó con trampas durante tantos años, insistió sin pudor en llamarse revolucionario. Sentido del ridículo y sensatez. Casi cuarenticinco años después, los nombres de las instituciones en Cuba siguen apelando a términos como "rebelde", "popular", "juventud" y "libre". ¡Qué sabios son los cagüeños!



II

    En paralelo a la época dorada del fútbol de Cagua, aquella isla del Caribe tenía ya varios años dando trabajo a las agencias de inteligencia y de noticias. Y lo que ocurría entonces parecía tener, además de su encanto, su lógica. La revolución tenía el control absoluto del sistema. La oportunidad era única y sabían que no se repetiría. Todo, incluído el apoyo de Moscú y un enemigo poderoso que elevara la moral y distrajera al pueblo, estaba a favor. Por tanto, todos los hombres de buen corazón, todos los que querían construir una utopía sobre la tierra, con postulados de igualdad y justicia, apostaron todo a ese sueño.

    Y los intelectuales, sintiendo que ese banco de laboratorio les pertenecía a todos, entregaron el tesoro más grande que podían ofrecer: su solidaridad. Es decir, mientras el experimento se consolidaba (era cuestión de unos pocos años y de buena voluntad) ellos iban a renunciar a algo que habían afinado hasta hacerlo tan agudo como el borde de una hojilla: su capacidad de criticar, de disentir, de señalar los desaciertos, de sospechar. "Para qué criticar -decían ante las primeras evidencias de que el veneno del poder correteaba con familiaridad por las venas del sistema- el resultado vale cualquier pequeña desviación".

    Mientras esto sucedía, rockeros, homosexuales, artistas underground, religiosos y toda esa "plaga" que no quisiera ser "útil a la sociedad" (que estorbara al régimen) era recluida en las eufemísticamente llamadas Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), verdaderos campos de concentración escapados de algún vetusto libro de los horrores de la historia. Cuenta Plinio Apuleyo Mendoza que cuando a París llegaron las primeras denuncias sobre estas y otras realidades, el siempre agudo y mordaz Julio Cortázar, exclamó con increíble inocencia algo así como: "Debemos alertar a Fidel. Él seguro no sabe nada de esto".

    Y no sé en qué punto ese cheque se extendió más allá de lo sano; ni sé si la inocencia con respecto a los pliegues de la historia alcanzó en algún momento hasta al perverso dueño de la situación, o en qué instante descubrió el trasfondo del asunto y decidió aprovecharlo, mientras el coro de los intelectuales seguía cantando, afinadito, los estribillos de esa tragedia. Sé en cambio (nos lo enseñó la historia) que atrapados en su trampa, esa solidaridad intelectual se volvió perniciosa costumbre que trocó su apuesta por la utopía en una macabra complicidad de miles de muertes y sufrimientos indecibles. ¡Quién lo diría! El hombre del mañana se quedó en un inverosímil ayer de la mano de los constructores de sueños.

    Y ese capítulo de la historia nos reiteró una enseñanza indeleble que nunca debemos olvidar: del poder siempre se debe desconfiar, no importan las razones y la retórica que esgrima. El actual vicepresidente de Venezuela, José Vicente Rangel, cuando veía el poder desde afuera (no sé si con anhelo), ofreció a la posteridad una deliciosa ironía, cuando sentenció, lapidario (no sé si con despecho): "el poder miente. Siempre. Es su naturaleza".




III

    Cuando Zoé Valdés exige a las figuras públicas latinoamericanas fijar posición en torno a los recientes acontecimientos en Cuba, lo hace a conciencia de la importancia y el peso que producen en el ánimo del colectivo las declaraciones de las "celebridades", de las figuras de impacto mediático. Y cuando insta a opinar hasta a Shakira, no lo hace porque la célebre barranquillera es famosa por sus posiciones políticas, sino porque es famosa, a secas.

    Y Fidel Castro, por supuesto, no es inocente a esto. Por eso los permanentes encuentros intelectuales en la isla. Por eso el permanente coqueteo con figuras públicas reconocidas. Por eso el terror cuando vio caer, uno a uno, muchos de los nombres bajo los cuales escondió los cadáveres y la ausencia de libertades fundamentales de sus compatriotas durante tantos años.

    Él sabe que un susurro de Benedetti, o de García Márquez, desde sus confortables vidas de celebridades, arropan los justos alaridos de cuanto Juan Pérez vive y muere en la más absoluta miseria, mientras Castro usurpa su dinero para vivir bien y exportar su revolución.



IV

    Pero fueron rompiendo el silencio. Primero fue Saramago. El golpe a la cara de Castro lo dio el premio Nobel, señalando su desde ya histórico hasta aquí he llegado. "Desde ahora en adelante Cuba seguirá su camino, yo me quedo. Disentir es un derecho que se encuentra y se encontrará inscrito con tinta invisible en todas las declaraciones de derechos humanos pasadas, presentes y futuras", agregando que "Cuba no ha ganado ninguna heroica batalla fusilando a esos tres hombres, pero sí ha perdido mi confianza, ha dañado mis esperanzas, ha defraudado mis ilusiones. Hasta aquí he llegado".

    Luego vendrían Eduardo Galeano (con menos celebridad pero con igual contundencia), y Carlos Fuentes, quien afirmó estar "en contra de la política abusiva e imperialista de los EEUU contra Cuba. Y en contra de la política abusiva y totalitaria de Cuba contras sus propios ciudadanos", concluyendo que "la libertad y la justicia marchan juntas o no marchan".

    Después se levantarían las voces de Susan Sontag (desde la Feria del Libro de Bogotá, al igual que Mario Vargas Llosa) y Gunter Grass. El eco de la protesta se dejaría oír en Madrid, donde un nutrido grupo de "celebridades" fijaría posición: Pedro Almodovar, Joan Manuel Serrat, Arturo Ripstein, Caetano Veloso, Joaquín Sabina, Ana Belén, Victor Manuel, Fernando Trueba, Javier Bardem, Fernando Savater, el pintor Javier Mariscal, el rockero Miguel Ríos, Juan José Millas, Javier Cercas, Antonio Muñoz Molina y Elvira Lindo son algunos de los nombres que suscribieron un manifiesto donde fijaron posición respecto a la situación cubana. Allí expresaron su condena a los fusilamientos "por considerarlos un atentado a la libertad y a la vida", agregando que "las injusticias y los crímenes contra la humanidad han de ser denunciado por los ciudadanos, vengan de donde vengan y los cometan quienes los cometan", asegurando mantener su solidaridad con el pueblo cubano "que sobrevive dentro y fuera de la isla, pero no con quienes han usurpado ya demasiado tiempo su representación y silenciado su voz". Por lo visto, los iberoamericanos, al fin, hemos madurado políticamente.

    Como necesaria excepción, Mario Benedetti, quien al parecer se entera en prensa de lo que le conviene, no mostró la misma prisa para condenar los asesinatos políticos del gobierno cubano, como la que manifestó para "exigir respeto" para la democracia venezolana, confundiendo eso con una torpe defensa del gobierno de Chávez, el cual, según la certera definición del periodista venezolano Luis García Mora "ha resultado ser un completo inútil como presidente, pero también un perfecto agitador".

    Afortunadamente, el émulo de Castro no encontró a los intelectuales del continente dispuestos a pisar dos veces la misma piedra. La plantilla de "celebridades" que Chávez pudo reunir en la pasada jornada de apoyo mundial a sí mismo, fue débil, deplorable y, en términos económicos, costosa en función de los resultados.

    Porque la experiencia que dejó el capítulo Castro a los intelectuales (con sus excepciones, en ambos extremos) es que frente al poder, más desconfianza que confianza; y que el deber de ellos ante cualquier intento de control de poder absoluto, es combatirlo, porque siempre producirá más daños que beneficios. Porque siempre será preferible cambios por consenso, así tarden años en darse, que cambios forzados, que tampoco traerán paz.

    Es decir, si el argumento que se esgrime para buscar el poder absoluto es el hipotético beneficio que se le podrá ofrecer al colectivo, se entra en contradicción desde el principio con dicho objetivo, ya que al ser absoluto el poder, no requiere consensos para ofrecer beneficios al colectivo, porque los puede imponer; y si los impone siempre será arbitrario, es decir injusto.



V

    El David que nos vendieron juega sucio. El David que nos vendieron tiene sangre fría, muchas armas, muchos cómplices y un aceitado sistema de terror y dominio. El David que muchos no quisieron ver, en cambio, ha visto nacer y morir sus esperanzas a lo largo de más de 16 mil amaneceres con todos los segundos que los separan entre sí, mientras el poderoso Goliat ha usado sin escrúpulos toda su musculatura para propinarle permanentes palizas en su llagado cuerpo.

    Gracias por eso García Márquez (quien esgrime el cínico argumento de que se mantiene cerca de la bestia para librar aleatoriamente a uno que otro de las garras de la muerte. Acceder a la "celebridad" García Márquez para solicitarle que interceda por una víctima del castrismo es tan improbable como esperar clemencia de Castro durante un jucio sumario). Gracias por eso, Benedetti, Galeano y todos los adeptos europeos de los experimentos descabellados con seres humanos en el nuevo mundo. Como en los viejos tiempos.



    Releo estas líneas y pienso de pronto en Dante. Pieso que ojalá que los poetas tengan de verdad el limbo que aquel les prometió. Porque si al contrario, en el Hades ya se implantó el comunismo (del de verdad) no creo que sus almas gocen de la tan mentada paz eterna. Una vez recriminé (como él mismo gustó decir) a Benedetti por esas palabras que -como un alma en pena- repite y aplica indistintamente cuando le place: dignidad de los pueblos, males de la globalización, juventud extraviada en el consumismo. Ya no creo que valga la pena recriminarle su silencio, porque sospecho que tiene razón el cubano Carlos Alberto Montaner: para descubrir que el destino nos alcanzó, debemos estar vivos.

   

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